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Los libros

Inter-exilio

  • Testigos de la utopía, de Julio César Galán, es un libro necesario en estos tiempos en que la poesía se ha vuelto un asunto de mercadotecnia
  • El ser se encuentra aquí en un perpetuo exilio que recuerda el verso de Francesco Petrarca: "En todas partes soy un peregrino"

Publicada 06/10/2017 a las 06:00 Actualizada 06/10/2017 a las 12:50    
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Testigos de la utopía
Julio César Galán

Pre-Textos
Valencia

2017
  Testigos de la utopía, de Julio César Galán (Cáceres, 1978), es un libro sorprendente y necesario en estos tiempos en que la poesía se ha vuelto un asunto de mercadotecnia para lenguajes vueltos cliché, emociones trilladas, experiencias sentimentales ya transitadas y poesía clónica. La poética liminar de Testigos de la utopía destaca como una de las aventuras más recomendables de los últimos tiempos para lectores avisados y buscadores de formulaciones interesantes y atractivas, para los que no se conforman con lo que nos dicen que debemos sentir y están a la expectativa de lo que se está haciendo, innovando y creando —al margen de cualquier prurito de originalidad— como ebullición, como manantial que brota. Experiencia liminar pero también —sobre todo, y por tanto— experiencia textual, ya que el texto se erige como la base sígnica de la propuesta ultracreacionista de Julio César Galán. «escucho que alguien abre el buzón: / 1. se abren las aduanas de los sentidos / 2. abro el libro del mar y veo la espuma que no existe / 3. pero existe el blanco» (del «Libro VII», p. 20).

El resultado se resuelve en una explosión compositiva que va y viene, salta y rebota, se acerca y se aleja, y sucesiva y continuamente nos provoca y estimula con materiales de deshecho y de cuño propio múltiples, guiños y venas líricas, que en todo momento se acompasan y se amoldan a una especie de recital lúdico —habría que subrayar el humor de muchos fragmentos y soluciones diegéticas— donde los versos adquieren entidad, usando separaciones más remarcadas de lo habitual, incisivos hipérbatos, repeticiones (muchas repeticiones rítmicas como fuegos artificiales), multipalabras y cesuras simbólicas, cargadas de significado. «Enuncias, te corriges sobre la marcha, y nos ofreces todo el tiempo la experiencia completa, llena de tachaduras, de matices, de espacios en blanco, de tanteos.» (p. 83). Las tachaduras, por ejemplo, mostrarán el laboratorio del poeta, las indecisiones, como en «Libro XIII» (p. 30): «(Poema excluido, pendiente de reescritura)» (ibíd.), apareciendo todo tachado.

Con el ser heideggeriano en el centro, ese que busca el lenguaje como el pastor de palabras: «todo te ama: le sale la luz del corazón / y sin embargo estos versos quieren / afirmarse en sí mismos / no quieren salir / fuera / quieren ser / lo que somos / lo que siempre seremos» (de «Octavo testigo», p. 47). O: «cómo va afectarnos / la era del no-lugar / siempre: ahora: aquí / cuando el verano es» (de «Noveno testigo», p. 49). Una preocupación que tiene el resorte social en el eje, como —por ejemplo— cuando se habla de la Primavera Árabe, de las oleadas de protestas que conmocionaron al mundo, para desembocar en las dudas de hacia dónde se dirige la humanidad: «la Primavera Árabe se quemó en su propia mano ¿utopía? Fuimos testigos de la utopía El Cairo ardiendo» (de «Figura 3», p. 62). Esta preocupación social aparecerá matizando también diferentes fragmentos, añadiendo un plus testimonial a considerar en el corpus temático. Y la virtualidad de ese ser estará muy presente, ya sea como sueño: «hemos vuelto de un sueño / que apenas recordamos» (de «Sexto testigo», p. 43), o «¿fue un sueño Argel Cartago Trípoli?» (de «Figura 5», p. 65); o en las referencias a Internet y las redes que aparecen por doquier, dotando al sedimento interpretativo de un repliegue semántico. El ser, por lo demás, se encuentra en perpetuo exilio, o más definido, en un «inter-exilio» (de «Figura 3», p. 61), que recuerda el verso de Francesco Petrarca «En todas partes soy un peregrino» (ibíd.), y al mismo tiempo invierte la relación «marcharse: regresar» para actualizarla o resignificarla: «y regresar: marcharse» (ibíd.). Así, en otro pasaje, concluye: «reconoce que te has desviado / y gira» (de «Segundo testigo», p. 36). Un sujeto líquido, que argumentaría Bauman, dispuesto a todo por conseguir su propósito. En el fondo, vuelve el tema de la identidad —nómada, antiesencialista— como nuclear de una realidad cambiante, que no es sino el texto, el cual posee un correlato en el sujeto, como no podía ser menos, y que se objetiva en «El azar, único sino definitivo» (en nota a pie de página de «Figura 7», p. 68) ), con lo que asistiríamos a una lectura que confluiría hacia un panorama totalmente abierto.

Nada más, por ahora, y nada menos, puesto que Testigos de la utopía es un poemario muy recomendable que no podíamos dejar de señalar entre nuestras lecturas preferidas. Gracias a Julio César Galán por este reto y este libro extraordinario.
 

Libro XI

El desierto y el mar
se parecen tantísimo
pero el mar lo contemplan muchos
y al desierto lo otean pocos

acudir a tu propio encuentro
es difícil:
cada camino encierra una memoria
y en Béni Abbès se han esfumado
los horizontes
y el mundo es libre:
los ángeles de los vestidos
ondean su alegría en los senderos

y oigo cómo esa ruina
se descifra en la arena

aquí el cielo sólo es el cielo
y las casa de adobe
están agujereadas
por el rojo aire silencioso:
la brisa es la O
¡el desierto y el mar
se parecen tantísimo!


*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Lecturas de oro. ‘Un panorama de la poesía española’ (Bartleby, 2014). 
 
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