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Los libros

No hay tierra firme para la utopía

  • Si muerto Dios, todo está permitido, como afirmaba Dostoyevski, muerta la Unión Soviética, todo le está permitido al capitalismo
  • El poemario recoge recuerdos, reflexiones, añoranzas del septuagenario Jesús Munárriz, al que tocó casi toda la paz de nuestro cementerio nacional

Francisco Castaño Publicada 09/06/2017 a las 06:00 Actualizada 08/06/2017 a las 20:14    
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Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste.
Jesús Munárriz

Hiperión
Madrid

2017
  Si muerto Dios, todo está permitido, como afirmaba Dostoyevski, muerta la Unión Soviética, todo le está permitido al capitalismo. Porque, no lo olvidemos, aunque parezca que quienes más se benefician de esta muerte quieran hacernos creer que se llama de otro modo (da igual el eufemismo que nos vendan), este sistema sigue llamándose capitalismo. Es decir, el que antepone el capital, el dinero, a cualquier persona o cosa. O sea, la codicia, a cualquier otra razón para vivir y organizar la sociedad.

Y sí, la traición a los ideales que movieron a quienes llevaron a cabo el primer intento de construcción de una sociedad justa y solidaria, hasta convertirla en lo contrario de lo que defendían, hizo que la vida en la URSS no fuera precisamente un modelo deseable para nadie, pero cuya existencia y el temor que provocaba en los gobiernos occidentales, hicieron que nuestra sociedad gozara del período más próspero, con un mayor reparto de la riqueza (tampoco hay que exagerar, sólo por comparación a la iniquidad decimonónica, y sólo en la parte más privilegiada del llamado primer mundo), que se tradujo en un estado del bienestar como nunca antes se había gozado y como nunca se volverá a gozar (¿o sí?) tal como apuntan las cosas tras desvanecerse aquel fantasma que recorría Europa y tomó cuerpo en la URSS.

Lo que antecede es apenas un esbozo de la síntesis prosaica e incompleta del cúmulo de recuerdos, reflexiones, añoranzas que despierta la lectura de Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste, del septuagenario poeta Jesús Munárriz. El mismo que nació en el cuarenta y al que le tocó casi toda la paz de nuestro cementerio nacional.

Sin duda alguna, en este año será abundante la cosecha de libros que analicen lo que fue y lo que supuso (también sus consecuencias, que aún perduran) aquel 1917 que cambió para siempre nuestra historia. Intelectuales de las más diversas disciplinas darán cumplida cuenta de este centenario. Pero quiero creer que la intensidad de síntesis que caracteriza al lenguaje poético, es acaso el instrumento que mejor puede resumir la grandeza y el horror de ese olvidado siglo XX.

Los ritmos rojos son la mejor prueba. Sólo el proemio de este libro valdría como ejemplo. Desde la oportunísima y demoledora cita machadiana que lo precede, hasta el aquí y ahora que lo cierra, esta crónica poética, viene a ser la obertura del largo poema (43 que forman un todo), y como tal, aquí están resumidos ya los temas, el tono y los motivos que se desarrollarán,  como forma y materia, a lo largo de la composición.

Precedido por tres citas que invitan a la acción y anuncian el desastre, el poema es la suma de 43 que recorren (desde la esperanzada afirmación "Hubo un tiempo en que todo se creía posible / cuando el cielo en la tierra parecía / al alcance de los desposeídos", hasta la afirmación, más entusiastamente esperanzada —no podrán con nosotros— "Aún podemos lograrlo, / ese espero. / Prefiero no pensar en lo contrario") un siglo de luchas e ilusiones traicionadas ("se combatían viejas injusticias / y se creaban injusticias nuevas"), de esfuerzos generosos malversados ("una eficaz carcoma / roía y corroía las entrañas"), de una utopía que acabó en infierno ("que hizo del paraíso una cárcel inmensa / y socavó el futuro borrando la esperanza").

Y es que, en aquellos años, quienes se unieron a ese movimiento liberalizador, que pretendía derribar un sistema basado en la explotación del hombre por el hombre, lo hicieron generosamente convencidos de que su objetivo final era la libertad y la fraternidad, en un mundo sin amos ni esclavos, sin dioses ni tribunos. Que acabara como acabó no es culpa suya, sino de quienes lo fueron pervirtiendo en su provecho hasta convertirlo en su contrario. El gulag no es la consecuencia lógica de aquellas ilusiones ("La URSS se convirtió en un gulag inmenso") sino su perversión y el más horrible símbolo de su traición y su fracaso. Aquel horror se alzó sobre los muertos vilmente traicionados.

No así los campos nazis de exterminio, que fueron fría y sistemáticamente pensados y construidos para perpetuar una supuesta superioridad racial y nacional y un sistema de élites dominantes y masas explotadas. Estaba ya en sus textos fundacionales. Quien eligió seguirlos y apoyarlos, sabía lo que hacía. Aquel horror se alzó sobre los vivos vilmente satisfechos.

"No hay tierra firme para la utopía". Mas no por eso hay que dejar que piensen y decidan por nosotros. Ya sé que más que una reseña, esto es un desahogo, por eso me parece necesario un libro como este, porque invita a no ceder, pese al poder inmenso de los amos del mundo. "No es fácil el asunto, no, no fácil". Pero hoy es más que nunca imprescindible. Los ritmos rojos del siglo en que nací, adaptados a nuevos instrumentos, siguen siendo en verdad otra canción. Escúchala y decide.

*Francisco Castaño es poeta. Su último libro, Una mirada que se compromete (Hiperión, 2015). 

 
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