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Los libros

El arte del retrato

  • En Examen de ingenios, el autor retrata a escritores, españoles e hispanoamericanos, pero también a artistas, pintores y escultores, cantaores y bailarines 
  • Es en la tradición del retrato literario, en los lindes de un género que podría presentarse como memorias fragmentadas, donde mejor podemos alcanzar a entender y valorar el libro

Publicada 15/09/2017 a las 06:00 Actualizada 15/09/2017 a las 11:07    
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Examen de ingenios
José Manuel Caballero Bonald

Seix Barral
Barcelona

2017
  Se recogen en este libro algo más de cien retratos literarios de escritores y artistas que ha tratado el autor, por los que en mayor o menor medida se ha sentido interesado, los cuales incluyen algunas reflexiones sobre los mecanismos de funcionamiento de la memoria, las vacilaciones que produce el paso del tiempo, y cómo los recuerdos que permanecen de las personas queridas suelen ser los de los primeros encuentros.

Una parte de este material procede de libros anteriores, de La novela de la memoria y Oficio de lector, como ocurre –por ejemplo— con los textos dedicados a Leopoldo Panero o José Ángel Valente, aunque en estos libros se trataba más bien de “bocetos ocasionales, apuntes previos”, que ahora resultan mejor esbozados. Esos primeros apuntes, retocados, se dice en la aclaratoria “Nota” inicial, “me han servido para perfilar mejor los rasgos del personaje o para adecuarlo más propiamente a la evolución de mis gustos” (p. 7). Aclara también el autor, aunque en cuanto nos adentramos en la lectura resulta evidente, que su propósito “nunca dejó de estar regulado por mis particulares nociones sobre el arte de escribir” (p. 8). Y nos advierte de que ha prescindido de los personajes de generaciones posteriores a la suya (la excepción es la actriz y cantante Pepa Flores), ocupándose solo de aquellos que formarían parte de las que por convención llamamos generaciones del 98, 14, 27, 36 y 50. Aparecen los retratados en el orden en que fue conociéndolos, y aunque afirma que no pretendía ser lisonjero, tampoco deseaba que las semblanzas fueran desapacibles, así que confía en no haberse excedido en el cupo de arbitrariedades.

El título del volumen se toma prestado del de Juan Huarte de San Juan, cuyo Examen de ingenios para las ciencias (1575) gozó de una gran difusión en toda Europa (lo tradujo al alemán, en 1782, nada menos que G. E. Lessing) e influyó en Cervantes, tanto en El Quijote como en “El licenciado vidriera”. Pero, por lo que se refiere al contenido, poco tiene que ver con la obra que aquí nos trae. Y, sin embargo, el ingenio resulta clave, aunque no siempre los escritores se valgan de él de la manera más adecuada, según Caballero Bonald. Pero creo que es en la tradición del retrato literario, en los lindes de un género que podría presentarse como memorias fragmentadas, donde mejor podemos alcanzar a entender y valorar el libro. De esta práctica heterodoxa sería buena muestra el análisis detenido de libros concretos, e incluso a veces su correspondiente valoración, llegando a jerarquizar las obras de –por ejemplo— Juan Marsé y Alfredo Bryce Echenique; o a listar los grandes libros en castellano que provienen de la tradición surrealista, de Cernuda, Lorca, Neruda, Alberti y Aleixandre; afirmar que Espacio, de Juan Ramón Jiménez, y La casa encendida, de Luis Rosales, son los dos mejores poemas narrativos españoles del siglo XX y que probablemente Hojas de Madrid con La galerna, de Blas de Otero, sea uno de los dos o tres libros más relevantes de la poesía española del siglo XX; y la apuesta por la mejor genealogía de la prosa española: Cervantes, Góngora, Quevedo, Clarín, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Gabriel Miró, Cunqueiro, el Cernuda de Ocnos, el Cela de Mr. Caldwell, el Sánchez Ferlosio de Alfanhuí… Téngase en cuenta que en España, a diferencia del retrato pictórico, al que se le ha prestado mucha atención en las últimas décadas, la historia y análisis del retrato literario está poco sistematizada, y apenas tiene presencia ni en la historia literaria, ni en las enseñanzas académicas, a pesar de haber gozado de cultivadores tan notables, me ciño ahora a los siglos XX y XXI, como Juan Ramón Jiménez (Españoles de tres mundos), Alberti (Primera imagen de…), Aleixandre (Los encuentros), Manuel Vicent (Daguerrotipos, Retratos, Póquer de ases) o Javier Marías (Vidas escritas y Miramientos). Estos dos últimos han optado por denominaciones alternativas como daguerrotipos o miramientos. De entre todos ellos, de quien más cerca se siente Caballero Bonald es de las caricaturas líricas de Juan Ramón Jiménez, según ha confesado. Lo curioso es que en alguno de estos textos predomine el análisis de la obra, frente al esperado perfil de su autor, como ocurre –por ejemplo— en los casos de Claudio Rodríguez, Manuel Millares o García Márquez.

Retrata sobre todo a escritores, españoles e hispanoamericanos, pero también a artistas, pintores y escultores, cantaores, bailarines y toreros, e incluso a profesores y críticos literarios (Emilio Alarcos, Castellet, Aurora de Albornoz y Víctor García de la Concha), y a un par de políticos, Alfonso Guerra y Alberto Oliart. Algún lector puntilloso podría echar de menos, ateniéndose a los propios criterios del autor, a Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, hoy tan rabiosamente de moda, Jesús Fernández Santos, Luis Goytisolo, Juan Benet, Julia Uceda, María Victoria Atencia o Manuel Padorno, a pesar de que alguno de ellos aparezca aludido en las semblanzas dedicadas a otros escritores. Así, en los retratos de Baroja y Nicolás Guillén se perfila a Hemingway; en el de Pla, se nos proporciona unas pinceladas sobre Baltasar Porcel; en el de José Caballero se ocupa del pintor Vázquez Díaz; y en el de Leopoldo Panero traza un duro perfil de su esposa, Felicidad Blanc. Sí están presentes, en cambio, los exiliados republicanos (Francisco Ayala, Rosa Chacel y Max Aub) y los escritores catalanes (Carles Riba, Llorenç Villalonga y Josep Pla).

En ocasiones distingue la persona del artista, del escritor, pues, como en el caso de Joan Miró, “la vida y la obra también pueden acusar muy impredecibles divergencias” (p. 77), e intenta evitar que la conducta social de un autor, el trato personal, interfiera en su valoración literaria, como pueda haberle ocurrido con Pla. Pero en otras, valora la obra a pesar de la persona que la hizo, así sucede con Juan Goytisolo, u observa cómo el torero Rafael de Paula nunca dejó de buscar “esa última y justa soldadura entre su arte y su vida” (p. 431).

Me han llamado la atención, en especial, los comentarios críticos sobre el realismo social; su relación con los otros colegiales del Guadalupe durante los primeros años cincuenta; el trabajo que realizó en la revista Selecciones (de la que también formaron parte, en diversas épocas, Luis Rosales, Fernando Quiñones, Luis Feria o Juan Luis Panero); su vinculación con los componentes de la revista colombiana Mito (Jorge Gaitán Durán, Álvaro Mutis o Gabriel García Márquez); las referencias a la colección Poesía para todos, confesándonos que fue autor del diseño de las cubiertas; el recuerdo de su labor como editor en Júcar, donde publicó obras de José Bergamín, Américo Castro, José Lezama Lima y Miguel Villalonga, entre otros; la evocación del movimiento denominado Ruedo Ibérico, formado por artistas plásticos y críticos de arte, así, por ejemplo, el autor y Miguel García-Posada; la contraposición entre las reuniones en el piso de Celaya y las más sosegadas visitas a la casa de Aleixandre; su definición del cante y del duende, y cómo alguna de las observaciones que le dedica al flamenco podrían aplicarse a la poesía; sus reticencias respecto a un libro de Vargas Llosa sobre Onetti, a pesar de que obtuvo el premio de ensayo que lleva el nombre del autor; e incluso el elogio de unas cuantas señoras muy atractivas casadas con conocidos o amigos suyos, o a las hijas de estos.

El agudo y punzante retratista que es Caballero Bonald se alimenta del poeta, pero también del narrador, del memorialista y del aforista, como no podía ser de otra forma; todo lo cual se manifiesta en el peso de los recuerdos, en la penetración sicológica y en el tono metafórico o sentencioso con el que cierra algunos retratos, y sobre todo en el estilo. En suma, puede apreciarse la filtración de su poética en los entresijos de su prosa ensayística, según le atribuye a Octavio Paz. Por no hablar de cómo se vale del aspecto físico de la persona para proporcionarnos una metáfora del personaje, así ocurre al comienzo de los textos dedicados a Dámaso Alonso y Rosa Chacel. Además, su saludable tendencia a la ironía (véase el elogio que le dedica, p. 267) se transforma a veces en sátira e incluso en contadas ocasiones en sarcasmo, sin que falte el humor (de las Cronilíricas, de Aurora de Albornoz, afirma con razón que “tampoco es un título inmejorable”, p. 349). Aunque en general el tono suela ser ponderado, y cuando más crítico se muestra, el lector agradece su sinceridad y el empeño por su actitud ecuánime.

Mención aparte merece la estructura, en especial el cuidado con que a menudo comienza y concluye los textos; los finales abiertos a la consideración del lector, donde no resulta insólita la frase hecha, a veces con el orden de las palabras trastocado, o la cita de un título memorable, así como algunas locuciones que se repiten en los textos, en forma de adjetivos o de frases paradigmáticas para catalogar las obras o comportamientos de los observados: “iluminante”, “desapacible”, “desabrido”, “áspero”, “demasías”, “de lo más positivo” o “más bien defectuoso”, “prosa administrativa”, “voltario”, “amigarse”, “capacidad indagatoria” o “ruta novelística transitable”, conceptos que forman parte de la singular gramática de Caballero Bonald.

El despliegue de semblanzas lleva consigo un minucioso autorretrato del autor (“tiendo al mutismo y a oír lo que no acaba de decirse”; la confesión de su “natural laconismo”, pp. 336 y 340) y, en cierta forma, una ampliación de sus memorias, aunque uno y otra sean parciales; a la vez que un valioso testimonio de su concepción del arte, de su poética, y una defensa de la tradición en la que se inscribe (José Ángel Valente, Carlos Barral, Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda, por solo recordar a sus contemporáneos). Sin olvidar sus habilidades como lector perspicaz e independiente, además de sugerir un modelo de conducta cívica. Y puesto que la interpretación de la existencia depende del estilo, debe equivaler este a la propia vida. En suma, me parecen excelentes los retratos de Bergamín, la Niña de los Peines, el muy duro que le dedica a Leopoldo Panero, o las de Carlos Edmundo de Ory y Pepa Flores, por solo destacar unos pocos. Quizás el más elogioso sea el que trata de Muñoz Rojas, mientras que los menos complacientes pueden ser los de Baroja, D'Ors, Pla, Francisco Ayala, Borges, José Hierro, Sánchez Ferlosio, Antonio López, Castellet y Vargas Llosa.

Todo ello acaso pueda resumirse en unas pocas afirmaciones que sintetizarían la poética de Caballero Bonald: la idea de que la literatura más duradera proviene de los desobedientes, del distanciamiento frente a los credos dominantes, que el lenguaje es un instrumento de indagación, y que “la verdadera poesía ocupa más espacio que el poema”. Este libro es una obra mayor en su género, y una auténtica mina en la que no es necesario ahondar demasiado para encontrar pepitas de oro.

*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura. 
 
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