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Los libros

Reírse de las cadenas

  • En El pájaro carpintero, James McBride transforma la lucha contra la esclavitud en una comedia, una novela del Oeste, una historia de pícaros
  • La narración sigue los pasos de John Brown, abolicionista blanco que, harto de palabrería, se propuso liberar a la población negra a punta de pistola

Publicada 29/09/2017 a las 06:00 Actualizada 29/09/2017 a las 11:16    
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El pájaro carpintero
James McBride

Traducción de Miguel Sanz Jiménez
Hoja de Lata

Gijón
2017

 

Era un tipo encorvao qu’estaba en los huesos, recién salío de la pradera; olía a boñiga de búfalo, tenía un tic en la mandíbula y la barbilla llena de pelos retorcíos. Tenía tantas arrugas en la cara entre la boca y los ojos que, si las juntabas, te daban p’hacer un canal. Fruncía los labios finos de forma permanente y parecía que los ratones l’habían roío por toas partes el abrigo, el chaleco, los pantalones y la corbata de cordón. Tenía las botas destrozás y se le salían los deos de los pies por la puntera.


¿Es esta la manera de tratar literariamente a un héroe? El escritor estadounidense James McBride (Nueva York, 1957) respondería: "Sí señor". Así describe En El pájaro carpintero (Hoja de Lata) a John Brown el Viejo, nacido en 1800 y muerto en la horca en 1859 después de haber liderado un infructuoso ataque a la armería federal de Harpers Ferry, con cuyo botín pretendía armar a la población negra para levantarse contra la esclavitud. John Brown, un empresario blanco nacido en Connecticut que descendía directamente de los puritanos ingleses, vio la luz. Harto del movimiento pacifista contra la esclavitud, reclutó a un magro ejército cuyo núcleo estaba compuesto por sus propios hijos y comenzó a liberar por la fuerza a los esclavos y a disparar a quemarropa a los esclavistas: "Estos hombres no hacen más que hablar. ¡Lo que necesitamos es acción!". No le faltaba visión de futuro: un año después de su muerte estallaría la guerra civil estadounidense entre el Norte y el Sur.    

Brown podría haber sido perfectamente un personaje de ficción. No es, de hecho, más creíble que Henry Cebolla Shackleton, el narrador creado por McBride para relatar las hazañas del Viejo. Cebollita es uno de los liberados por Brown y acaba uniéndose a su precario ejército, del que busca alejarse, sabiendo que la empresa tiene poco futuro, pero al que siempre termina regresando. Lo hace, además, en unas circunstancias inusuales: Henry es rescatado por Brown siendo un crío y el combatiente lo confunde entonces con una chica, bautizándole como Henrietta. Un tiroteo es un mal momento para aclarar malentendidos y, temiendo ser abandonado si se descubre la verdad, Cebolla opta por no revelarla. No acaba ahí la cosa: Brown es un fanático religioso que va por ahí encomendándose al señor y recitando la Biblia, y cuyas largas oraciones —largas quiere decir de varias horas— ponen en más de un aprieto a la banda. Cebolla no duda en llamarlo "viejo loco", con mucha razón. 

Porque, sí, El pájaro carpintero es una comedia, una novela del Oeste, una historia de pícaros de ritmo trepidante y mucha acción. Y también es un libro sobre la esclavitud, el sistema inhumano que la justifica y los que se rebelan contra ella. Era una apuesta arriesgada, la de McBride —que, por otra parte, ya ha tratado el tema racial con un tono más solemne en Song yet sung o El color del agua—. Pero le salió bien: en 2013 ganó el National Book Award y en 2016 el entonces presidente Barack Obama le concedió la Medalla Nacional de las Humanidades.

"Lo más difícil de escribir sobre un tipo como John Brown es que era tan serio, y su causa era tan seria, que la mayor parte de lo que se ha escrito sobre él es muy serio y, en mi opinión, un poco aburrido", decía McBride en una entrevista. Aquí el Viejo es serio, pero da mucha risa, y el resultado es francamente divertido. Esto es así en gran medida gracias al hallazgo de Cebolla, un narrador alejado de toda épica que está más preocupado por sobrevivir que por combatir por una noble causa, por mucho que esta le incumba. Es su habla —en una traducción excelente de Miguel Sanz Jiménez, que logra la difícil tarea de conservar la esencia de los dialectos usados por McBride— y su irreverencia las que convierten el relato histórico en historia viva. Y, a través de sus ojos de pícaro, el héroe se ve también transformado. 

John Brown no es un bandido fornido y todopoderoso, sino un pobre viejo consumido y chiflado que recorre la estepa creyendo ilusamente que puede él solo contra todo el sistema esclavista. La figura del Viejo, enjuto y empecinado en su improbable empresa, recuerda a la de Don Quijote. Y en esa destrucción de la épica operada por Cebolla se produce también el milagro. John Brown no es solo un loco, sino un hombre que renuncia a todo, a la vida de sus hijos y a la suya propia, a una existencia que hubiera sido apacible, por una idea que considera justa. No teme, para tratar de alcanzarla, enfrentarse al Gobierno, a bandas de cuatreros, a ejércitos enteros e, incluso, a los propios esclavos, demasiado aterrorizados como para tomar las armas. Si John Brown es un loco es porque el mundo que le rodea está más loco que él. 

Con maestría narrativa —McBride usa de manera refrescante lugares comunes literarios como el del manuscrito encontrado— y una prosa agilísima, el escritor cambia de género la esclavitud: ya no es un drama, sino una comedia absurda. En ella no hay solo víctimas trágicas y héroes impolutos, sino también luchadores apestosos y pobres diablos que son mucho más que el final que les espera. Y la lucha de Brown suena como una trompeta algo desafinada que anuncia todo lo que vendrá.  

*Clara Morales es periodista de infoLibre
 
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