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Los libros

Apocalipsis monetario

  • En Los Mandible se entrevé, a menudo de manera no tan sutil, una agenda política contra cualquier política económica de corte keynesiano
  • Para Lionel Shriver, las finanzas se han convertido en un ámbito apocalíptico, lo que las hace especialmente aptas como material para una ficción distópica

Publicada 16/06/2017 a las 06:00 Actualizada 15/06/2017 a las 20:21    
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Los Mandible. Una familia: 2029-2047
Lionel Shriver

Traducción de Daniel Najmías

Anagrama

Barcelona
2017

 
Una frase atribuida a Fredric Jameson que también pudo haber dicho Slavoj Žižek afirma que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Mientras tanto, la portada de la edición estadounidense de Los Mandible. Una familia: 2029-2047, publicada en 2016 por el sello HarperCollins, muestra un billete de cien dólares enmarcado, como un vestigio de otra era que ahora no sirviera más que para objeto de exposición. “In God we trusted” (“En Dios confiábamos”) reza la leyenda al pie del cuadro, relegando así al tiempo pasado el lema nacional de los Estados Unidos, orgullosamente impreso en sus monedas y billetes. Para la novelista Lionel Shriver, ganadora del Orange Prize en 2005 por Tenemos que hablar de Kevin, el apocalipsis es monetario o, mejor aún, las finanzas se han convertido en un ámbito apocalíptico, lo que las hace especialmente aptas como material para construir una ficción distópica.

¿Fin del capitalismo? Más bien agotamiento, extenuación, colapso. No podemos decir en ningún caso que Shriver haya asumido una postura anticapitalista a partir de la cual imaginar alternativas al status quo. No al menos de la manera en que solemos concebirlas. Difícilmente podemos figurarnos a esta autora participando en las protestas de Occupy Wall Street que pedían responsabilidad fiscal al 1% más rico de la población. “Simpatizo con la gente que se cubre las espaldas. Y con quienes han ahorrado para su jubilación y tienen previsto hacerse cargo de sí mismos en lugar de depender de que otros les salven el culo.  Y estas son precisamente las personas que ahora mismo están siendo castigadas”, confesó en una entrevista concedida a The New Yorker. Lionel Shriver se ha autodefinido en múltiples ocasiones como libertarian, esto es, defensora acérrima de las libertades individuales en materia política, social y económica. Está en contra de cualquier deriva autoritaria de los gobiernos —y por ello denuesta públicamente gran parte de las medidas de Trump—, sobre todo en lo relativo a los impuestos y las trabas al libre mercado —lo que le hizo apoyar al Brexit—, y se considera socialmente progresista, pero su discurso en el pasado Festival de Escritores de Brisbane, que ridiculizaba el concepto de apropiación cultural, así como las críticas que la habían acusado de reflejar en sus novelas una América meramente “blanca y heterosexual”, causó escozor entre la izquierda. Shriver está orgullosa de ser una “renombrada iconoclasta” y es también desde esa posición desde donde escribe sus novelas.

Porque, efectivamente, en Los Mandible se entrevé, a menudo de manera no tan sutil, una agenda política. Una que arremete contra el intervencionismo de Estado, las medidas proteccionistas y cualquier política económica de corte keynesiano. El Estado de bienestar puede derivar en cualquier momento, parece ser la lección de la novela, en un desastre absoluto. Otra: no podemos confiar en que nadie cuide de nosotros más que nosotros mismos. No es de extrañar que haya quien ha apodado a su autora como “la próxima Ayn Rand”.

La excusa para desplegar tales presupuestos es la siguiente: Brooklyn, año 2029, las clases medias tienen que racionar el agua para lavar los platos y comen col a precio de lubina salvaje. La fecha no está elegida al azar, sino que lo que no llegó a suceder del todo en 2008 —la novela habla, por supuesto, de esa crisis como algo que ya es agua pasada, sobre todo después de la Edad de Piedra o Pedrada de 2024— espera al centenario de la Gran Depresión para desatarse. Mientras la economía estadounidense se encamina hacia el desastre, la novela nos va haciendo partícipes de otros cambios simbólicos, pero no del todo menores, que trastornan las ideas que tan bien asentadas tenemos sobre nuestra geopolítica contemporánea: la preeminencia del dólar en el mercado internacional ha dejado paso al báncor, una nueva divisa global respaldada por una coalición de países liderada nada más y nada menos que por Vladimir Putin; el inglés ya no es la lingua franca desde que el chino y el español la adelantaran por la derecha, y por primera vez en su historia los Estados Unidos eligen a un presidente nacido en México, cumpliendo así los peores presagios de Donald Trump. Este, Dante Alvarado, es quien siembra la catástrofe al decretar un corralito financiero que cancela la deuda al mismo tiempo que prohíbe a los ciudadanos estadounidenses comerciar con báncores en el extranjero y expropia toda reserva de oro que estos posean.

El foco, sin embargo, no está puesto (exclusivamente) en lo macroeconómico, por más que Shriver se esfuerce en plasmar aquí todo el conocimiento sobre finanzas adquirido en sus investigaciones para la novela —ella misma reconoce no haberse interesado por estas cuestiones hasta que empezó a percibir sus tintes apocalípticos—, sino que presta una especial atención a lo cotidiano. Los Mandible es, ante todo, una historia familiar, que empieza por mirar de cerca a la familia nuclear —las de Florence y Avery, dos clichés en forma de hermanas, una de ellas hipócritamente progre y la otra ridículamente burguesa— para acabar aglutinando en torno a la escasez al resto de sus miembros. El resultado es una versión futurista y paródica de Las uvas de la ira, en la que el infortunio de la humilde familia Joad, arrancados de su Oklahoma natal por culpa de la tecnificación de los campos, se traslada al estado de Nueva York, donde un antiguo catedrático de Economía, una coach personal, un patriarca ex millonario, una escritora de bestsellers, acompañados de sus hijos, primos y hasta bisnietos, hacen todo lo posible por llegar a la granja de un familiar, donde tendrán, por fin, techo y comida. Los valores de colectividad y justicia social que impregnaban la novela de Steinbeck son sustituidos aquí por un individualismo depredador que no permite ningún tipo de comunidad humana más allá del “nido de perversiones” que constituye cualquier familia.

“Las tramas ambientadas en el futuro tratan de las cosas que asustan en el presente. En realidad, no tratan sobre el futuro. El futuro no es más que el peor monstruo del armario, el gran desconocido”. Shriver pone en boca de uno de sus personajes la clave de lectura de su novela y de cualquier otra ficción prospectiva. Podemos decirlo también con Stanislaw Lem, que la sintetizó en esta famosa formulación procedente de Solaris: “No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos”. Espejos que conjuren, como esta distopía, los miedos que acechan en nuestro mundo cotidiano. Que no se pueda comprar pescado fresco, tomar café o vino, ni darse largas duchas calientes, según ha declarado la propia autora, haciendo gala de su (y nuestra) prosaica frivolidad. Perder los ahorros de toda una vida. Que la deriva policial del Estado desemboque en una vigilancia absoluta sobre los ciudadanos, de tal manera que estos pierdan por completo su autonomía y, por supuesto, el control sobre sus salarios.

En 2047, aprendemos en Los Mandible, resulta arcaico leer una novela en la que los personajes vivan en un “vacío económico” y cuyas decisiones estén motivadas únicamente por el amor, por las pasiones o por la mera voluntad propia. En 2047 es imposible pensar en una vida que no esté diseñada en función del dinero, de los vaivenes de la economía mundial y de las tasas impositivas. En 2047 no parece creíble que alguien jamás decida dejar de hacer algo porque cuesta demasiado. En 2047, dicen.

*Lorena Ferrer es investigadora predoctoral en Filosofía.
 
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