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Los libros

Cartas desde el otro lado de la historia

  • Laforet y Fortún hablan de literatura, de intercambios de libros, de encrucijadas de aquel momento oscuro, de tareas maternales y admiración mutua
  • De las 46 cartas, 32, son de Carmen Laforet y estaban en posesión de Elena Fortún. Su búsqueda podría considerarse en sí materia novelesca

Publicada 30/06/2017 a las 06:00 Actualizada 29/06/2017 a las 22:07    
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De corazón y alma (1947-1952)
Carmen Laforet y Elena Fortún

Fundación Banco Santander
Madrid

2016
  Me encantan los epistolarios por dos motivos: uno, porque nos acercan a sus autores de un modo personal y satisfacen el espíritu voyeur que todos llevamos dentro. Es como observar por una mirilla aspectos de la vida privada, hilos, fragmentos que nos llevan a intuir lo que se esconde tras ellos. Son retazos autobiográficos pero no autobiografía. Se aprende más de lo que no dicen, del esfuerzo por mostrar lo mejor de ellos al destinatario que de lo que está escrito. Personajes que admiramos, de los que hemos leído su obra, se nos acercan de otra manera, con debilidades, sin mitificaciones, mostrando inquietudes que en su literatura no habíamos conseguido captar. El segundo motivo es la constatación de estar ante un género en extinción. Nadie podrá leer las cartas intercambiadas de finales del siglo XX y del XXI. Ya no existen. Los mails no son lo mismo. Por norma general se eliminan. Los móviles, los whatsapp o los tuits podrán favorecer el microrrelato y las expresiones breves, pero las cartas desaparecen de nuestra vida. Salvo las del banco para comunicarnos que nos falta dinero en la cuenta.

De niña leí a Celia y Cuchifritín sin ser consciente de quién era la persona que se escondía tras ellos, Elena Fortún. De Carmen Laforet leí Nada, como está mandado. Y nada más. Luego fui conociendo retazos de la vida de ambas, del exilio de la primera, de su marido republicano, de su vida en Argentina, de su regreso y soledad. De Laforet su extrañamiento ante la vida, su no encontrar lugar, su papel como madre de familia intentando compaginarlo con la escritura y una primera novela de tanto éxito que la  condicionó el resto de su vida. Ahora creo conocerlas de otra manera, a través de 46 cartas, una correspondencia, la aquí recopilada, que se inicia en 1947, cuando Elena Fortún vivía aún en el exilio bonaerense, a punto de abandonarlo, y finaliza unos meses antes de la muerte de la misma en Barcelona,  donde regresa tras el suicidio de su marido. De esas cuarenta y seis cartas, catorce son de Elena Fortún y que las hijas de Carmen Laforet conservaban. El resto, treinta y dos cartas, son de Carmen Laforet y estaban en posesión de Elena Fortún. Su búsqueda podría considerarse en sí materia novelesca. Veamos.

Según cuenta Cristina Cerezales Laforet, tardaron años en conseguirlas, pese a que, en una de las últimas cartas de Elena Fortún, le decía a Carmen Laforet que dejaría su correspondencia a Carolina Regidor para que se las reenviara, esas que hoy, afortunadamente, podemos leer. Carolina Regidor era la hija del primer ilustrador de los cuentos de Elena Fortún, y estuvo con ella al final de su vida. Su nombre no venía en el listín telefónico, con lo que la búsqueda llevó tiempo. Para cuando la familia de Laforet localiza el domicilio de esta mujer, resulta que era ya mayor y se hallaba  en una residencia sin que pudieran averiguar cuál era. Comenzó entonces la llamada telefónica a todas las que había en  Madrid y alrededores.

Finalmente la encuentran y ella afirma que sí, que las tenía no sabía dónde, que las buscaría para entregárselas, pero en el interregno muere. Pareciendo haber llegado al final de la investigación, el azar se presenta en forma de libro unos días después, en Los mil sueños de Elena Fortún de Marisol Dorao, en segunda edición, dato este fundamental, pues la editorial decidió cambiar la primera portada  por la de una foto en la cubierta donde figuraba un escritorio con pertenencias de Elena Fortún, y entre ellas se veía un sobre donde ponía: "Cartas de Carmen Laforet, para entregarle a ella después de mi muerte". Una pista dejada para continuar, como en un relato de misterio, como la carta de Poe. La autora del libro, que vivía en Cádiz, tenía las cartas (no se sabe muy bien por qué) y por fin dieron con ellas.

De lo que se trasluce en este epistolario, me interesa lo que tienen de literarias y lo que explican de la relación entre literatura y vida. Elena Fortún perdió un hijo siendo este un niño y eso la llevó, en cierto modo, a inventarse un personaje, basado en una niña real, en el que prolongó la infancia de ese hijo muerto. Fue un bálsamo para su dolor. La mujer optimista que fue y que dejaba traslucir en las historias de Celia y Cuchifritín escondió mucho sufrimiento, no solo por la pérdida de los hijos, también  por el suicidio de su marido.

En la primera carta de Elena Fortún, aún en Buenos Aires, confiesa: "Me casé cuando aún era adolescente y no había pensado en escribir una sola idea. He tenido cuatro hijos, de los que solo me vive uno, tan lejos de mí material y espiritualmente que es ya como si no tuviera ninguno. Él está casado y vive en Norteamérica". Se encontraba sola. Y esa soledad aparece en las cartas, las que reflejan sobre todo su enfermedad y los últimos meses de su vida.

Elena Fortún estudió Biblioteconomía en la Residencia de Señoritas de Madrid, lo que la posibilitó trabajar en la Biblioteca de Buenos Aires al llegar a esa ciudad, gracias a Jorge Luis Borges. Elena había conocido a su hermana, Norah Borges, en Madrid. Y trasciende en ella, pese a estar ya enferma y costarle escribir, el amor a sus amigos, el optimismo, los consejos que da a Carmen Laforet  y la admiración que siente por ella.

Carmen Laforet, mucho más joven, gran admiradora también de la obra de su antecesora y que, según ella misma cuenta, leía por las noches a sus hijas los cuentos de Celia, pugna, en este periodo, por encontrar una voz propia tras el éxito de su primera novela pero, acuciada por motivos económicos, escribe bajo mandato artículos periodísticos que le aburren o novelas  que le exige su editorial, algo que va minando poco a poco su capacidad creativa. A veces se deprime y la angustia se refleja en sus cartas: "Yo no quisiera de ninguna manera que ni Marta, ni Cristina ni Silvia salieran artistas; que no tengan esa terrible carga de crear, aunque sepan que no vale nada lo que hacen… Esa manía espantosa que a mí me amarga la vida. Me gustaría que fueran muy frescas, muy coquetas, muy divertidas y que se rieran del mundo".

En sus cartas hablan de literatura, de intercambios de libros, de problemas domésticos o encrucijadas de aquel momento oscuro, de tareas maternales y admiración mutua. En la carta trece Carmen Laforet le dice: "Elena mía. Te imagino en tu cuarto, con muebles antiguos, con tu balcón a la calle de Lauria. No quisiera que estuvieses deprimida ni un momento. Necesito mucho hablar contigo, verte, abrazarte… No sé por qué cada vez pienso más que yo me parezco mucho a ti de manera de ser… con menos capacidad de trabajo y menos desenvoltura de la que tú has tenido siempre para manejarte en vida, pero me parezco a ti. Yo creo que no solo hay parentescos de sangre en la vida, sino también de espíritu".

Por otra parte, Elena Fortún, para que Carmen se tranquilice cuando ya está en el sanatorio Puig de Olena, en Centellas, provincia de Barcelona, le describe el clima con una naturalidad y belleza impresionantes: "Hoy está nublado. Aquí las nubes no vienen de arriba sino que brotan del bosque y van separándose de los pinos con esfuerzo, como si se arrancaran. De pronto todo el bosque se exalta como si brotara de él su alma y una masa blanca se adelanta hacia mi ventana dejándome dentro de una nube. Ocurre casi todos los días y a veces varias veces. Al fin sale el sol y todo se hace de oro. Besos a tus niñas". Laforet, en otra carta fechada el 13 de noviembre, escribe: "Llueve en Madrid tanto que parece esto Galicia, siempre con cielos nublados. El Retiro está precioso con el suelo lleno de hojas amarillas, los troncos de los árboles negros y las copas rojizas. Todo está mojado, con mucho olor de otoño".

También intuyo lo que entre ellas no se dicen explícitamente pero se nota, las corrientes ocultas de su sexualidad, la admiración a mujeres que se atrevieron, como Lilí Álvarez, a la que Carmen Laforet conoce en la etapa de la evolución de la famosa tenista hacia el misticismo y que influye mucho en la religiosidad adquirida por la escritora. Acaso como válvula de escape ante el peso de aquella España plomiza que ambas vivieron. Como dice también Elena Fortún: "España, donde se ha parado el tiempo y lo que no es legal es pecado". Y la alternativa que mantuvieron: podarse. Podar ramas superfluas, anular ramas para sobrevivir, la palabra renuncia siempre presente en el universo femenino. En la carta treinta y tres, Carmen Laforet escribe: "En mi vida siempre encontré motivos para renunciar a algo. Aprendí poco a poco que cualquier cosa hay que pagarla, y nunca tomé nada sin saber de antemano que tenía un precio, solo que alguna vez me sorprendió lo terrible que era el precio este que había que pagar. Una vez llegué hasta la anulación de lo mejor de mí… Me quedé como muerta espiritualmente". En la carta treinta y cinco, de Elena Fortún a Carmen, se puede leer: "¡Qué difícil es aprender a vivir! Algunas personas nacen sabiendo, otras no aprenden nunca, y algunas, como tú y como yo, vamos aprendiendo a través de la vida. Tú, muy pronto, yo cuando se me iba acabando. ¡Qué bien eso de que hay que podarnos! Yo no lo he sabido y he dejado crecer ese árbol de deseos cuanto ha querido. Algunas de sus ramas han dado frutos venenosos. ¡Bien lo he pagado! ".

Así, a través de estas cartas, el lector, o lectora, puede intuir un poco de lo que la vida deparó a estas dos mujeres escritoras, los condicionantes que sintieron en aquella etapa tan dura de este país. Es como asomarse a un pedazo de nuestra memoria histórica con tintes femeninos, que tanta falta nos hace. Yo al menos lo he leído y vivido así.

*Carmen Peire es escritora. Su último libro es En el año de Electra (Evohé, 2014).


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