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Los diablos azules

Los Cinco y Toni

  • A medida que avanza el tiempo de la narración, es decir, de los personajes –¿de Orejudo quizá?— se aprecia al fondo un rastro de amargura, de gravedad
  • En este relato generacional, la de los que nacieron en los sesenta y se educaron con la obra de Enid Blyton, se constata que estamos ante una generación perdida

Juan Carlos Sierra Publicada 22/09/2017 a las 06:00 Actualizada 22/09/2017 a las 11:03    
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Antes de nada creo que tengo que confesar mi absoluta y rendida admiración por el novelista Antonio Orejudo (Madrid, 1963) desde que leí su desternillante y brillante Fabulosas narraciones por historias. Dicho esto, cualquiera que haya empezado a leer esta reseña puede ir haciéndose el cuerpo a lo que le espera o abandonándola sin más porque quizá falte a los principios de mi labor como crítico –sean estos los que sean—. En cualquier caso, he de afirmar en mi defensa que esta admiración se basa en criterios más o menos objetivos, como cualquier cosa que tenga que ver con esa fina y porosa membrana que separa la objetividad de la subjetividad. En este sentido he de reconocer que puedo llegar a idolatrar a cualquiera –sea escritor, cineasta, monologuista o instalador de toldos— que en su discurso sea capaz de explotar eso tan difícil que es el humor, a ser posible fino, inteligente, de sonrisa sostenida mejor que de carcajada esporádica –aunque una explosión liberadora de vez en cuando no venga nada mal—. Y hasta donde yo sé y he leído, Antonio Orejudo es uno de los escritores españoles contemporáneos que mejor sabe construir esos artificios tan complicados que tienen que ver con el humor en literatura.
  No obstante todo lo dicho hasta ahora, he de admitir que Los Cinco y yo (Tusquets) comienza muy arriba en lo que al manejo y contagio del humor se refiere, pero según avanza la novela la sonrisa se va torciendo en una mueca rara o directamente se congela. En este relato circular, sinuoso, a capas, pero con cierto sentido del orden cronológico –desde la infancia hasta eso que llaman madurez—, a medida que avanza el tiempo de la narración, es decir, de los personajes –¿del autor quizá?— se aprecia al fondo un rastro de amargura, de gravedad, de desencanto, de traición a los proyectos de juventud, que mal puede disimular la distancia saludable del humor de Orejudo o que simplemente ya no se quiere fingir.


Puede que, como le oí un programa televisivo de medianoche, que a su vez había declarado en alguna entrevista, Antonio Orejudo esté ya harto de tanta risa, de tanta comedia. No sé, pero en Los Cinco y yo algo de todo esto hay. Sí, porque en este relato generacional, la de los que nacieron en los sesenta y se educaron literariamente con la obra de Enid Blyton, se constata que estamos ante una generación perdida entre las que sí han sido protagonistas de la historia o se han sabido aprovechar de las circunstancias; a saber, la anterior a esta, que protagonizó y en cierto sentido se apropió de la Transición, y la posterior, que en este caso ha decidido despojarse de ella por la vía asamblearia puertasoleña. Y probablemente eso de encontrarse en terreno de nadie y de ser consciente de esta insignificancia tenga una gracia nada más que relativa.


Pero no por ello mi admiración por Orejudo va a sufrir ningún descalabro, porque además estamos ante un prestidigitador de la trama y del lenguaje. Hay que tener mucho oficio literario para montar una narración sin fisuras a partir de la ficticia presentación de un libro del escritor Rafael Reig titulado After Five por parte de Toni, narrador de Los Cinco y yo y profesor de literatura en la Universidad de Almería –como el propio Antonio Orejudo en la realidad—. Hay que poseer un manejo realmente asombroso de los recursos narrativos para sostener coherentemente un relato salpicado de historia personal y colectiva a lo largo de 256 páginas sin que se le insinúen las costuras, para que, a pesar de las vueltas y revueltas de la narración, de su aparente caos, todo fluya con naturalidad y con asombrosa ligereza. Y hay que echarle muchos cojones –cojones duros, como aseguraba Carlos Marzal en su poema homónimo— no solo para enfrentarse al reto de construir un artilugio como este, con los peligros que conlleva, sino sobre todo para plantarle cara al destino, que ya se encuentra entre nosotros, con una media sonrisa literaria.


Además de todo esto, Antonio Orejudo se suma en su última novela a la tradición cervantina —tan frecuentada últimamente, por otra parte— en lo relativo a las fronteras de la propia ficción. Los Cinco y yo complementa todo su aparataje narrativo con un planteamiento práctico acerca de los límites entre la mentira de la ficción y la verdad de la realidad –o viceversa— difuminando sus fronteras, haciendo saltar de un ámbito a otro a personajes y personas, empezando por el propio narrador, Toni, que de voz creadora transita con total naturalidad hacia personaje de novela, y pasando por cada uno de los personajes de Enid Blyton –salvo el perro— a los que vemos resolver sus cuitas de adultos por la costa de Almería guiados por el propio Toni narrador. Quizá se trate de otra de las conclusiones dramáticas que nos congelan la sonrisa, una vez que el futuro ha llegado, todo se ha difuminado y anda algo mezclado; una vez que, para bien o para mal, nos hemos convertido definitivamente en seres posmodernos, con nuestra posverdad, nuestro posmaterialismo y nuestra posliteratura.

Independientemente de todas estas consideraciones, que pueden entrar más o menos en el terreno de lo objetivamente subjetivo –o viceversa—, lo importante de Los Cinco y yo es que se trata de una obra bien escrita, de prosa ágil y fluida que no hace tropezar al lector; todo un disfrute, un festival del humor –algo amargo a ratos— y una fiesta de la literatura.

*Juan Carlos Sierra es profesor de Literatura.

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