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El cuento de todos

El viaje de doña Susana

  • "No tenía ni un real doña Susana. ¿Quién va a negarle a una madre el derecho de ir a buscar a su hijo muerto al fin del mundo si es preciso?"
  • Marta Sanz cierra el relato construido por Sergio Ramírez, Almudena Grandes y Jorge Franco

Sergio Ramírez | Almudena Grandes | Jorge Franco | Marta Sanz
Publicada el 06/10/2017 a las 06:00
La escritora Marta Sanz.

La escritora Marta Sanz.

(Comienza Sergio Ramírez.)

La trágica noticia que recibió doña Susana Armijo temprano del lunes  en su domicilio del barrio El Erial de Somoto, un pueblo de las montañas en la frontera con Honduras, se iba componiendo por pedazos en su cabeza según entraban acongojados los vecinos, teléfono en mano. Traían mensajes de familiares que habían emigrado a España y vivían en el País Vasco, y todo lo puso más en claro un Whatsapp con la grabación de un breve segmento del informativo de EITB Radio Euskadi.

Su hijo Misael había perdido la vida la noche del viernes anterior hacia las 21.10 horas al ser arrollado por un tren de cercanías a la altura del Puente de Hierro, en el barrio de Amara de San Sebastián, cuando según testigos presenciales caminaba en medio de la vía.

La Ertzaintza logró identificarlo gracias a los datos de su teléfono móvil, y también determinó que trabajaba como pinche de cocina en el hospital San Juan de Dios aunque se trataba de un inmigrante sin papeles. El levantamiento del cadáver se produjo a las 22.43 horas y fue conducido a la morgue de Medicina Legal. El accidente obligó a suspender el tráfico ferroviario durante hora y media.

Por qué Misael iba caminando a esas horas de la noche en una carrilera y hacia donde se dirigía eran asuntos que doña Susana no lograba entender, y si un día llegaba a saberlo no le serviría de nada. Su hijo estaba muerto, lo había matado un tren. Y ella tenía que estar allá con él, en aquel lugar del mundo, y traerlo de regreso para que fuera enterrado en Somoto.

Sentada en una vieja silla trenzada de filamentos de plástico en la cocina de paredes ahumadas donde horneaba el pan que salía a vender cada madrugada de puerta en puerta, se cubría el rostro con una pequeña toalla listada de colores, pero nadie piense que su espíritu se había derrumbado, o que las lágrimas la ahogaban. Solo tenía cabeza para el viaje.

La cocina seguía llena de gente pero las noticias se iban haciendo más escasas, y cada vez más repetitivas. Ahora el asunto era otro. Cada quien buscaba disuadirla después que la oyeron decir, atribuyéndolo a un extravío causado por su dolor, que se iba a España: nunca había viajado al extranjero, nunca se había subido a un avión, nunca había atravesado el mar. ¿Y de dónde sacaría el dineral que costaba el pasaje?  ¿Y encima el costo de repatriar el cadáver? Según uno de aquellos mensajes traerlo a Nicaragua no bajaría de cinco mil euros, según se había averiguado. Trasladarlo a una funeraria, la preparación, el ataúd, el embalaje del ataúd, el valor del flete aéreo.

No tenía ni un real doña Susana. Lo que el hijo había alcanzado a enviarle desde que consiguió trabajo en el hospital, haría de eso seis meses, ella lo había invertido en agregar un cuarto a la casa para cuando él volviera, y aún faltaba ponerle el techo. Pero seguía en su terquedad y las razones en contrario se fueron apagando. La primera que cedió en apoyarla fue su hermana Clarisa. ¿Quién va a negarle a una madre el derecho de ir a buscar a su hijo muerto al fin del mundo si es preciso? Después ya se vería lo de traer el cadáver.

Y entonces fue como una llamarada la que prendió en Somoto. Salieron los escolares con alcancías a las calles, barrio por barrio, y esas alcancías uno las encontraba también en los mini súperes, en la pizzerías, y al cabo de dos días, al vaciarlas, el total de la recaudación sumaba 17 mil córdobas. El domingo siguiente se organizó una kermesse en el atrio del templo parroquial de Santiago Apóstol que rindió 19.000 córdobas más.

Con lo cual tenemos ahora a doña Susana entre la multitud de pasajeros que salen de la manga del avión de Iberia que la ha traído a Madrid después de trasbordar en Panamá. Va vestida de negro riguroso, y por todo equipaje lleva un valijín de vinilo obsequio de la agencia de viajes Aeromundo donde su boleto fue comprado en Managua.

(Sigue Almudena Grandes.)

Al filo de la medianoche, doña Susana Armijo ocupó una silla en una hilera de asientos vacíos, frente a uno de los restaurantes de la T4.

Llevaba siete horas en Madrid y aún no había salido del aeropuerto. En ese plazo, su ánimo había subido y bajado tantas veces como las piernas de un niño pequeño que nunca se cansa de un tobogán. La sensación de triunfo que experimentó al aterrizar había encogido al mismo ritmo que sus pasos mientras avanzaba por aquella terminal inmensa, su altísimo techo de madera sostenido por vigas pintadas de colores vivos, como una catedral profana, hasta burlona. Siguió a los pasajeros de su vuelo sin hacer preguntas hasta el puesto de policía donde tuvo que enseñar el pasaporte. Allí sí preguntó, se enteró de que tenía que coger un tren hasta otro edificio, luego un metro, un autobús o un taxi hasta la dirección de Madrid a la que se dirigiera. Pero yo no vengo a Madrid, señorita, dijo ella, yo tengo que ir a San Sebastián. No se preocupe, la policía sonrió, está muy cerca. Pregunte a cualquiera, yo creo que le conviene coger el metro hasta la Plaza de Castilla y desde allí, en autobús, no tardará ni media hora.

Doña Susana tenía mucho miedo a la policía española. En Somoto le habían contado que no era fácil entrar en el país, que quizás la harían esperar, que tal vez sospecharían que era una inmigrante ilegal, igual que su hijo. La sonrisa de la agente que miró y selló su pasaporte sin ponerle pegas la desconcertó tanto como su optimismo. Ella no era culta, no había estudiado, pero sabía que la ciudad donde había muerto Misael no estaba a media hora de Madrid. Sin embargo, cuando volvió a tener el pasaporte en la mano, pensó que se había librado con bien y no se atrevió a hacer más preguntas.

En el tren se acercó a una señora española, más o menos de su edad, que fue mucho menos simpática que la policía, lo justo para deshacer el malentendido. El San Sebastián que estaba a media hora de la plaza de Castilla no era el del País Vasco, sino otro que se apellidaba de los Reyes. Cuando doña Susana le preguntó cómo podría llegar al primero, la señora se encogió de hombros. En autobús, en tren, usted verá…

Sin equipaje que recoger, la señora Armijo vagó durante horas por los pasillos de la T4. Tenía que pedir ayuda, pero no sabía por dónde empezar. A ratos se sentía animada, confiada en sus fuerzas, porque había llegado a Madrid desde Managua, sin haber montado nunca en avión y sin un céntimo, pero enseguida se venía abajo, porque todo le parecía muy grande y ella demasiado pequeña, una figura de escala diminuta en una realidad nueva, gigantesca. Entonces se sentaba un rato, se animaba de nuevo, volvía a ponerse en pie y buscaba a alguien con pinta de buena persona. Los mejores que encontró eran quienes menos lo parecían.

Cuando un hombre bien vestido no sólo le dijo que no podía ayudarla, sino que se alejó mascullando que a quién se le ocurría viajar en esas condiciones, escuchó a su espalda una voz joven, de mujer. Gilipollas…, dijo la voz que un instante después se dirigió a ella. ¿Qué le pasa, señora? Doña Susana giró la cabeza muy despacio y se encontró con lo que en Nicaragua habría definido como una pareja de mendigos.

Él era tirando a rubio y llevaba el pelo muy largo, unos mechones raros, como retorcidos, recogidos en una coleta, y una extraña barba del siglo XIX. Ella llevaba el pelo teñido de verde, los brazos repletos de tatuajes bajo las mangas de una camiseta ceñida. En Managua les habría dado limosna, en Barajas les contó la verdad y descubrió con asombro que los dos estaban muy bien educados. ¿Tiene usted dinero?, le preguntó él, y negó con la cabeza. ¿Y tarjeta de crédito?, la chica obtuvo el mismo resultado. Entonces hablaron entre ellos y decidieron que lo mejor sería que fuera a su embajada. Sacaron sus teléfonos, empezaron a teclear y apuntaron en un papel una dirección y una estación de metro. Pero ahora estará cerrada, claro, dijo ella, ¿y dónde va a dormir? ¿Conoce usted a alguien en Madrid?

Doña Susana no conocía a nadie en Madrid, pero no dijo que no. Tampoco que sí. Sólo preguntó a sus benefactores si iban a la universidad. Los dos afirmaron con la cabeza y no comprendieron por qué los ojos de aquella señora nicaragüense, tan mayor, tan bajita, se llenaban de lágrimas. A mí me habría gustado que mi Misael fuera a la universidad, les dijo al rato, después de que le trajeran una botella de agua y un donut. Por si tiene hambre, le dijeron antes de despedirse. Cada uno de ellos le dio dos besos, ella además un billete de cinco euros, él un bonometro en el que quedaban tres viajes. No tenemos más, se disculparon, y ella les bendijo antes de dejarles marchar.

Se bebió el agua, se comió el donut y siguió vagando por el aeropuerto, pensando que el siguiente sería otro día. Hasta que, al filo de las 12, se sentó en aquella silla y se quedó dormida. Cuando despertó, a las tres de la mañana, otra extraña pareja la miraba. Estos eran mayores e iban aparentemente bien vestidos. Estaban limpios, no olían mal, pero los zapatos de la mujer parecían tan deformados por el uso como el cuello roído de la camisa del hombre, y ambos tenían bolsas bajo los ojos, como si hiciera mucho tiempo que no dormían en una cama.

Doña Susana Armijo tuvo la intuición de que ellos sí eran mendigos, y acertó.

Acababa de contactar, sin pretenderlo, con la comunidad de indigentes que vive en la T4 del aeropuerto de Barajas.

(Continúa Jorge Franco.)

Epifanio era colombiano y ella, María Rosa, salvadoreña, cosa que alegró inmensamente a doña Susana. Gracias a Dios encuentro gente como yo, les dijo, que no habla tan rápido y con esas eses tan raras. En un par de minutos los puso al tanto de su situación y, mientras hablaba, Epifanio y María Rosa se miraban, como si ya conocieran la historia que ella les estaba contando. Volvieron a mirarse, ya con otro gesto, cuando doña Susana recalcó que apenas tenía cinco euros que le habían regalado dos almas caritativas. Epifanio fue claro: una cosa es no saber adónde ir si se tiene dinero y otra muy distinta si no se tiene. Como todo en la vida, complementó María Rosa. También les mostró la dirección de la embajada que le habían anotado los mismos que le dieron la plata. Epifanio miró el papel y dijo, esa es una posibilidad que podría funcionar si mañana, es decir hoy, no fuera sábado. ¿Ya es sábado?, preguntó desconcertada doña Susana. La pareja asintió y doña Susana dijo, Dios bendito, pero si yo salí un jueves, ¿qué pasó entonces con el viernes?

María Rosa le susurró algo a Epifanio junto a la oreja y él miró el reloj en su muñeca. Ajá, masculló y le preguntó a Susana, ¿ha comido algo? Lo que me dieron en el avión, respondió la señora y añadió, la verdad es que tengo más angustia que hambre. Venga con nosotros, le dijo Epifanio, justo ahora estamos recogiendo lo del desayuno y además el comité podría ayudarla a resolver su lío. Eso sí, aclaró María Rosa, nada de esto a las autoridades, ¿eh? Doña Susana enarcó las cejas y sacudió la cabeza como un pajarito asustado. ¿De qué le estaban hablando? ¿Comité? ¿Autoridades? Epifanio le extendió la mano y le insistió, venga, apúrese, vamos retrasados. Doña Susana los siguió no tanto por gusto sino porque no tenía otra opción.

Caminaron por pasillos en los que se cruzaron con algún pasajero adormilado o con jóvenes que dormían recostados en los morrales mientras les llegaba el momento de tomar su vuelo. En el trayecto, Epifanio le explicó a doña Susana que a esa hora las tiendas de comida del aeropuerto comenzaban a recibir los alimentos frescos y tiraban los del día anterior, por eso tenían que darse prisa para recuperar la comida antes de que la echaran en las canecas de basura. Pero, ¿ustedes trabajan aquí?, preguntó doña Susana, que no había entendido muy bien la explicación de Epifanio. Vivimos aquí, le dijo María Rosa. Ella y yo somos de la comisión de alimentos, dijo Epifanio y doña Susana entendió menos. ¿Comisión? Cada cosa que decían le parecía más extraña. Sin embargo, silenciosa y resignada, los siguió hasta cada restaurante, cafetería o puesto de comidas donde ya los conocían y les iban llenando las bolsas con los alimentos sobrantes.

Cargados de quesos, panes, tortas, jamones, verduras y hasta con filetes de pescados y carnes, ingresaron a las desconocidas entrañas de la T4. Doña Susana los siguió aferrada a la camisa de María Rosa, con miedo de quedarse atrás, de perderse, de que se la tragase ese monstruo de pasillos, escaleras y puertas. ¿Para dónde vamos?, les preguntó varias veces, las mismas que le hicieron una señal con el dedo en la boca para que hablara bajito. En un par de ocasiones se cruzaron con otras personas que vestían uniformes de alguna cosa. Doña Susana se quedaba sin aliento, creía que eran autoridades españolas que venían a detenerlos, o tal vez era el permanente miedo a los uniformes que le quedó desde niña, allá en su Nicaragua natal. Sin embargo, con la gente que se cruzaron no intercambiaron saludos ni palabras, y María Rosa y Epifanio avanzaron muy orondos como si fueran funcionarios del aeropuerto.

En algún punto se detuvieron frente a una puerta grande y sólida. Epifanio dejó las bolsas en el suelo y golpeó con los nudillos como siguiendo el ritmo de una canción. Les abrió una mujer oriental con el pelo canoso y revuelto. Room service, le dijo Epifanio y soltó una carcajada que estalló en el interior de la bodega a la que entraron con los alimentos. La mujer oriental miró a doña Susana con curiosidad y le preguntó a María Rosa, ¿otra más?, pero María Rosa no le respondió.

La bodega estaba en penumbra aunque tal vez por el olor a comida, o porque seguían una rutina y ya era hora de levantarse, las luces blancas del techo comenzaron a encenderse, una a una, hasta que doña Susana pudo ver las camas improvisadas, los bultos que se removían bajo las mantas, las caras adormiladas de los que todavía no se acostumbraban a la luz. Ella intentó calcular cuántos eran, si quince, si más de veinte, tal vez una treintena. La mujer oriental se alejó con las bolsas, acompañada de otras dos, más jóvenes que ella pero también orientales. Liang es la encargada de la cocina, le dijo María Rosa a doña Susana. ¿Cocina?, ¿ahí?, se preguntó doña Susana mientras más gente, de distintas edades y razas, iba saliendo desde otros rincones.

Perpleja y con ganas de devolverse a la sala de pasajeros, poco a poco doña Susana fue comprendiendo que los que estaban ahí no habían logrado llegar a su destino. La invadió el terror. Temió que ella no pudiera regresar a Somoto con el cuerpo de su hijo o que ni siquiera lograra salir de esa bodega. Y temió más cuando Epifanio le dijo, espere aquí, póngase cómoda, voy a avisarle a Roca.

(Cierra Marta Sanz.)

En el barrio de El Erial de Somoto todo el mundo se preguntaba que habría sido de doña Susana. Se lo preguntaba su hermana Clarisa y se lo preguntaban todos los vecinos que, en su día, haciendo un gran esfuerzo, con mucha compasión y buena voluntad, habían depositado sus billetitos de córdoba por la rendija de las alcancías. Lo cierto es que se sentían un poco estafados e incluso habían llegado a pensar, sin querer decirlo en alto, que la esperanza no merecía la pena. Qué pájaros les volarían por la cabeza cuando entregaron sus migajas y sus ahorros para financiar el loco periplo de doña Susana. Bien en el fondo de sus corazones, en la parte que tira hacia el color negruzco, los vecinos creían que no era conveniente invertir en historias sin finales felices. Por eso, los amantes del fútbol, pese a estar en Somoto y ser más nicaragüenses que Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, se hacían hinchas del Real Madrid o del Barcelona. Del River o del Manchester United como poco. Nadie quiere malgastar la ilusión ni pertenecer eternamente al bando de los perdedores. Algunos vecinos, los más indignados, los que habían pasado del negruzco al negro ébano en las entretelas de su corazón, ya hasta le daban la espalda a Clarisa cuando se la encontraban por la calle.

—¿Bernardo?

Bernardo, como muchos otros, se hacía el despistado y rumiaba, entre dientes y cargado de razón, que se dan unas monedas para que un niñito se cure o para que alguien arregle el techo de su casa, pero si el niñito se muere, el techo se derrumba o doña Susana desaparece sin dejar huella, a uno se le queda una sensación de fracaso que le hace peor persona. Para qué se va uno a esforzar si todo acaba en drama, si los córdobas se esfumaron por la rendijita de la alcancía. Y eso sin pensar mal. A Bernardo a veces se le venían a la mente imágenes de la doña Susana esfumada y de la sosa de Clarisa montando una sociedad financiera; sin embargo, la imagen se le borraba pronto porque ni la recaudación había sido para tanto ni las hermanas Armijo tenían cabeza para infraestructuras empresariales.

No es que los vecinos aspirasen a que, por arte de magia, sus córdobas volvieran a meterse dentro de sus bolsillos, pero al menos querían rentabilizar un poco sus acciones bondadosas para seguir creyendo en el cielo, san Pancracio y la santa Madre de Dios. Ahora se veían a sí mismos como a unos tiernos infantes, con sus dientecitos de leche aún prendidos a la encía, que habían estudiado mucho para un examen que, no se sabe por qué misteriosos designios del infierno, por qué asquerosos y maléficos azares, después suspenden. En esas condiciones y con esas pesadillas, a cualquiera se le quitan las ganas de ayudar. Así que a muchos y a muchas, cuando se cruzaban con Clarisa Armijo por el barrio y ésta seguía sin darles buenas nuevas, les ardía la cara como si la mujer les hubiera dado un bofetón. La miraban mal porque estaban hastiados de pena y necesitaban recompensas y premios para sus impulsos de buenos samaritanos. Motivos para dejar de fumar. Inmediatos efectos benéficos en la salud. No toser por las mañanas. “Refuerzos positivos”, que decía la maestra del Erial a los papás de sus alumnos cuando iban a las reuniones escolares. La maestra era una docente modernísima que ratificaba la idea de que, si no había premio, costaba mucho que los nenes aprendiesen que la eme con la a es ma o el modo de resolver los logaritmos neperianos “o naturales”, añadía la maestra que era muy versada en letras, pero también en ciencias. Los papás y las mamás iban un poco más lejos y se preguntaban “Para qué ser buenos si a los buenos todo les sale malo”.

Al volver a casa, después de hacer la compra, Clarisa tenía que desclavarse de la espalda cientos de cuchillos metafóricos. Las miradas aviesas como aguijones y las preguntas con segundas, deslenguadas y biliosas:

—¿Y a la doña Susanita qué? ¿También la pilló un tren?

Por un tiempo, nadie le dio noticias de doña Susana, y Clarisa, una mujercita con pocos recursos y poca imaginación, como su hermana antes de emprender su vuelo a España, porque la pobreza aviva el ingenio, pero también desorienta y es una carga demasiado pesada para algunos hombros, por todas estas cosas, Clarisa no sabía a quién dirigirse para que le diera razón del paradero de Susana. A veces se le oía un murmullo que en realidad era un rezo:

—Ojalá mi hermanita haya tropezado con gente buena. Dios lo quiera. 

A través del párroco de la comunidad, que se ofreció a hacer algunas llamadas telefónicas, Clarisa supo con certeza que Susana Armijo Ramírez, de nacionalidad nicaragüense, había entrado en territorio español el día y la hora fijados. Ahí se perdía la huella del pie pequeño y regordete de Susana que no había llegado a inscribirse en ninguna pensión de San Sebastián ni se había puesto en contacto con las autoridades para reclamar el cadáver de su hijo Misael. Para Clarisa, a Susana se la había tragado la tierra, aunque en realidad se la hubiera tragado una ranura de ventilación del aeropuerto. Clarisa penaba:

—A mi Susana me la han secuestrado.

Las vecinas más caritativas intentaban poner algo de sensatez en la pesarosa imaginación televisiva de Clarisa Armijo. Nadie podía suponer que la imaginación televisiva de la pequeña Armijo se había quedado tan corta. Clemen, a quien el nombre le cuadraba regular, tenía ascendencia gallega, exhibía un gran sentido práctico y se jactaba de conocer bien el valor de las cosas.

—¿Y para qué iban a querer a tu hermana, Clarisa? ¿Para relleno de empanadas? ¿Para hacer jabones? Mira que se te ocurren a ti unas boberías…

—Ay, Clemen, no me digas esas cosas.

—¿A ver qué quieres tú que yo te diga? ¿Pero cuánto iban a pedir por tu hermana? ¿Se han puesto en contacto contigo los secuestradores? No, ¿verdad? ¡Entonces ni secuestro ni Cristo que lo fundó!

Clarisa no entendió a Clemen que últimamente también estaba más irascible con ella que de costumbre. Como si la debiera y no le pagara. Las palabras de Clemen a Clarisa le sonaron blasfemas, pero decidió fingir que no las había oído.

—A lo mejor la tienen de esclava en alguna parte…

—Mira, Clarisa, tú mejor que nadie tendrías que saber que las malas noticias vuelan. Si no, acuérdate de lo que tardó Susana en enterarse de que a Misael lo había atropellado un tren en San Sebastián.

—Ese es otro gran misterio.

Clarisa miró hacia el cielo que no la respondió; sin embargo, Clemen no cerró la boca:

—Las buenas, las buenas noticias son las que no llegan nunca. Seguro que Susana está viviendo como una reina. Y ahora, échale un galgo… —barruntaba Clemen, contagiada por el perverso ambiente vecinal—.

—Ay, Clemen, que no, que mi hermana es una santa, una pobre mujer y a nosotras nos miró un tuerto.

—Ni tuerto ni nada. Y, por cierto, nunca quise decírtelo a las claras, pero hoy te lo digo: lo que debía de llevar el Misael, cuando el tren se lo llevó por delante, era una tajada como un piano.

Pero hasta las conversaciones con Clemen se acabaron y no porque la gallega decidiese darse un puntito en la boca, sino porque de manera imprevista Clarisa había dejado de hablar. Había dejado de pronunciar el nombre de Susana Armijo. La mudez llegó después de recibir una carta procedente de Madrid. El remitente era Avelino Roca. Y acababa con una frase lapidaria: “El hombre es un lobo para el hombre. Y para la mujer, también”.

Antes de leer aquellas últimas palabras, Clarisa casi no podía dar crédito a lo que se aparecía delante de sus ojos en forma de letras, sílabas y frases muy floridas. Aun así, hizo de tripas corazón y acabó la lectura de la carta que no era demasiado extensa y venía a decir que Avelino Roca, intendente de la comunidad subterránea de la Terminal 4 del Aeropuerto de Madrid, se ponía al aparato bajo nombre supuesto —por supuesto— para comunicar a doña Clarisa Armijo el fallecimiento de su hermana Susana que no había sabido digerir la bondad de sus nuevos anfitriones, los solícitos habitantes de los intersticios secretos de la T4. Al verse allí metida, se había puesto como una histérica y le había arreado un soponcio que la condujo a un desmayo comatoso del que no pudo rescatarla ni el buen de Epifanio que, además de ser el responsable de la comisión de alimentos, una vez fue doctor allá en Colombia. Pero ya se sabe los tiempos que corren, comentaba Avelino Roca, los ingenieros son reponedores de supermercado y pocas almas culminan su destino porque los tiempos vienen muy mal dados en lo económico y social, y no quedan muchos lugares donde caerse muerto, si Clarisa le permite la expresión dadas las circunstancias. Afortunadamente ellos habían podido fundar una comunidad que se preciaba de ser sobre todo humanitaria, hospitalaria y filantrópica en este mundo de lobos y lobatos. Ahí encontró Clarisa la conexión con la misteriosa frase lapidaria que remataba la epístola. Avelino aseguraba que hicieron por Susana todo lo que pudieron: le dieron tecitos del Starbucks —no posos, no restos: tés sin estrenar, pagados de su propio bolsillo—; comida macrobiótica y nutriente, expurgada y seleccionada por la mismísima Liang, virtuosa y asiática encargada de cocina; y tartar de salmón —ese sí un poquito pasado— de la tienda de delicatesen… Pero Susana, cada vez que abría los ojos, los volvía a cerrar entre ayes y lamentos, e imprecaciones a Dios y a la Virgen Santísima que, al principio, no le entendían bien porque, después del primer arrechucho, a Susana se le había quedado la lengua de trapo. Hasta que en uno de esos que me muero o que no me muero se había quedado efectivamente en el sitio, no sin antes darles la dirección de su hermana Clarisa para que pusieran en su conocimiento su destino aciago. El señor Roca resaltaba que la verdad es que doña Susana le pareció un poquito desagradecida, que él nunca se había comido a nadie, aunque ganas le entraban a veces, y que confiaba en la discreción de Clarisa de quien esperaba que no delatase a un grupo de buenísimas personas que habían sido el consuelo y el sostén de su hermana en sus últimos momentos. También informaba a la pariente de Susana Armijo de que no debía preocuparse por el cadáver. La propia Susana, que no había sido muy lenguaraz al principio por la sorpresa, después por la timidez, luego por el espanto y la enfermedad, había tenido tiempo suficiente para dar cuenta de las razones que le habían llevado a acabar metida en una tubería de la T4. Por todo ello, Avelino se hacía cargo de que las repatriaciones eran carísimas y la comunidad subterránea se había desecho del cadáver de doña Susanita —después de tres meses de estar desmayándose y despertándose le habían cogido mucho cariño a la vieja— tan higiénica como cristianamente. En este sentido, Avelino Roca no proporcionaba más detalles y, sin otro particular, se despedía de la señorita Armijo atentamente, bla, bla, bla… En una posdata detallaba el número de un apartado de correos por si Clarisa quería hacer una donación para corresponder a los cuidados de su amada hermana y colaborar con la supervivencia de la filantrópica comunidad subterránea de la T4 que tanto y tan acreditado bien llevaba haciendo, desde tiempos no tan inmemoriales, a las almas perdidas y desorientadas en los pasillos de la terminal y en este mundo de fieras.

Clarisa volvió a meter dentro del abultado sobre el papel con el relato de las vicisitudes subterráneas de Susana Armijo en las tripas de dinosaurio de la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Posiblemente le prendería fuego. “A ver cómo se lo cuento a los vecinos”, era el pensamiento que le martilleaba en las sienes y le secaba la boca. En un instante tomó una decisión: les diría a sus vecinos de El Erial que Susana le había escrito. Que todo le había ido muy bien. Que se había quedado a vivir en San Sebastián porque allí había dado santa sepultura a Misael y allí había conseguido un trabajo, bien cómodo, para cuidar a unos niños encantadores en una familia estupenda. Sí, tenía que subrayar “encantadores” y “estupenda”. Ahora doña Susana no quería apartarse del lado de su hijo, cuya muerte seguía siendo un gran misterio, y se quedaba con su penita en San Sebastián, comiendo buen pescado y llevando flores al cementerio los fines de semana. Susana pedía encarecidamente a Clarisa que les transmitiera su inmensa gratitud a todos, que sin ellos nunca lo habría logrado y que era muy feliz. Así por lo menos una comunidad filantrópica se quedaría medio contenta, porque a Avelino Roca y a sus huestes internacionales no les iba a mandar ni un centavo. Y que los huesos de Susana la perdonaran. Seguro que ya habían sido reciclados para un buen caldo o para un coctel de recepción.

*Sergio Ramírez es escritor. Su último libro es Sara (Alfaguara, 2015).

*Almudena Grandes es escritora. Su última novela es Los pacientes del doctor García (Tusquets, 2017).

*Jorge Franco es escritor. Su último libro, El mundo de afuera (Alfaguara, 2014).

*Marta Sanz es escritora. Su último libro es
Clavícula (Anagrama, 2017). 

 
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