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Los libros

Antes de la caída

  • El manuscrito de Fresas era la novela que proyectaba Joseph Roth en sus últimos meses, y lo ahora publicado son los bosquejos de algunos capítulos
  • La obra dibuja con nostalgia lo que era la vida que estaba a punto de desmoronarse con el imperio austrohúngaro

Publicada el 29/09/2017 a las 06:00 Actualizada el 28/09/2017 a las 19:00
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Fresas
Joseph Roth

Traducción de Berta Vias-Mahou
Acantilado

Barcelona
2017

¡Cómo me gustan las fresas! Sobre todo si son de Joseph Roth , en traducción de otra escritora, Berta Vias Mahou y recién horneadas por la editorial Acantilado.

Si tenéis una tarde libre en este otoño que se avecina, no lo dudéis, este librito de unas 60 páginas os hará disfrutar, os transportará a la infancia de Joseph Roth, a las descripciones del paisaje donde nació con frases como ésta:
 

Donde yo nací, el otoño estaba hecho de oro y de plata líquidos, de viento, bandadas de cuervos y ligeras heladas. Era casi tan largo como el invierno. En agosto las hojas se ponían amarillas y en los primeros días de septiembre ya estaban en el suelo. Nadie las barría. Sólo cuando llegué al oeste de Europa vi que el otoño se recogía con la escoba en ordenados montones de estiércol.


También dedica unas líneas a explicar el porqué del título:
 

Todo el mundo recogía fresas, aunque estaba prohibido. Cuando venía el guarda forestal, les quitaba los cuencos a las mujeres, esparcía por el suelo las hermosas fresas de color rojo y las pisaba.

¿Pero qué podía hacernos a los que nos las comíamos de inmediato? Nos dirigía una mirada de enojo y llamaba a su perro silbando. Llevaba un distintivo de latón en el pecho. Resplandecía verde el acerado. Un objeto metálico en un mundo de hojas, madera y tierra. Nadie temía al guarda forestal. Cuantas más fresas pisaba, más crecían en el bosque.


Roth nos presenta los personajes, la vida en una pequeña ciudad donde nadie tenía papeles porque no hacía falta, donde el conde era amigo del enterrador, donde el padre del protagonista fue encontrado muerto un invierno, borracho, por haberse caído del caballo. El protagonista va contando su vida de aprendiz definiéndose desde el principio como un impostor. Pasa por limpiar zapatos, por trabajar en una barbería, con un sastre, ayudando al sepulturero, y nos habla del conde, que todos los viernes por la mañana arrojaba unas monedas a los pobres que se concentraban a la puerta de su castillo. 

Van pasando por el relato personajes presentes en sus obras, los judíos de la época, los que salieron y se enriquecieron, los que emigraron y no volvieron, como sus hermanos, los que se quedaron y alegraron la vida a los demás, como la mujer del kiosco del parque, donde vendía bebidas y que abría o cerraba en función de si estaba con un hombre o no. O el alcalde, empeñado en tener un monumento importante en la ciudad y buscar algún personaje al que se le pudiera hacer una estatua. O el borrachín del padre del protagonista, que recuerda mucho a La leyenda del santo bebedor, uno de mis libros favoritos de Roth. Es un manuscrito al parecer incompleto, pero que condensa los temas predilectos de Roth y nos dibuja con nostalgia lo que era la vida que estaba a punto de desmoronarse tras la caída del imperio austrohúngaro. Como dice también en este libro:
 

En mi ciudad de origen vivían unas diez mil personas. De ellas, tres mil estaban locas, aunque no suponían ningún peligro público. Una suave demencia las envolvía como una nube dorada.


Este manuscrito, el de Fresas, era la novela que proyectaba en sus últimos meses y lo ahora publicado son los bosquejos de algunos capítulos.  Joseph Roth  nos ha regalado en sus novelas personajes inolvidables, así como la constatación de las consecuencias que tuvo para el mundo la caída del imperio austrohúngaro y la subida del nazismo al poder. Ahí quedan La marcha Radetsky, Confesiones de un asesino, la mencionada La leyenda del santo bebedor, Judíos errantes, La cripta de los capuchinos, Hotel Savoy, El busto del emperador o la correspondencia entre Stephan Zweig y él, bajo el título de Ser amigo mío es funesto. Roth murió alcoholizadoal poco de huir a Francia en 1933 ante el auge del nazismo en Alemania. Como personaje controvertido que fue, también lo fue su entierro, recogido en el prólogo de un libro que, bajo el título de El juicio de la Historia, recoge escritos suyos entre 1920 y 1939 y fue publicado hace unos años por Siglo XXI. En él se narra lo siguiente:


“Su entierro en el gran cementerio de Thiais, al sudeste del extrarradio de París, según se conoce por las versiones de David Bronsen y Hermann Kesten, pareció seguir un guion redactado por la propia pluma de Joseph Roth. El mismo día de su muerte hubo una tumultuosa reunión en el café de Tournon para decidir la pertenencia religiosa del difunto. Todos los que le habían oído contar tantas leyendas sobre su vida y milagros se empeñaron en añadir un poco más de confusión a la ya creada. Pauline Kulka, judía bautizada, proclamó, como única pariente presente de Roth, que habría funerales católicos porque ese era el deseo del finado. Otros se inclinaron por la presencia de un rabino. Soma Morgenstern y Joseph Gottfarstein  proyectaron rezar ante la tumba la oración fúnebre hebrea.
 

Ante la tumba abierta se apretujaron monárquicos y comunistas, judíos orientales y católicos. De viudas hicieron la mulata Andrea Manga Bell, la actriz Sybil Rares y la letona Sonja Rosenblum. No faltaban escritores, artistas, exiliados de Viena, Praga y Berlín, periodistas y apátridas desconocidos a los que Roth acompañó algún día a la prefectura de policía. Oficiaban el canónigo Brenningmeyer y el vicario Österreicher, ambos conversos. Cuando el último se acercó a la tumba se elevó un murmullo desaprobatorio de un grupo de judíos orientales, algunos protestaban de viva voz y reclamaban la presencia de un rabino. En el momento en que el vicario consiguió imponerse e iniciar su sermón pasó un tren de mercancías por la vía pegante al cementerio, llenándolo todo de humo, traqueteo y silbidos estridentes. El tren que tanto amó Roth no podía faltar. El pretendiente al trono de Austria, el príncipe Otto, mandó a sus representantes con una corona que depositaron sobre el féretro, al mismo tiempo que Egon Kisch se adelantó de las filas de los comunistas, lanzó un puñado de tierra a la tumba y gritó: "¡En nombre de tus colegas del SDS!". Los ortodoxos se aproximaron a la fosa y comenzaron a orar en hebreo. Desanimado por la confusión, Gottfarstein renunció a recitar el kaddish. Los miembros de la Liga por la Austria Viva depositaron una corona con la inscripción: "A su presidente, gran escritor de Austria". Los días siguientes se publicaron las necrológicas de todos los colores. Zweig redactó la suya, en Londres, y tres años después volvió a memorar a Roth en su carta de adiós, antes de suicidarse.   


En el caso de Joseph Roth se cumplió el refrán: genio y figura hasta la sepultura.

Quien no haya descubierto a este escritor europeo, imprescindible para entender el momento actual y lo que nos está pasando, que empiece por alguna de las obras aquí mencionadas. Roth es adictivo y de seguro que seguirá leyendo otras.

*Carmen Peire es escritora. Su último libro Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017).

 
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