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El cuento de todos

Hermanas

  • "Bajo las sombras de Santo Domingo se congelan los recuerdos de una vida que ya no existe. Detrás de los barrotes, hermanas, mayores y jóvenes, gordas y flacas, feas y muy pocas guapas se esconden del mundo"
  • Alfons Cervera sigue el relato iniciado por Beatriz Rodríguez y que continuará Lola López Mondéjar en el próximo número

Beatriz Rodríguez | Alfons Cervera Publicada 14/07/2017 a las 06:00 Actualizada 13/07/2017 a las 17:19    
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El escritor Alfons Cervera.

El escritor Alfons Cervera.

(Comienza Beatriz Rodríguez.)

La hermana Matilde se arrodilla ante el altar. Su hermana Esperanza la observa detrás de los barrotes de Santo Domingo, en Soria. Viene de ver la tumba de la mujer del poeta. Viene de leer los poemas del río y los álamos. Ante los barrotes ella también se arrodilla. Matilde Silva, que era pequeña y regordeta, algo mística, algo bruja, solía refugiarse para leer durante horas en el frío mármol de las iglesias. Ahora es vieja y huesuda y todos sus conocimientos se han reducido a una sonrisa hueca.

Bajo las sombras de Santo Domingo se congelan los recuerdos de una vida que ya no existe. Detrás de los barrotes, hermanas, mayores y jóvenes, gordas y flacas, feas y muy pocas guapas se esconden del mundo. Lo crean todo, lo creen todo. Inventan, sueñan, lamentan. Rodillas cansadas de adorar ficciones, caderas cansadas de esconder deseos. Mujeres derrotadas que crean hogares sin ventanas. Barrotes en el tiempo. Venid conmigo, recuerdos de las sombras, y arrodillaos.

Piensa entonces su hermana Esperanza en el rosario que le robaron al padre Ignacio una tarde de agosto que las dos entraron en la Iglesia del Carmen. El calor de la siesta disuadía cualquier intento de juego en la calle y era más peligroso quebrantar el sueño de padre que ser descubiertas jugando a la rayuela en la casa de dios.

¿Cuántas decepciones puede soportar la necesidad de amor? Le pregunta la beata Matilde a su hermana recién divorciada, pero Esperanza solo quiere hablar del rosario. Colgaba de uno de los reposabrazos que tenía la gran silla de cuero que había en la sacristía. Un trono inestable, la pata izquierda trasera era más corta que las demás, sobre el que se sentaba el padre Ignacio a esperar a su monaguillo.

No siempre era el mismo, cada año los cambiaba para no enamorarse de ellos, le diría Esperanza a su hermana, y esta, santiguada y mirada perdida hacia los cielos, porque en los pucheros nunca había encontrado a dios, le contestaría es que el padre Ignacio estaba enfermo.

Pero la rayuela en la iglesia era imposible, ya las habían castigado varias veces por pintar con tiza el suelo de la iglesia, hecho con grandes cuadrados de mármol blancos y negros, como el ajedrez del abuelo, así que saltaban como si fueran figuritas de ese mismo ajedrez: el peón hacia adelante, el caballo en diagonal, la torre corre que te corre por el pasillo central, directo hasta el altar, el rey la espera en la esquina de la izquierda, donde Nuestra Señora de las Angustias congela su llanto eterno. Jaque mate, dice la torre, y Matilde corre hacia su hermana Esperanza y la tira al suelo, y el silencioso juego se convierte en risas hasta que calla, calla te digo, y las dos escuchan un leve jadeo.

¿Gimen los ángeles cuando están enfadados?, piensa Esperanza y mira a su hermana mayor. Las dos tumbadas todavía en el suelo, con las faldas levantadas, enseñándole las bragas a dios.

En la iglesia de Santo Domingo, cuarenta años más tarde, la pregunta vuelve a retumbar en los oídos de la Hermana Matilde: ¿Gimen los ángeles cuándo están enfadados?, dice en voz alta su hermana menor mientras saca el rosario del bolso. La mano temblorosa atraviesa los barrotes prohibidos y las cuentas quedan suspendidas sobre la muñeca, columpiándose al ritmo de su memoria, como se columpiaban aquel día en el trono del padre Ignacio.

Suenan las campanas en Soria llamando a las hermanas al rezo, es un sonido alegre. Hoy no ha muerto nadie, piensa Matilde, solo tendremos que rogar por nuestro silencio.

(Sigue Alfons Cervera.)

Los jadeos. La vuelta atrás en la memoria que va quedando a ras de tanto olvido. Aquellas otras visitas al pueblo de la infancia, lejos en la distancia de los rosarios y las rayuelas en el suelo frío de la iglesia del Carmen. Los mismos susurros en el pozo oscuro de la sacristía, la negrura del pasillo detrás del altar mayor donde se colgaban las vestimentas de los monaguillos, como si fueran telas ahorcadas sin cuerpo dentro, el humo dulce del incienso que Matilde aspiraba con los ojos cerrados y lo dejaba caer como un chicle de arena en la boca medio cerrada de Esperanza. El miedo a que llegara demasiado pronto el fin del mundo. La miraba Esperanza, la pequeña Esperanza, y le preguntaba eso: por qué la mano del Niño Jesús está cada día más inclinada y la bola del mundo a punto de resbalar hasta el suelo. El cura —otro distinto, no el padre Ignacio, el de la silla coja y los niños invisibles que lo enfermaban en el recuerdo huesudo de Matilde— lo decía desde el púlpito en la misa del domingo: todo desaparecerá cuando la bola choque contra el suelo. Y las dos, hermanas y juntas en los juegos secretos de risas y rayuelas, de bragas altivas a los ojos del Altísimo, imaginaban el ruidoso estallido de santos y reliquias: la casa solariega de la Andenia, el fantasma que aparecía por las tres eras juntas todas las noches del verano, los gritos que se escuchaban en el cuartel de la guardia civil cuando ya hacía tanto tiempo que allí sólo quedaban unas insignificantes ruinas llenas de ratas, envases de plástico y huesos negros de paloma.

Después, el regreso a Soria. Lo que iba quedando de los juegos silenciosamente abruptos del verano. El humo del incienso dando vueltas y más vueltas por la boca. Como un chicle de arena que no desaparece nunca.

El tiempo no se doma. Resulta cada vez más insurrecto. Menos dispuesto a la inmolación gratuita a manos de un recuerdo complaciente. No había entonces nada complaciente, acaso sólo esa ficción que nos convertía en dueñas de una inocencia cruel y violenta, en personajes con el destino fijado desde el origen de los tiempos. Eso piensa Esperanza tantos años después. El rosario dando vueltas y más vueltas en su mano. La muñeca rota por la rozadura de las cuentas redondas, como los huesos, hechos polvo ya, de las palomas muertas en el cuartel de los veranos.

La verja de hierro. El silencio a una parte y otra de la verja. Tampoco se ha muerto el silencio. Lo que hablan —cada una desde su lado, las dos juntas en la misma memoria insatisfecha, como todas las memorias— pertenece a aquella vieja historia que habla miedosamente de bolas de fuego y jadeos que parecían llegados de ultratumba. El miedo, siempre. El susurro de unas manos deslizándose sobre las telas —ahora con cuerpo dentro— que cuelgan ahorcadas en las perchas del estrecho pasadizo que arrancaba de la sacristía. Aquel mismo susurro llegado, no sabían Matilde ni Esperanza de qué altar secreto perdido en una infancia que, como el chicle de arena que nunca se derrite, anda dando vueltas y vueltas por un rezo que se despliega —cuarenta años más tarde y con la misma, intensa, insobornable fiereza de entones— a un lado y otro de la reja.

No se enfadan los ángeles. Y menos aún gimen cuando están alegres en las profundidades del pozo. Pero lo que no saben esos ángeles —o sí, cuando escuchamos los gritos desde lejos tantos años después de aquellos días— es que el horror nos llega muchas veces con las señales dulces del incienso rodando por la boca. Y que aquel gozo de bragas altivas y desobedientes rayuelas va a ser otro cuando Esperanza salga a la calle y se queden, en las traviesas antiguas de la iglesia de Santo Domingo, aquellos versos que nunca les enseñaron en la escuela cuando los tiempos oscuros:

De toda la memoria, sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños.

En la calle sopla un aire frío. Mira Esperanza lo que queda del día. A saber, piensa. Seguro que lo de siempre. Siempre lo que queda del día es lo de siempre. Y se levanta el cuello del abrigo. El mismo abrigo de todos los inviernos, dice. A nadie. Porque Matilde se queda en la parte de atrás de lo que piensa, de lo que dice. De lo que poco a poco empieza a ser más olvido que tiempo recobrado. La vida que le espera. O la otra. A saber la vida que le espera. Las manos. Ahora se da cuenta. Las huellas de la reja en la piel reseca de las manos. Las cuentas del rosario. La risa de los ángeles caídos. La vida fuera de la infancia. El nombre de Gustavo que surge de repente. Los ángeles tienen nombres distintos cuando los recordamos. Un día entró en sus juegos. Salía del pozo oscuro de la sacristía. Por qué ahora le viene a la memoria. Precisamente ahora, cuando ya empezaba a ser nada en su vida, incluso en sus recuerdos.

Ya no está, Gustavo ya no está con nosotras. No se lo ha dicho a Matilde, pero no ha hecho falta. Las dos saben que no hace falta. No le ha dicho nos acabamos de separar y no sé dónde habrá ido desde que dejó la casa.

Siempre han sabido —la hermana mayor y la pequeña— que abandonar aquella infancia no iba a ser fácil para nadie. Y aún menos, salir del pozo. Eso aún menos. El abrigo se le ha quedado corto, piensa. Y estira los bordes por abajo. A ver si así.

(Continuará Lola López Mondéjar.)

*Beatriz Rodríguez es escritora. Su último libro, Cuando éramos ángeles (Seix Barral, 2016).

*Alfons Cervera es escritor. Su último libro, Yo no voy a olvidar porque otros quieran (Montesinos, 2017). 
 
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