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El cuento de todos

El fantasma del cine Roxy

  • Rendimos homenaje a Juan Marsé iniciando el cuento colectivo con las primeras líneas de uno de sus mejores relatos: "—Y a partir de esta escena —dijo el escritor—, en el preciso instante en que el enano cabezudo..."
  • Tres autores se encargan de llevarlo por otros caminos literarios: Almudena Grandes, Felipe Benítez Reyes y Benjamín Prado, que cierra ahora el texto

Juan Marsé | Almudena Grandes | Felipe Benítez Reyes | Benjamín Prado Publicada 30/06/2017 a las 06:00 Actualizada 29/06/2017 a las 19:50    
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El escritor Benjamín Prado.

El escritor Benjamín Prado.

...ni mis sueños son muy razonables. En uno de ellos me encontraba en Sunset Boulevard, a la sombra de unos árboles, esperando un taxi amarillo para ir a almorzar. No aparecía ningún taxi amarillo, todos los coches que pasaban por allí eran de 1916. Y entonces me dije: "Es inútil que esté aquí de plantón esperando un taxi amarillo, puesto que estoy teniendo un sueño de 1916". Después de esta reflexión, me fui andando hasta el restaurante.

Alfred Hitchcock

El cine según Hitchcock, por François Truffaut

 
És quan dormo que hi veig clar.

J. V. Foix


—Y a partir de esta escena —dijo el escritor—, en el preciso instante en que el enano cabezudo vestido de boy-scout parpadea nervioso e inicia su escalada político-montserratina hacia las cumbres de la patria con la mochila a la espalda, aclamado por el gentío que le arroja flores y calderilla, entonces es cuando aparece la pierna desnuda y luminosa de Ivy/Miriam Hopkins balanceándose al borde del lecho en sostenida sobreimpresión, a lo largo y ancho de toda la secuencia y en todos los planos siguientes, el muslo inmortal de la puta Ivy pendulando en la pantalla y en el subconsciente reprimido del pobre doctor Jekyll como una dulce amenaza venérea o como una romántica pesadilla de felicidad con su liga negra y sus chancros purulentos, perturbando así la clamorosa ascensión patriotera y floral de nuestro Honorable enano parpadeante, hasta que aparece la palabra fin.

—Estás loco —dijo el director.—Olvídalo, no pienso rodar ninguna de tus calenturas infantiles.

—¿Calenturas? Te estoy hablando de la patria tan soñada y anhelada.

—¿Con el doctor Jekyll y el muslo de una puta? No me hagas reír.

—Tranquilo. Nunca haré nada que pueda darte el menor gusto.

—Háblame del vagabundo bajo la lluvia, en la posguerra.

—Entonces concédeme un respiro y bebamos algo.

Empuñando sendos bolígrafos de punta fina, las caras tapadas con pañuelos negros como si fueran a atracar un banco o asaltar un tren (en realidad no pueden verse el uno al otro), colaboran por última vez el escritor de ficciones y el director de cine en el guión original de una película que no debería rodarse jamás, cuando, en una pausa moderadamente alcohólica, solicitada por el novelista, éste le evoca la época feliz de sus aventuras infantiles con la pandilla en los espesos y ardientes cines de barrio. Programa doble, No-Do y paja, recuerda:

Aquel tronante gallinero con bancos de madera y el palco lateral izquierdo cuya pringosa barandilla yo cabalgaba y espoleaba en la penumbra plateada, galopando disparando dentro y fuera de la pantalla al mismo tiempo estoy en Arizona con Destry/James Stewart y la guapa Frenchie/Marlene Dietrich con su peca junto a la boca y suntuosos párpados de seda advierte el peligro en el Saloon y le salva la vida a Destry rieles again interponiéndose entre él y la bala, muriendo en sus brazos vestida de puta del Oeste.

(Continúa Almudena Grandes.)

Al llegar a ese punto, el escritor apura su copa, se levanta, anuncia que tiene que ir al baño.

Allí se mira en el espejo, levanta la cabeza hacia la ventana alta, pequeña, que deja ver un retal del cielo de Barcelona, y se asombra al descubrir la limpieza del azul en las alturas, muy por encima de la compacta nube de contaminación que asfixia las calles de la ciudad. Después, vuelve al espejo. Busca algún detalle, la forma de las cejas, el nacimiento del pelo, un gesto preciso que devuelva a sus ojos algo de luz, el brillo que los iluminaba a los catorce años.

No se llamaba Vargas. Ha decidido ya bautizarle con ese apellido rotundo, elegante, que evoca al mismo tiempo la delicadeza de los andaluces y la fuerza de los hombres íntegros, pero su verdadero apellido era García. Se llamaba Antonio García, aunque ese dato sólo es importante para él, o más exactamente, para el rostro del adolescente cuyo reflejo acecha en el espejo. Está seguro de que los muchachos del Lincoln Continental aprobarían su elección. Vargas le sienta mejor al personaje, y el director de la película nunca sabrá la verdad, no la entendería.

Mientras habla con ese cretino, prefiere envolverse en el chubasquero de Juanito Marés, cubrirse la cabeza con su capucha, evocar el mugriento resplandor del gallinero del cine Roxy, la humana pestilencia de los cuerpos sudorosos frente a la divina fascinación de la pantalla, el hogar de todas las diosas de ojos claros, piernas larguísimas, cinturas imposibles, que le salvaron durante un rato, todas las semanas, de la condena de hacerse hombre sobre la costra dura, despiadada, de esa herida purulenta que era la España del segundo año triunfal. Hasta ahí está dispuesto a llegar, ni un paso más. Nunca saldrá con el director del gallinero un domingo de febrero de 1941. Nunca le presentará a esa chica delgada y larguirucha, su piel tan pálida como si se lavara con lejía, que estaba apoyada en la barandilla del entresuelo del Roxy. Nunca le explicará que parecía esperar a otra persona, hasta que él pasó por su lado y le llamó por su nombre.

—Te estaba esperando. ¿Sabes quién soy?

Lo sabía y no lo sabía. Sabía que vivía cerca, en una casa baja, despintada, parecida a la suya. Sabía que su padre había perdido la guerra, como casi todos los padres de por allí, y que estaba ausente, muerto quizás, quizás en la cárcel. Sabía que era hija de una mujer avejentada y triste, como casi todas las madres de aquel barrio, que madrugaba mucho y sólo volvía del centro de la ciudad al atardecer. Sabía todo eso y era lo mismo que no saber nada, así que frunció los labios en una mueca escéptica que no consiguió desanimarla.

—Me llamo Anita. Vivo en la calle Verdi, un poco más arriba de la papelería, y quería hablar contigo porque… —se calló de pronto, miró a su derecha, luego a su izquierda, inclinó por fin la cabeza hacia él como si quisiera besarle y deslizó una pregunta en su oído—. ¿Tú sabes guardar un secreto?

Aquella pregunta, tan emocionante al menos como un beso, fue la puerta por la que Antonio García entró en su vida.

—¿Y por qué me cuentas todo esto?

Sus amigos le esperaban en la puerta del Roxy, muy intrigados por la conversación que sostenía con aquella chica tan pálida, que ya no era una niña pero aún lo parecía, su pecho plano, sus caderas lisas, las piernas llenas de pelos. Al principio, le habría gustado que fuera más guapa para presumir con ellos, habría podido inventarse una historia fabulosa, pero cuando Anita le habló del hombre que dormía en el Lincoln Continental del vertedero, la arruinada carcasa donde él y sus amigos habían jugado a los detectives tantas veces, comprendió que nunca podría inventar una historia mejor.

—Porque hay que ayudarle. Yo le llevo comida  de vez en cuando, pero si sigue durmiendo ahí le encontrarán, le detendrán… Y es un hombre muy bueno.

—¿Es tu padre? —se atrevió él.

—No —y los ojos de Anita huyeron de los suyos—. No es mi padre.

(Sigue Felipe Benítez Reyes.)

—¡Corten, corten! —gritó el director, haciendo aspavientos de agobio—. Esto se nos está yendo de las manos, escritor ilustre. ¿A qué viene ahora esta ramificación de la historia? ¿Tú crees que los actores salen gratis? A este paso, en la nuestra va a salir más gente que en una de Cecil B. DeMille… Y eres capaz de decirme ahora que quedaría bonito, como efecto simbólico, que la calle Verdi se abriese en dos, como el Mar Rojo. Y que nevara, por supuesto.

—Es que si no metemos nieve en las escenas principales, la cosa no funcionará. La nieve es el elemento unificador de la historia. Sin nieve no habrá coherencia. La nieve es… la metáfora. El sentido armonizador, digamos, del procés.

—Olvídate de la nieve. Si por ti fuera, harías que nevara incluso en el gallinero del Roxy.

—Pues no es mala idea.

SECUENCIA 89. GALLINERO DEL CINE ROXY. Interior nevado

Nieva en el gallinero del Roxy. Tintineo de la bisutería de las pajilleras de manos sigilosas, como banda sonora complementaria del bullicio del casino (Never closes) de Mother Gin Sling. Plano de un copo de nieve que cae sobre la gabardina plegada en el regazo de un espectador. Por debajo de la gabardina, el movimiento de metrónomo de una mano. Gene Tierney/Victoria Charteris/Poppy Smith enciende un cigarrillo envuelta en un abrigo de pieles y en ese momento el tintineo de bisutería se acelera…

—Ya basta, ¿eh? O nos ponemos serios o rodamos una farsa felliniana con el enano patriótico como protagonista, y se acabó. Yo no quiero líos.

—Pero con nieve.

— …Aunque a ver quién nos da una subvención como nos riamos del gnomo parpadeante.

—Podríamos pedir una subvención no para la película, sino para las máquinas de nieve. La nieve como hecho diferencial.

—Como sigas con la copla de la nieve, abandono.

—¿De verdad? Pues ahí tenemos otro guión: El director que se perdió en la nieve.

SECUENCIA 95. LIBRERÍA-PAPELERÍA. Interior mañana.

Entre los libros que los tres matachines falangistas tiraron al suelo, varios fueron a parar al vano de la escalera y se quedaron allí, sin rescatar. A la mañana siguiente, Vargas –que, como ha quedado dicho, no sabe leer, y que esa noche ha soñado con el escote sudoroso de la viuda— recoge del suelo un tratado de teosofía, otro de quiromancia –profusamente ilustrado— y un folleto de la UGT. Se pone a hojear este último, como quien examina un jeroglífico, aunque sabe de qué va porque reconoce el logotipo de la organización. Saliendo de su hermetismo, le comenta a la viuda Estevet —que acaba de bajar con un tazón de café para su inquietante huésped— que su padre fue enlace sindical en una fábrica textil en Badalona. La viuda le dice que se quede con el folleto. Él dice “bah”, y lo coloca en la pila de las revistas atrasadas.

—¿Y tú crees que a alguien va a interesarle que el padre de Vargas fuese sindicalista en Badalona, oh dilecto de las musas narrativas?

—Bueno, no sé, peor sería que entrase en la librería el padre de Jordi Pujol gritando de euforia: “¡He tenido un hijo!”, como quien anuncia el nacimiento de un mesías. Aunque por ahí no iría descaminado…

—Mira, o nos centramos en algo o yo abandono.

—Pues centrémonos en la nieve…

(Cierra Benjamín Prado.)

El Lincoln Continental no tendría por qué haber estado allí. No era un coche al que estuviera acostumbrada aquella ciudad. Ni tampoco debería de nevar en esa época del año. Pero, sobre todo, el hombre que dormía en su interior tendría que haber estado en otra parte, o haber tenido la intuición de abandonar su escondite, la mañana en que los dos muchachos falangistas, que merodeaban por el barrio en busca de cualquier desdichado al que humillar, decidieron seguir a Anita desde su casa de la calle Verdi hasta el desguace, quién sabe si por simple diversión, porque querían asustarla o porque sospechaban algo: a fin de cuentas, eran los años de plomo, los alimentos escaseaban en las casas de los pobres y no era habitual ver a una joven de aquel tipo caminando por las aceras con un paquete de comida en las manos. No podían imaginar que él iba también tras sus pasos y que, según aventuraba el peligro que corrían tanto la chica como el fugitivo al que ayudaba, y a medida que la situación tomaba un aire irreal, una temperatura de melodrama, justo de esa manera en que algunos hechos parecen mentira a la vez que suceden, Antonio García era cada vez más Antonio Vargas, hasta el punto de que pareció notar que sus músculos se endurecían, aunque tal vez fuera a causa de la tensión, el miedo o las dos cosas a la vez.

Vio a Anita golpear una de las ventanillas de aquel magnífico automóvil en el que tantas veces habían perseguido sus amigos y él a bandas de forajidos o escapado de los gánsters que les disparaban una lluvia de balas con sus metralletas de tambor, los bellos subfusiles Thompson que los matasietes de John Dillinger o Al Capone llamaban Tommy Gun, El helicóptero o La máquina de escribir de Chicago. En un abrir y cerrar de ojos, se desencadenó el infierno.

Los dos chulos de camisa azul saltaron sobre ella, sin mediar palabra, uno la giró violentamente, tirándole hacia atrás del brazo, y el otro le cruzó la cara de un revés. Antonio García sintió miedo y le dieron ganas de correr, pero Antonio Vargas apretó el paso y los puños.

El hombre que se ocultaba en el Lincoln trató de salir de su guarida, pero uno de los asaltantes lo encañonó con su pistola Astra 300 y, cuando levantó las manos, le golpeó con ella.

—Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí. ¿Qué crees tú que es, camarada?

—Yo diría que es un rojo que trata de meterse bajo tierra, igual que una rata.

—Pero no uno cualquiera, yo lo conozco. ¿A que sí, capitán? ¿Viva la República?

El segundo falangista dio una violenta patada al hombre, que se dobló igual que una estatua que se partiera por la mitad.

—¡Dejadlo! ¡Canallas! ¡No le hagáis daño! —gritó Anita, a la vez que se arrojaba sobre uno de los miserables, que la derribó de otra bofetada.

—¿Ah, sí? Con que dejadlo, ¿eh? ¿Y tú quién eres? ¿Su mujer? No, demasiado joven —dijo, mientras la sujetaba por el pelo—. ¿Su hija? Eso es, ¿a que he acertado?

—No la toques —pudo llegar a decir el hombre, con un hilo de voz, antes de recibir un rodillazo en el estómago.

—¿Qué no la toque? ¿Has oído eso, camarada? Dice que no la toque. Vale, vale, pues entonces no lo haré… A menos que ella me lo pida. ¿Te apetece, rubia? Contesta, ¿se te ha comido la lengua el gato? ¿Te apetece que nos divirtamos un poco contigo o prefieres que me enfade y le pegue un tiro en la cabeza a tu padre? Elige: tú o él.

El falangista la apoyó contra el coche y con las dos manos le abrió la blusa, igual que si descorriese de manera bestial unas cortinas. El hombre intentó levantarse, pero el otro pistolero le puso la Astra en la sien. Anita lloraba, pero no se movía. Le arrancó también el sujetador.

—No está mal del todo, la sarnosa esta —dijo, mirando de reojo a su compinche, a la vez que se bajaba la cremallera de los pantalones—. Y ahora, te vas a arrodillar y vas a enseñarme lo que sabes hacer con esa boca de puta. Seguro que te excita hacerlo con tu padre delante, ¿verdad?

Vargas se alegró tanto de que hubiese nevado. Porque eso hizo que saliera a pasear con el paraguas que usó para golpear con todas sus fuerzas la mano que sujetaba el arma. La vio caer al suelo y después se vio y escuchó a sí mismo, desde los ojos y oídos asombrados de García, su otro yo, decir: “Eso era por el padre de Ana, y esto es por el mío”, y a continuación golpear de nuevo con fiereza, esta vez en la sien del falangista, que salió despedido hacia atrás, se estrelló con la carrocería y quedó tendido en el suelo. El hombre al que habían llamado capitán rodó sobre el hielo con una agilidad inesperada y se hizo con la Astra. No pasó lo que sucede en las películas, no hubo ningún diálogo, simplemente, disparó a la rodilla del joven, que se desplomó y empezó a aullar de dolor. Al retorcerse, se iba formando a su alrededor, en la nieve, la figura de un ángel del mal, de una alimaña herida.

—Subid al coche —dijo el capitán—. Llevo meses trabajando en él, he conseguido que funcione –añadió, y para demostrarlo, puso en marcha el motor. Luego, sacó una cuerda del maletero, ató a los dos falangistas y les tapó la boca con una mordaza. Tardarían horas en encontrarlos.

Unas horas después, cruzaron la frontera. Y durante todo el viaje, se sintió avergonzado por no poder borrar de su mente la imagen de Anita medio desnuda, el modo en que sus pechos se movieron cuando aquel miserable que nunca iba a volver a andar con la chulería que gastan los de su clase le tiró de su hermosa melena rubia. Los espectadores intuyeron que iba a besarla, pero el objetivo se cerró sobre esa imagen, hasta dejar la pantalla a oscuras.


—Bueno, reconozco que no es una mala historia –dijo el director—. Quién sabe si llegará un día en que alguien pueda filmarla. Y después de apagar la luz de la sala, le puso un brazo sobre los hombros y salieron del cine.

*Juan Marsé es escritor y uno de los grandes narradores de la literatura española. Colección particular (Lumen, 2017) recoge ahora algunos de sus mejores relatos.

*Almudena Grandes es escritora. Su último libro, Los besos en el pan (Tusquets, 2016).

*Felipe Benítez Reyes es escritor. Su último libro, Por regiones fingidas (Interrrogante Editorial, 2017).

*Benjamín Prado es escritor. Su último,
Incluso la verdad (Planeta, 2017), junto a Joaquín Sabina. 
 
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