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Club de lectura

La sociedad perfecta

  • Pura ciencia ficción, debieron pensar muchos de los lectores cuando Un mundo feliz, de Aldous Huxley, se publicó en 1932
  • Esta es una obra reflexiva que pone en jaque no solo las utopías que los diferentes sistemas han buscado implantar sino también las del propio individuo

Tati Jurado Publicada 30/06/2017 a las 06:00 Actualizada 29/06/2017 a las 22:36    
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Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.
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El libro durmiente comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa, en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario, donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.

 
Un mundo feliz
Aldous Huxley

Traducción de Ramón Hernández García

Debolsillo
​​​​​​​Barcelona
​​​​​​​2014
​​​​​​​ El espejo de la felicidad devuelve diferentes reflejos según quien se mire en él. Una palabra sumergida debajo de cada lengua esperando a ser verbalizada. El ideal a ser alcanzado. Un bien preciado, casi una obsesión, cuya tangibilidad es sin duda el motor para seguir caminando, avanzando. Y sin embargo su magnificencia parece caer en la ambigüedad cuando se busca popularizar su significado o cuando se busca producirla en serie por el supuesto bien común como Aldous Huxley (1894-1963), escritor, poeta y filósofo inglés supo reflejar con una inteligencia deslumbrantemente irónica en su novela Un mundo feliz.

Pura ciencia ficción, debieron pensar muchos de los lectores cuando se publicó en 1932. Una catalogación certera a la que muchos otros, al sumarle el calificativo de visionaria, le otorgaron el don de la perpetuidad. No fue la primera publicación del escritor inglés. Limbo (1920), Los escándalos de Crome (1921) o A lo largo del camino (1925), entre otras varias, la precedieron. Poemas, cuentos, novelas y ensayos donde sin duda se deben de haber ido asentando las semillas de la que sería la obra que lo catapultó a la fama. Un reconocimiento que sus obras posteriores supieron preservar.

La materialización de una sociedad perfecta, ajena a los grandes conflictos que han abierto brechas insondables a lo largo de la historia de la humanidad, es la médula de este viaje terrorífico que llamó y sigue llamando la atención de los lectores por los tiznes premonitorios que se adivinan entre líneas. En una época en la que los totalitarismos se enfrentaban por apropiarse la batuta para dirigir el mundo a la vez que se apostaban todas las cartas al cientificismo como único camino para la evolución, Huxley ideó una sociedad que satiriza estos empeños, disfrazados de buenos deseos, de generar un mundo feliz.

Tubos de ensayo, incubadoras, láminas de vidrio bajo el ojo atento del microscopio, son las herramientas básicas para lograr el progreso. Sustitutas del vientre materno, dan a luz a los componentes de una sociedad vacunada contra las grandes pasiones, inapetente de interrogantes, gracias a la doma prematura y no violenta de la hipnopedia, el proceso de aprendizaje al que son sometidos en la niñez mediante el sueño. El lavado de cerebro, si simplificamos, es el método elegido para generar individuos donde el valor de la sociedad debe superar al individual sin importar el precio a pagar. Y si esta técnica de manipulación no alcanza siempre se puede recurrir al soma, una droga exclusivamente diseñada para evitar el despertar de la conciencia, para mantener en la inopia cualquier indicio de razonamiento o cuestionamiento.

Clones que forman una estructura conveniente pues ni siquiera esta sociedad perfecta se libra de los estratos sociales. Diferencias incuestionables para un mundo donde los individuos, aislados de las emociones, son programados para consumir y ser felices con lo que hacen. A menos que se produzca un error en el proceso de fabricación, tal y como le ocurre a Bernard, uno de los protagonistas. Un fallo capaz de lograr una fisura mínima pero suficiente para permitir que se filtren dudas, para que surja el deseo de búsqueda de otras respuestas. Una necesidad que suscitará un encuentro con otra realidad: la salvaje. Un escenario donde el encuentro del sometimiento y la aceptación inducida del destino chocarán con el convencimiento de otras creencias, otros ideales, el influjo de las grandes pasiones y el pensamiento crítico.

Un mundo feliz es una distopía. Una obra reflexiva que pone en jaque no solo las utopías que los diferentes sistemas han buscado implantar sino también las del hombre como individuo. Una novela en la que al leer la última página, para quien sigue creyendo en la posibilidad de un mundo mejor, emerge inevitablemente ese texto de Eduardo Galeano basado en la respuesta que dio Fernando Birri cuando le preguntaron que era para él la utopía.
 

Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
Ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
Se corre diez pasos más para allá.
Por mucho que camine,
Nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Para eso sirve: Para caminar


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