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  • Hay bebés naciendo en la vieja Europa occidental, la que desterró a la Inquisión y acogió el progreso, en una tierra civilizada que les da la espalda
  • En la última novela de Ian McEwan, nuestro bebé está en el último tramo del embarazo, y sabe que va a nacer en Londres. Pero sabe un montón de cosas más

Sonia Asensio Publicada 07/07/2017 a las 11:57 Actualizada 07/07/2017 a las 12:15    
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Cáscara de nuez
Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama

Barcelona
2017
  Existen tantas verdades como personas y más todavía si declaramos que conocemos un acontecimiento, una historia, una trama, un secreto.  Lo que yo cuento lo hago aferrada a mi verdad y lo que tú cuentas sobre el mismo suceso tiene inevitablemente otra perspectiva.  La verdad se parece, pero sólo a medias.


Es una verdad incuestionable pensar que un bebé que va a nacer en París o Madrid o Viena o San Francisco va a tener una vida más confortable, sana, higiénica, libre y abierta al conocimiento que otro que verá la luz en Mogadiscio, Kabul o una favela de Río de Janeiro. A pesar de esta afirmación tan rotunda todos sabemos que efectivamente es cuestionable porque hay bebés naciendo en la vieja Europa occidental, en este suelo tan nuestro que desterró la Inquisición, que acogió el progreso, que escuchó la música de Mozart, que brilló con los colores de Rubens, que estremeció con una metamorfosis contada por Kafka, hay bebés como digo naciendo en una tierra civilizada que les da la espalda.

En la última novela de Ian McEwan, Cáscara de nuez (Anagrama), nuestro bebé está en el último tramo del embarazo, todavía dentro del vientre materno y sabe que va a nacer en Londres y que eso al menos no lo convierte en un refugiado.  Por ejemplo.  Pero sabe un montón de cosas más. Sabe que su madre se llama Trudy, que su padre se llama John y que no viven juntos.  De hecho Trudy mantiene una relación sentimental con su cuñado, el hermano de John, un anodino londinense llamado Claude, que se dedica a ganar dinero mientras que su padre biológico es poeta, nada menos. Además de este oficio, John dirige una ruinosa editorial de poesía y conserva en la casa que ahora comparten su esposa y su hermano, una mansión destartalada, desmadejada y asquerosamente sucia, una hermosa y gran biblioteca.

Mientras John no se resiste a abandonar el profundo amor que siente por su esposa y la visita en la casa que un día fue de él y de su familia para leerle versos propios o ajenos, Trudy y Claude preparan concienzudamente el crimen perfecto que consiste en matar a John y quedarse con el dinero que les proporcionará la venta del caserón desvencijado. John Cairncross es un tipo que te cae bien desde el principio.  No es porque sepamos que es una víctima sorda y ciega, diana de un inminente asesinato.  No es por lástima de una posible vida truncada por uxoricidio o fratricidio.  Es porque de algún modo se admira a las personas que no son ambiciosas, que desean el triunfo de los demás como le ocurre a él con jóvenes poetas a los que ayuda y apadrina, que se muestran comprensivas con los vaivenes emocionales de los demás, que viven por todos los costados del arte o de un oficio honrado.  Nos cae bien porque contemplamos a una persona que es “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Nos gusta y nos ponemos de su parte. Que muera ahora o más tarde no impregna de victimismo a este personaje.  Es su tristeza por el fin del amor y es su pasión por la poesía lo que nos atrae y hace que queramos alertarlo, alejarlo, no tanto del crimen como de la suciedad, de la perversidad, de la vileza.

Claude y Trudy hablan, preparan, confabulan y urden la muerte del hermano-esposo. Sus conversaciones son escuchadas por el hijo aún no nacido al que le encanta que su madre tome varias copas de un buen borgoña o un buen Sancerre “decantado a través de una placenta sana”. También escucha dentro de su cáscara de nuez lo que su madre oye cuando se pega al oído conferencias y podcast “abandonándose a las maravillas de Internet”.  Escucha, aprende y reflexiona sobre los rusos en Ucrania, el islam, la lucha armada, la crisis existencial de Europa o las desigualdades de riqueza en este mundo al que va a llegar en pocas semanas. Un mundo incomprensible la mayoría de las veces, guiado por la codicia y la deshumanización. Aunque esta es sólo mi verdad y es cuestionable.  Lo que no permite discusión es que una novela como esta, que tanto me ha gustado, merece en la última página un buen vino de mi tierra.

*Sonia Asensio es profesora de Literatura. 
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