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Los diablos azules

Leer, tan viejo como la vida

  • No creo que sea exagerado afirmar que la lectura es connatural a todo lo viviente. Todo lo que vive lee, en alguna medida, su contexto
  • No somos el único animal con capacidad simbólica, pero somos el animal que ha convertido el símbolo y el desciframiento del medio en una cultura

Juan Malpartida Publicada 29/09/2017 a las 06:00 Actualizada 28/09/2017 a las 16:16    
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Este ensayo pertenece a Margen interno, recopilación de ensayos y semblanzas de Juan Malpartida que acaba de editar el sello Fórcola.  
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La pasión de la lectura tiene su reverso: la lectura de una pasión. No creo que sea exagerado afirmar que la lectura es connatural a todo lo viviente. Sin duda esta afirmación se apoya en una extrapolación del darwinismo, recordando que todo lo que vive está inserto en un medio, de las primeras bacterias, no nucleadas, a las eucariotas, y desde éstas y los primeros microorganismos al resto del mundo vivo actual. La reacción efectuada por un organismo individual (unicelular, en este caso), armado de una pared que le otorga identidad, es un acto de lectura. Todo lo que vive lee, en alguna medida, su contexto. El medio es un contexto, un tejido de relaciones del que forma parte cualquier identidad que pretende permanecer y perpetuarse. La bacteria que reacciona ante un tipo de peligro y se agrupa con otras para defenderse, hace una lectura (sin duda inconsciente, como la mayoría de las lecturas) que unos 3.800 millones de años después adopta, en la especie Homo sapiens, la forma conceptual de "bueno" y "malo". Es evidente que la naturaleza no es un lenguaje en el sentido en que lo es la escritura egipcia, la protocuneiforme sumeria y cretense, y el resto de los sistemas simbólicos modernos. Pero no creo que sea descabellado ver en nuestra escritura silábica y su sintaxis un extremo maravillosamente complejo de la capacidad de todo lo que vive, así sea la prístina reacción ante el medio que he descrito de la bacteria, para otorgar, en función de la acentuación de cualquier identidad viva, significados.

  No somos el único animal con capacidad simbólica, y se puede hablar con propiedad de la inteligencia animal y vegetal, pero somos el animal que ha convertido el símbolo y el desciframiento del medio en una cultura, en el sentido de que la transmitimos de unos a otros a través de nuestra convivencia (no a través de los genes). No heredamos lo sabido, aunque en alguna medida lo que hemos hecho culturalmente ha influido en nuestra naturaleza. El desarrollo de la capacidad verbal ha sido favorecido por la evolución porque ha sido positivo para la supervivencia de individuos y colectividades. Algunos antropólogos han visto en este desarrollo una de las posibles causas del predominio del Homo sapiens sobre el Neanderthal (que en alguna medida sobrevive en nuestros genes). Quien puede hablar, tiene posibilidades de transmitir conocimientos cruciales a la hora de encontrar comida, referirse a sucesos pasados o inminentes, refugiarse u organizar una batida.

Hablar es leer (comprender determinadas manifestaciones como significativas); y entender el habla es leer los sonidos, una ristra seguida de sílabas maravillosamente articulada, que inconscientemente separamos. La pasión de leer ya estaba implícita en la pasión de hablar, que es la de comprender lo que decimos. A diferencia del resto del mundo animal, el hombre, al hablar, lee lo que dice. ¿No es acaso este bucle el de la cultura humana? Por el acto de leer (no visual, mental) lo que digo, desembocamos, como especie, en la sintaxis. Y debido al significado de este bucle, nos salimos, en alguna medida, de la naturaleza. Ciertamente, no nos salimos del mundo, porque ese acto de lec- tura es un pliegue, no exento de misterio que, al autorreflejarse, se abre como conciencia de sí. La pasión de leer, cuyo motor es el impulso de comprender, si bien se apoya en la totalidad de lo vivo –quiero decir, que hay una compleja deriva evolutiva que lo explica– es la que nos define como humanos. Nada más racional que nuestro lenguaje; nada más sentimental.

Pero leer es también distraerse. Cuentan que un monje se distrajo en el campo oyendo cantar a los pájaros, y cuando volvió al convento no lo reconocieron. El instante de la distracción (como un viajero a una velocidad cercana a la de la luz en la teoría de la relatividad) se había medido, muros adentro, por años. En Las mil y una noches, Sherezade sostiene su vida distrayendo a su amenazante rey con cuentos. ¿Cómo no ver en ese rey una encarnación terrible del tiempo? La lectura es una operación metafórica, un puente que nos lleva al otro lado; pero por muy lejos que nos lleve nunca nos aleja de nosotros mismos. Aunque, ¿qué significa "nosotros mismos"? Bajo la curva invisible de ese arco fluye un secreto que nunca podrá ser revelado del todo salvo por las formas que adopta el cuerpo metafórico de la narración: el poema, el érase una vez, el otro tiempo donde "Si je me souviens bien, ma vie était un festin où s’ouvraient tous les coeurs" (Rimbaud). Gracias al arco que tiende la lectura dentro de nosotros mismos, salimos de la cueva del yo y su ogro de un solo ojo. Leer es un acto que nos descubre aquello que Antonio Machado nombró como "la esencial heterogeneidad del ser". ¿No comienza toda la diversidad de la vida con la traducción de un código (a través del ARN) que nunca es idéntico a su origen? En el origen de la vida hay un traductor, un mediador de lo vivo a lo vivo, una alteración que desemboca en el apasionado e inacabable alterne que significa vivir, hablar, leer.

*Juan Malpartida es escritor. Su último libro es Margen interno (Fórcola, 2017). 
 
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