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Los diablos azules

Damaya, en inviernos remotos

  • Publicamos un fragmento de un capítulo de La quinta estación, de H. K. Jemisin, la novela ganadora del premio Hugo en 2016
  • "Damaya lo había ocultado, afirmó su madre, les había ocultado todo y había fingido ser una niña cuando en realidad era un monstruo"

N. K. Jemisin Publicada 16/06/2017 a las 06:00 Actualizada 16/06/2017 a las 11:15    
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Ofrecemos un fragmento de La quinta estación (Nova), de N. K. Jemisin, novela ganadora del premio Hugo en 2016, un galardón que reconoce las mejores obras de ciencia ficción o fantasía. 
                                                                                                            



La paja es tan cálida que Damaya no quiere salir de ella. En la modorra de la duermevela, piensa que es una manta, como la colcha que su bisabuela le cosió una vez con pedazos de uniformes. Años antes de que muriera, yaya trabajaba de costurera para el ejército de Brevard y se quedaba la tela que le sobraba de los arreglos. La manta que hizo para Damaya estaba compuesta por filas serpenteantes de color negro, azul marino, gris pardo, gris y verde, como si se tratara de columnas de hombres desfilando. Pero se la había hecho yaya con sus propias manos, y a Damaya nunca le importó que fuera fea. Siempre olía a limpio y a viejo con un toque a humedad, por lo que era fácil imaginar que aquella paja (que olía a húmedo y estiércol viejo, pero también tenía ese punto afrutado de los hongos) era la manta de yaya. La manta de verdad estaba en la habitación de Damaya, en la cama donde la había dejado. La cama en la que no volvería a dormir jamás.

Ahora oye voces fuera de aquel montón de paja: otra persona habla con mamá; ambos se acercan. Se escucha el repiqueteo de la madera al abrirse la puerta del granero, y luego entran. Oye otro ruido cuando la puerta se cierra a su paso. Su madre alza la voz y la llama:

—¿DamaDama?

Damaya se acurruca con fuerza y aprieta los dientes. Odia ese estúpido mote. Odia la manera delicada y agradable en que su madre lo pronuncia, como si lo dijera con cariño y no fuera una mentira.

Al ver que Damaya no responde, madre dice:

—No puede haber salido. Mi marido ha revisado todas las cerraduras del granero.

—¡Ay! Las cerraduras no sirven con los de su especie.

Es la voz de un hombre. No es la de su padre, ni la de su hermano mayor, ni tampoco la del líder de la comu, ni la de nadie que conozca. La voz de ese hombre es grave y habla con un acento desconocido para ella: es agudo e intenso, alarga mucho las oes y las aes y acorta el principio y el final de todas las palabras. Suena inteligente. Emite un débil tintineo al andar, tanto que se pregunta si llevará encima un enorme juego de llaves. ¿Será que quizá tiene mucho dinero en los bolsillos? Ha oído que en algunas partes del mundo se usa dinero de metal.

Al pensar en llaves y dinero, Damaya se acurruca más todavía, porque por supuesto también ha oído a otros niños del creche susurrar acerca de los mercados donde venden niños en ciudades lejanas de piedra biselada. No todos los lugares del mundo son tan civilizados como las Normelat. Se reía al oír aquellos cuchicheos, pero ahora todo es diferente.

—Aquí —escucha decir al hombre, no demasiado lejos—. Diría que es reciente.

Madre emite un sonido de asco, y Damaya se siente abochornada cuando repara en que acaban de encontrar el rincón que usa como baño. Ese lugar huele fatal, a pesar de que ha tirado paja encima para cubrirlo cada vez que ha ido.

—Haciéndolo en el suelo como los animales. No la eduqué para esto.

—¿Acaso hay baño aquí dentro? —pregunta el comprador de niños, con tono amable y curioso—. ¿Le habéis dado un cubo?

Madre queda sumida en un silencio prolongado, y al cabo Damaya se da cuenta de que el hombre acaba de llamarle la atención a su madre con aquellas sencillas preguntas. Damaya no está acostumbrada a esas reprimendas. El hombre no ha alzado la voz ni insultado a nadie. Pero su madre permanece allí de pie, estupefacta, como si después de aquellas palabras le hubiera propinado un golpe en la cabeza.

Una risilla le sube por la garganta, pero logra taparse la boca a tiempo para evitar que se le escape. La habrían oído reírse por ver a su madre avergonzada, y aquel comprador de niños sabría lo mal que se comporta. Pero ¿acaso sería malo? Quizás así les pagara menos a sus padres por ella. Pensar en ello casi hace que se le vuelva a escapar la risilla, porque Damaya odia a sus padres, los odia de verdad, y cualquier cosa que les ocasione sufrimiento haría que se sintiera mejor.

Luego se muerde la mano, con fuerza, y se odia a sí misma. Se odia porque es normal que madre y padre la vendan si es capaz de pensar algo así.

Oye pasos cerca.

—Aquí hace frío —dice el hombre.

—La habría dejado en la casa si hubiera hecho más frío —responde madre, y Damaya casi vuelve a reírse al escuchar aquel tono defensivo y antipático.

  Pero el comprador de niños no le hace caso a madre. Sus pasos se acercan y son... raros. Damaya puede sesapinar los pasos. Casi nadie puede hacerlo; las cosas grandes como terremotos y eso, sí, pero no algo tan delicado como el roce de un pie contra el suelo. (Siempre ha sabido de esta capacidad, pero hasta hace poco no había reparado en que es una especie de advertencia). Es más difícil percibirlo cuando no está en contacto directo con el suelo. En tal caso se transmitiría a través de la madera del armazón del granero y de los clavos con los que se sujeta. Aun así, a pesar de encontrarse en un piso superior, sabría a qué atenerse. Un latido, otro latido, el paso y luego la reverberación hasta el infinito; un latido y otro latido, un latido y otro latido. Por el contrario, los pasos del comprador de niños no suenan así, no reverberan. No puede sesapinarlos, solo oírlos. Y eso no le había pasado nunca.

Y ahora sube por la escalerilla, hacia el altillo donde ella está acurrucada entre la paja.

—Vaya —dice nada más subir—. Aquí arriba hace más calor.

—¡DamaDama! —Ahora su madre parece enfadada—. ¡Baja de ahí!

Damaya se acurruca con más fuerza debajo de la paja y se queda en silencio. Los pasos del comprador de niños se escuchan cada vez más cerca.

—No tengas miedo —dice, con su voz característica. Está más cerca. Siente cómo la reverberación de su voz pasa de la madera al suelo y luego a la roca, para luego volver en sentido contrario. Más cerca—. Vengo a ayudarte, Damaya Lomocurtido.

Otra cosa que odia: su apellido al uso. No tiene el lomo curtido para nada, ni tampoco su madre. Lo único que significa eso de "lomocurtido" es que sus antepasados femeninos tuvieron la suerte de que las aceptaran en una comu, pero no la capacidad de lograr una plaza segura en ella. Su hermano Chaga le dijo una vez para molestarla que los Lomocurtido, al igual que los comubundos, eran los primeros en sufrir las consecuencias cuando las cosas se ponían difíciles. Luego se había reído, como si aquello fuera gracioso. Como si no fuera verdad. Pero claro, Chaga es un Resistente, como padre. A cualquier comu le gusta tenerlos cerca, con independencia de lo difíciles que se pongan las cosas, por si hay una hambruna o enfermedades o cosas de esas.

Los pasos del hombre se detienen justo delante de la pila de paja.

—No tengas miedo —repite, ahora con más ternura. Madre sigue abajo, en el suelo, y es probable que no pueda oírlo—. No permitiré que tu madre te haga daño.

Damaya inspira.

No es tonta. El hombre es un comprador de niños, y los compradores de niños hacen cosas terribles. Pero después de oírle decir eso, y también porque una parte de ella está cansada de tener miedo y enfadarse, se estira. Sale del sedoso y cálido montón y se sienta, mientras observa a aquel hombre a través de sus rizos y del sucio forraje.

Tiene un aspecto igual de extraño que su voz, y no es de ningún lugar que se encuentre cerca de Palela. Su piel es casi blanca, pálida como el hueso, tanto que a la luz del sol parece que podría convertirse en humo y desaparecer en el aire. Tiene el pelo largo y liso, lo que, unido a su piel, podría indicar su naturaleza ártica, aunque eso no encaja con su color: negro azabache, como el color de la tierra que rodea a un viejo estallido. Los habitantes de las Costeras orientales tienen el pelo así de oscuro, aunque más rizado en lugar de liso. También tienen la piel negra a juego con él. Además es grande, más alto y ancho de hombros que padre. Los hombros grandes de padre dan paso a un pecho amplio y una gran barriga; pero en el caso de este hombre, todo parece estrecharse. Toda la figura del extraño parece más delgada y esbelta de lo que debería. No encaja en ninguna raza.

Pero lo que más le llama la atención a Damaya son los ojos de aquel comprador de niños. Son blancos, o casi. Ve la blancura de sus ojos, y luego un disco de un color ligeramente gris que casi no se distingue de ese blanco, ni de cerca. A la luz tenue del granero tiene las pupilas grandes, y son sobrecogedoras entre tanta ausencia de color. Ha oído hablar sobre ojos como aquellos, los llaman geliris en las historias y en el litoacervo. No abundan, y siempre son un mal presagio.

Pero en ese momento el comprador de niños sonríe a Damaya. Esta no se lo piensa dos veces y le devuelve la sonrisa. Deposita en él su confianza de inmediato. Sabe que no debería, pero lo hace.

—Pues aquí estás —dice, en voz baja para que madre no lo oiga—. DamaDama Lomocurtido, ¿no es así?

—Damaya a secas —responde, casi sin pensar.

El hombre inclina la cabeza con elegancia y le tiende una mano.

—De acuerdo. Entonces, ¿te vienes con nosotros, Damaya? Damaya no se mueve, y él no la coge. Se queda quieto, inerte como la piedra, ofreciéndole la mano sin obligarla. Respira hasta diez veces. Veinte. Sabe que va a tener que ir con él, pero quiere que él piense que es por elección propia. Luego, coge la mano y permite que la levante. No deja de sostenerle la mano mientras ella se sacude toda la paja que es capaz, y luego tira de ella para acercarla un poco.

—Un momento. —¿Mmm?

Pero el comprador de niños ya le ha puesto la otra mano dtrás de la cabeza y con dos dedos aprieta en la base de su cráneo, con una presteza y habilidad tales que no le da tiempo a sobresaltarse. El hombre cierra los ojos un momento y tiembla de manera casi imperceptible. Después suspira y la suelta.

—El trabajo es lo primero —dice, con tono enigmático. Ella se toca la nuca, confundida y notando aún la presión de los dedos de aquel hombre—. Ahora volvamos abajo.

—¿Qué has hecho?

—No es más que una especie de pequeño ritual. Algo que servirá para que sea más sencillo encontrarte si te pierdes alguna vez. —Ella no sabe a qué se refiere—. Venga, tengo que decirle a tu madre que te vienes conmigo.

Así que es verdad. Damaya se muerde el labio, y el hombre se da la vuelta y se dirige hacia la escalerilla. Ella lo sigue, uno o dos pasos detrás.

—Pues ya está —dice el comprador de niños cuando se acercan a madre en el piso de abajo. Madre suspira cuando la ve, quizá por el enfado—. ¿Sería tan amable de prepararle la maleta? Una o dos mudas de ropa, algo de comida para el viaje y un abrigo, y nos pondremos en camino.

Madre se acerca, sorprendida. —Regalamos su abrigo.

—¿Lo habéis regalado? ¿En invierno?

Habla con tranquilidad, pero de repente madre parece enfadada.

—Tiene un primo que lo necesitaba. Aquí no tenemos armarios llenos de ropa bonita para regalar. Y... —Madre duda y mira a Damaya. Damaya le esquiva la mirada. No quiere saber si madre se arrepiente de haber regalado el abrigo. No quiere enterarse de si su madre no se arrepiente.

—Y ha oído que los orogenes sienten menos frío que el resto de las personas —añade el hombre, compungido—. Es un mito. Doy por hecho que ha visto a su hija pasar frío en algún momento.

—Esto... —Madre parece nerviosa—. Sí, pero pensaba que...

Que Damaya fingía. Eso era lo que le había dicho el día en que llegó a casa procedente del creche y cuando la instalaban en el granero. Madre estaba enfadada y con los ojos llenos de lágrimas, y padre estaba sentado en silencio y apretaba los labios. Damaya lo había ocultado, afirmó su madre, les había ocultado todo y había fingido ser una niña cuando en realidad era un monstruo y, como tal, les había mentido. Madre siempre supo que había algo extraño en su hija, siempre había sido una mentirosa...

El hombre niega con la cabeza.

—Sea como fuere, va a necesitar algo de protección contra el frío. Hará más calor a medida que nos acerquemos a las Ecuatoriales, pero tenemos semanas de camino por delante antes de llegar.

Madre aprieta la mandíbula.

—Así que de verdad la va a llevar a Yumenes...

—Claro que... —El hombre la mira—. Vaya. —Luego mira a Damaya. Ambos miran a Damaya, que siente cómo aquellos ojos se clavan en ella. Se retuerce—. Pensaba que había venido a matar a su hija y, aun así, hizo que el líder de la comu me mandara llamar.

Madre se pone tensa.

—No. No es eso, no quería... —Estira las manos, que le cuelgan en los costados. Luego inclina la cabeza, como si se arrepintiera, aunque Damaya sabe que es mentira. Madre no se arrepiente de nada de lo que ha hecho. Si ese fuera el caso, ¿por qué hacerlo?

—La gente normal no se puede hacer cargo de... niños como ella —responde madre, en voz muy baja. Le lanza una mirada rápida a Damaya—. Casi mata a un niño en la escuela. Tenemos otro hijo y vecinos y... —En ese momento parece coger confianza y levanta la cabeza—. Y es lo que debe hacer todo ciudadano responsable, ¿o no?

—Cierto, no le falta razón. Su sacrificio servirá para crear un mundo mejor.

Aquello suena a elogio. Es una frase hecha. No así el tono. Damaya vuelve a mirar al hombre, confundida, porque los compradores de niños no matan niños. Eso no tendría sentido. Y ¿a qué viene eso de las Ecuatoriales? Ese lugar está muy lejos hacia el sur.

El comprador de niños mira a Damaya y, de alguna manera, es consciente de su confusión. Esboza un gesto tranquilizador, algo que debería ser imposible con esos ojos aterradores.

—A Yumenes —les dice el hombre a madre y a Damaya—. Sí, todavía es joven, así que la voy a llevar al Fulcro. Allí le enseñarán a controlar su maldición. Su sacrificio también servirá para crear un mundo mejor.

Damaya vuelve a mirarlo, como si en ese momento se hubiera dado cuenta de lo equivocada que estaba. Madre no había vendido a Damaya. Tanto ella como padre la habían regalado. Y no es que madre la odiara; en realidad, le tenía miedo. ¿Acaso hay diferencia? Quizá. Damaya no sabe cómo sentirse al respecto ahora que acaba de descubrir todo eso.

Y el hombre... está claro que no es un comprador de niños. Es un...

—¿Eres un Guardián? —pregunta Damaya, para confirmar lo que ya sabe. Él sonríe. Ella no sabía que los Guardianes fueran así. Se los imaginaba altos, de mirada férrea y cargados de armas y conocimientos arcanos. Bueno, alto sí que es.

—Lo soy —responde, y le coge la mano. Le gusta mucho tocar a la gente, piensa ella—. Soy tu Guardián.

 
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LA AUTORA


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