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Más que una novela rosa

  • Aunque a simple vista La casa que amé puede parecer una historia excesivamente romanticona, es una profunda reflexión sobre una época que se acaba quieran o no sus inquilinos
  • Napoleón III encomienda a Haussmann el proyecto de remodelación del centro de París, que supone el derribo de numerosas viviendas. Una de ellas es la de Rose

Begoña Curiel
Publicada el 21/07/2017 a las 06:00
Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.
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El libro durmiente comenzó su andadura como club de Lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa, en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura, han dado lugar a la creación de un foro literario, en donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.
 
La casa que amé
Tatiana de Rosnay
Traducción de Sofía Tros de Ilarduya
Suma
Barcelona
2011

 
  Los contextos son importantes para entender las historias. En este caso de manera especial, porque el momento en el que se inscribe La casa que amé, en torno a 1860, corresponde a una época real del París sometido a una brutal reforma urbanística. Napoleón III encomendó al barón Haussmann el proyecto de remodelación del centro de la ciudad que independientemente del acierto o no sus grandes objetivos –dar el salto a la modernidad que se extiende en otras urbes europeas– supuso la expropiación y derribo de numerosas viviendas que llevaban asentadas allí desde la Edad Media.

Una de ellas, la de la Rose, nuestra protagonista; la casa donde han nacido generaciones de los Bazelet, el apellido de su marido Armand, fallecido hace diez años. Cuando recibe la misiva de la Prefectura de París informándole del próximo derribo de su casa –junto a las de su calle para convertirla en la prolongación de un moderno bulevar– empieza a escribir a su esposo desaparecido, aunque ya no la pueda escuchar. Pero es que su pequeño mundo, se derrumba. Literalmente.

Es el único recurso que encuentra para liberarse de la frustración y la angustia. Es consciente de que no podrá luchar contra el poder establecido. El resto de vecinos preparan las maletas resignados para abandonar sus hogares. Aún así anuncia a su marido que pase lo que pase, nunca abandonará el hogar donde fueron felices. Tatiana de Rosnay convierte los lugares donde vivimos en el símbolo de nuestro paso por el mundo. Y es aquí donde hay que insistir en la época donde la mujer es considerada simplemente la acompañante del marido, salvo excepciones, como es el caso de Alexandrine, la florista de la calle que será para Rose uno de sus mayores apoyos.

Será a través de las cartas al esposo desaparecido como el lector conocerá no sólo a la protagonista y sus secretos, sino las rutinas de los vecinos y su barrio, junto al consiguiente caos que implica el anuncio hecho por la prefectura. No es sólo la pérdida de lo material. La casa que amé es la resistencia a la imposición, la fidelidad a las personas y los principios, el adiós obligado a lo viejo, el debate sobre los avances cuando el fin justifica los medios…

Lo que a simple vista puede parecer una historia intimista, excesivamente romanticona y empalagosa, es en realidad una profunda reflexión sobre una época –aunque podría ser perfectamente aplicable a muchos aspectos de la sociedad de cualquier momento– que se acaba quieran o no sus inquilinos. Los sentimientos, las vidas particulares, los dramas personales quedan enterrados bajo los escombros de lo que supuestamente, debe desaparecer.

A su manera Rose es una mujer valiente aunque se apoye en la ceguera para anclarse en el pasado del que ya no tiene fuerzas para salir. Aún así, son bellos los pasajes utilizados por la autora para ejemplificar la emancipación de la que a duras penas podía hacer gala la mujer de aquellos tiempos. Me refiero a algo tan normal en nuestros días como la lectura. Con Madame Bovary, Rose descubre por un lado que existen otros mundo,s y de paso –no es poca cosa– la puerta a los placeres que ofrecen las letras. Es su particular manera de probar nuevas experiencias con algo tan pequeño como un libro. Me parece una preciosa metáfora que se suma al encanto que rodea a esta novela pese a su prosa sobria y recatada como mandan los cánones de las mentes de la época.

El final es predecible aunque incluya una sorpresa que ayuda a potenciar su fuerza. Aún así, con todos los tópicos facilones que se le pudieran reprochar, esta novela es un deleite como ya anuncia su bella portada. Sobria también como su narrativa, pero evocadora de una época que no conocimos y a la que sin embargo, nos podemos trasladar con facilidad gracias a las historias de casas amadas. Y gracias siempre, cómo no, a la literatura.
 
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