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Los libros

Francisco Ayala, siempre en su tiempo

  • La charla con Fernández-Braso muestra muy bien cuáles eran las preocupaciones de un escritor español exiliado a la altura de 1970
  • Este es el cuarto libro de conversaciones con el autor. Si lo situamos en el momento en que fue gestado, podría decirse que se trata del primero, aunque haya permanecido inédito hasta ahora

Publicada 14/07/2017 a las 06:00 Actualizada 13/07/2017 a las 20:49    
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Una conversación literaria (Madrid, 1970)
Francisco Ayala y Miguel Fernández-Braso

Universidad de Granada y Fundación Francisco Ayala
Granada

2016

Bienvenido sea este cuarto libro de conversaciones con Francisco Ayala, tras los tres de que ya disponíamos de Rosario Iriart, Enriqueta Antolín y Antonio Astorga, publicados en 1982, 1993 y 2015, respectivamente. Si lo situamos en el momento en que fue gestado, podría decirse que se trata del primero, aunque haya permanecido inédito hasta ahora. El caso es que todos ellos apuntan a sus memorias, Recuerdos y olvidos, al anticiparlas o completarlas.


El interlocutor de Ayala, Miguel Fernández-Braso, era entonces un periodista de 30 años que colaboraba en la sección de cultura de ABC y Pueblo, y en el suplemento literario de este último periódico había entrevistado al autor de Muertes de perro en junio de 1969. Era ya un avezado cultivador del género, pues en dicha fecha había publicado en una pequeña editorial llamada Azur el primer libro de conversaciones con García Márquez. Su contribución se completó con varios libros más: De escritor a escritor (1970), Conversaciones con Tàpies (1971) y Conversaciones con Alfonso Guerra (1983). Recuérdese, además, que en 1971 Fernández-Braso abrió en Madrid su primera galería de arte, Rayuela, y en 1975 fundó la revista de artes plásticas Guadalimar, cuya existencia se prolongó durante casi treinta años.
  La técnica que utiliza el entrevistador, en esta ocasión, es la de disolverse, desaparecer, dejando las preguntas en su mínima expresión. El conjunto se ciñe a lo anunciado en el título, por ello arranca el diálogo hablando del primer libro de Ayala, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), que tacha de novela, para pasar de inmediato a referirse a Ortega y Gasset (“El defecto de Ortega, si defecto es, era la soberbia”, pág. 30) y de la Revista de Occidente, la tertulia, la editorial y la revista, de la que nuestro autor fue parte activa. Dada la gran importancia que Ayala le concede en la vida intelectual española de la primera mitad del siglo XX, Ortega surge una y otra vez en la conversación. A lo largo de estas páginas, nos transmite sus impresiones y nos cuenta las relaciones que mantuvo con grandes autores –y no tan grandes— de aquellos años anteriores a la Guerra Civil o del exilio republicano, como fueron Juan Ramón Jiménez (“quizá su importancia para la historia de la literatura se deba más a la influencia ejercida que a la propia creación poética […], en conjunto hay algo de artificioso en su poesía”, pág. 156); Ramón Gómez de la Serna (“era un escritor realmente fabuloso, pero de ese tipo de escritor que, siendo genial, carece de control intelectual sobre lo que hace”, pág. 24); Ramón J. Sender (“su refinamiento literario era y es muy escaso” y su obra muy desigual, pág. 27 y 137); Unamuno (“con Unamuno no hablaba nadie: hablaba él y basta”, pág. 32); González Ruano (“hizo cosas como periodista que a mí me parecieron sencillamente repugnantes”, pág. 33); Antonio Espina (“es de esos hombres que cree que es peligrosísimo para la salud estar a más de diez kilómetros de la Puerta del Sol”, pág. 35); Azaña (“me parece un escritor de primera calidad […], se consideraba en un plano intelectual muy superior al común de las gentes”, pág. 36); Max Aub (“Él es persona que sí sabe manejar su propia publicidad muy bien”, pág. 142); Pérez de Ayala (“tenía un desdén hacia el género humano”, “desdeñaba a los países españoles de América”, y “pensaba que la realización del hombre no se puede dar sino a través de la nación”, pág. 180-182); Ricardo Gullón (“es uno de los críticos más sagaces y más afectos a mí, en fin, un amigo entrañable”, pág. 108); Américo Castro (“ha puesto de relieve la importancia fundamental que tuvo en la vida española ese problema de la limpieza de sangre”, pág. 112); Segundo Serrano Poncela (“ha escrito algunos cuentos muy, muy buenos”, pág. 150); y José Gaos (“cumplió la hazaña verdaderamente casi increíble de hacer que Heidegger resultara más difícil en la traducción española que en el original alemán”, pág. 163). Sobre todos ellos y sobre bastantes otros, como Azorín, nos proporciona Ayala juicios y retratos, a menudo certeros, sin dejar por ello de mostrarse subjetivo y en algunas ocasiones injusto, como no podía ser de otro modo, dada la naturaleza del libro. Por tanto, para hacerse una idea cabal de lo que pensaba, es necesario leer todo cuanto comentaba sobre ellos, no solo las frases lapidarias que he escogido. En suma, viene a reconocer la labor de la crítica, con una generosidad poco habitual en los escritores: “He tenido mucha suerte en lo que se refiere a la crítica. Ha habido interpretaciones muy numerosas y muy atinadas. Algunas de ellas, extraordinariamente sutiles” (pág. 112).

Hay en la vida de Ayala unos cuantos momentos fundamentales: la estancia como estudiante en Alemania; la Guerra Civil y el consiguiente exilio; y la reintegración paulatina en España. Haciendo balance de su trayectoria como escritor, repite en un par de ocasiones que le interesaba sobre todo la literatura de creación, de ficción, y que lo que más le preocupaba como novelista era conseguir expresar el sentido del mundo en que vivía (pág. 62 y 190). En 1929, Ayala se va a estudiar ciencias políticas a Alemania con una beca de la Universidad de Madrid; pero no cursa estudios regulares, sino libres, asistiendo a las clases del jurista socialdemócrata Hermann Heller (1891-1933), entre otros, quien al ser judío tuvo que exiliarse en España, donde murió. Después, Ayala regresó a Berlín en 1933, ya con Hitler en el poder, invitado por la universidad, y el ambiente le pareció terrorífico.

La Guerra Civil lo pilló impartiendo conferencias en Hispanoamérica, donde entabla amistad con Borges y Eduardo Mallea, entre otros. Tienen también mucha presencia en el libro los avatares personales e intelectuales del exilio, que lo llevaron primero a Buenos Aires y Río de Janeiro, allí vivió en 1945, y luego a Puerto Rico, donde se instaló en 1950, y finalmente a Estados Unidos. A diferencia de la mayoría de los exiliados, Ayala afirma que nunca sintió nostalgia de España, pues creía que los afortunados habían sido ellos al poder vivir en libertad, evitando la dictadura, a pesar de lo mucho que influyó en la recepción de su obra, pues era consciente que sus lectores no podían ser otros que los españoles (pág. 47, 69, 105, 136, 138, 157 y 194). Para describir a los exiliados utiliza el concepto de escritores desorbitados, a quienes Steiner llamaría extraterritoriales en 1972, aquellos que como él tuvieron que gestar su obra lejos de su ambiente natural (pág. 131). Ayala regresó a Europa por primera vez en 1952, y a España en 1960, no en 1957 o 1958 como se dice en el libro.

Pero, recuérdese que entre 1930 y 1944, cuando aparece El hechizado, no publica ninguna obra de ficción, debido a unas circunstancias que aquí nos recuerda. Sus ideas y principales preocupaciones literarias aparecen condensadas en esta conversación. Así, afirma que la patria de la literatura, del escritor, es el idioma, no la nación (pág. 72, 167 y 168); se plantea el problema que supone fijar de forma artística el lenguaje hablado (pág. 84); se reafirma en la creencia firme de que la experiencia y la imaginación están imbricadas, fundidas (pág. 85), y que la literatura se hace con palabras, más que con ideas (pág. 104), de ahí su rechazo del realismo, tal y como se entendía entre nosotros, del denominado realismo social, mostrándose contrario a la literatura política, de protesta (pág. 97, 103), porque como se ha repetido hasta la saciedad, nos recuerda Ayala, las buenas intenciones suelen producir mala literatura (pág. 130). Junto con su afán por no repetirse y hacer algo distinto de lo escrito hasta entonces, una virtud que también le atribuye a Cela y a Delibes (pág. 110 y 124). Resulta de interés, aunque no la compartamos del todo, la idea que tiene Ayala de los géneros narrativos clásicos, su distinción entre cuento, novela corta y novela (la diferencia entre estos dos últimos, nos dice, se debe a la distinta complejidad de sus estructuras), pues a los textos que componen Los usurpadores y La cabeza del cordero, que tanto los lectores como la crítica, en general, han calificado como cuentos o novelas cortas, los considera novelas, ya que la extensión no le parece determinante; mientras que en el caso concreto de “El as de bastos”, la define como una elegía en prosa (pág. 81, 126, 127, 132-135).

No muestra excesivo aprecio por los narradores del llamado boom, y aun cuando reconozca que son buenos novelistas, sobre todo Cortázar y García Márquez, constata que se han valido de “una especie de promoción colectiva”. En suma, concluye: “No creo que artísticamente, literariamente, signifique gran cosa”. En cambio, parece apreciar más a los escritores hispanoamericanos anteriores, como Borges y Juan Rulfo, aunque se confunda con Arguedas, al que considera boliviano, en vez de peruano (pág. 161 y 164-166).

A pesar de que afirma no saber a ciencia cierta a qué generación literaria pertenece, pues es un poco más joven que los autores del 27, me parece que sus pares –por la trayectoria seguida— tal vez fueran escritores como Rosa Chacel, Sender y Max Aub, quienes nacieron entre 1898 y 1906, publicaron su primer libro entre 1924 y 1930 y tuvieron que exiliarse. Si nos detenemos en el útil índice de nombres y títulos de obras citadas con el que se cierra el volumen, observaremos que a lo largo de esta conversación se refiere a muchos de sus libros, aunque a los que más atención les preste sean a La cabeza del cordero, El fondo del vaso, Muertes de perro y Los usurpadores. En algunos casos, además, se detiene en detalles concretos, como el significado de alguno de sus títulos, o el sentido de la obra.

Por lo que se refiere a la política, confiesa Ayala que como actividad le repugna, y que sus ideas fueron siempre “moderadas, liberales, con un temple realmente conservador”, “debiendo entenderse por liberal el reconocimiento y respeto de la autonomía de la persona”, pues consideraba que “el realismo político consiste en tratar de obtener lo mejor dentro de las posibilidades reales” (pág. 44, 48 y 95).

El libro, en suma, muestra muy bien cuáles eran las preocupaciones de un escritor español exiliado a la altura de 1970, cuando la dictadura entraba en su recta final y consideró la publicación de estas conversaciones “una oportunidad de decir cosas que, sin caer en lo trivial, tengan a la vez un tono ligero e íntimo en cierta medida; cosas, en fin, que no son para ser escritas, sino más bien para ser habladas” (pág. 198). Muy significativa me parece la preocupación que muestra por fijar su imagen pública como escritor de la manera más adecuada, por lo que se interesa por el trabajo de Julio-César, autor de las fotos que acompañan a la entrevista de Pueblo (pág. 13 y 197). Sea como fuere, si tuviera que seleccionar unas pocas páginas me quedaría con el relato sobre la búsqueda del carmen de la Cruz Blanca, la casa familiar, cuando regresó a Granada (pág. 88 y 89).

No quiero concluir sin elogiar la labor de edición que viene realizando la Fundación Francisco Ayala, al rescatar estudios descatalogados, editar epistolarios (véase, al respecto, su página web), libros de conversaciones y documentos relativos a la vida del escritor, unos trabajos que tanto los investigadores como los lectores más curiosos tenemos que agradecerle.

*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.
 
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1 Comentarios
  • jorgeplaza jorgeplaza 14/07/17 07:50

    Muy interesante reseña sobre un muy interesante autor. Ya me he bajado de la página de la Fundación las conversaciones con Rosario Hiriart (el pdf es gratis): agradezco la recomendación de la página web que se hace en el artículo.

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