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El rincón de los lectores

La vida en los límites

  • Piedad Bonnett ha encontrado en los poemas eso que hacía la poesía antes del libro: darle a los hombres y mujeres el estímulo para rodear una ausencia
  • Cuando mueren los hijos no hay una palabra que pueda nombrar la condición de los padres. No hay nada que pueda poner límites verbales a su dolor

Santiago Espinosa Publicada 20/10/2017 a las 06:00 Actualizada 19/10/2017 a las 18:00    
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Este texto fue leído en Bogotá, en la presentación de Los habitados de Piedad Bonnett (Visor, 2017), XIX Premio de Poesía Generación del 27.
___________________

  No es fácil escribir sobre una casa que se mueve. Muy pocos podrían verlo con los ojos abiertos, sabiendo que los muros se derrumban. En estos casos –el lenguaje es también una morada— parece que las palabras se rompieran. Que entre ellas y nosotros se abrieran grietas irreversibles, obligándonos al grito o al silencio. Siguiendo con esta metáfora de la casa, donde Piedad Bonnett ha encontrado algunos de sus poemas definitivos, es apenas natural que hoy comprendamos este libro como el lúcido y doloroso desenlace de un movimiento anterior. Entramos en sus habitaciones y escuchamos el eco, como en una mudanza. Poema tras poema recogemos los despojos. No es fácil escribir sobre estas cosas. Se debe encontrar otro lenguaje para merecerlo. Para aquellos que miran la caída y siguen como pueden sobre los bordes de una vida, quedan muy pocas palabras para sostenerse.

Con Los habitados, el libro que hoy nos reúne y tengo la inmensa responsabilidad de presentar ante ustedes, Piedad Bonnett ha encontrado en los poemas eso que hacía la poesía antes del libro y de nosotros: darle a los hombres y mujeres el estímulo para rodear una ausencia. En la primera parte, que lleva el mismo título del libro, “Los habitados”, los poemas nos conducen por las aguas oscurísimas de los que viven el desasosiego en carne propia, como un diario del vértigo:
 

RAMERA



De noche copulamos con la noche.
No le vemos el rostro,
pero oímos que gime,
que cruje como un camastro frágil,
que llora quedamente
sin entender su oscuridad de pozo
ni por qué están tan lejos las estrellas.


Muchos de estos poemas hacen volar la inteligencia. Solo la poesía podría agrupar estos fragmentos, como el que mira las estrellas distantes pero encuentra en ellas una secreta constelación. En silencio, más cerca de lo que hubiéramos soportado, sentimos el dolor de los que ahora se deslizan en el túnel de la desesperación.

Nunca había escrito Piedad desde una cercanía tan radical. Parece que entre los poemas y su voz no hubiera espacio para la razón o la ironía, solo podemos deslizarnos lentamente, confundiendo el afuera y el adentro. En los poemas de Los habitados el ruido de la lluvia es el mismo del corazón. Sin embargo, en la densidad de estas atmósferas, entendemos que en los ojos de los habitados se esconde las luz del que ha mirado los abismos. Y comprendemos por ellos que esta materia atormentada también fue el resultado de una estrella, que en ellos grita y se conmueve nuestra propia fragilidad.

Porque son ellos, los habitados, “a los que mira Dios desde su altura”, nos dice Piedad. Y es verdad que muchos de nuestros libros y sinfonías, de nuestros cuadros o poemas, no hubieran sido posibles sin esta extraña y a veces subversiva lucidez. Van Gogh, Schuman, Virginia Woolf, José Asunción Silva o Paul Celan, mucho de aquello que llamamos la cultura, es en verdad el trabajo de los habitados. Hombres o mujeres que aún rodeados de voces, encontraron su luz entre la oscuridad. El cielo es un invento de los habitados:
 

MAGNOLIO

Ayer nos llevaron a sembrar árboles.
Cada uno sembró el suyo.
A mí me tocó el árbol más viejo de la tierra,
del tiempo de los grandes marsupiales.
Con la pala abrí un hoyo
para que diera albergue a sus raíces.
Era un hoyo magnífico, de tierra húmeda y negra.
Puse mi mano adentro, sentí aquella caricia,
su avidez de silencio, su corazón de lluvia.
Y allí me quedé viendo largo rato
el duelo de la vida con la muerte.


Piedad Bonnett, como lo he dicho en otra parte, tiene la rara cualidad de acariciar la tristeza. Con cuanta delicadeza nos habla de los perdidos y los solos. Con cuánta ternura rodea en el poema lo que más nos lastima. Alguien tenía que asomarse por nosotros a esta rara alquimia. Mirar en el poema lo que muchos no hubiéramos querido vivir, pero que ha dado a esta voz una sabiduría distinta, la sabiduría del que ha mirado los reversos del dolor: Este libro nos conmueve porque aún en el vacío de las respuestas resiste un corazón “Lo clave es sostenerse en este punto vivo”, nos dice. Porque alguien pudo mirar lo que se marcha sin renunciar a la memoria o perderse en el intento.

En Lo que no tiene nombre —aquella narración que estamos muy lejos de merecer—, Piedad nos ha recordado que cuando mueren los padres hay una palabra muy antigua para los hijos que los sobreviven. “Huérfanos” los llamamos, que viene del griego “or-phanos”, “sin padres”. Pero cuando mueren los hijos no hay una palabra que pueda nombrar la condición de los padres. No hay nada que pueda poner límites verbales a su dolor. En este libro —el reverso vital de Lo que no tiene nombre, su historia íntima o secreta—, el resultado de aquella carencia expresiva se desplaza del sujeto hacia el mundo. Y por un momento entendemos que en esas circunstancias toda la tierra es un planeta huérfano. Es verdad que los habitados hablan distintos idiomas, pero el vacío que dejan es siempre uno y el mismo.

Para la segunda parte del libro, “Noticias de casa”, la poeta hace un recorrido por todas las formas de la ausencia. La madre que llega a la habitación del hijo, con la maleta vacía, recoge los cuadernos donde puede “adivinar que hubo una mano”. En otro poema trata de imaginar como fue el “Último instante”, quién pudo ver lo que ella no vio, y sin embargo solo a ella “pertenece”. Afirman los estudiosos que la palabra libertad se entendía en persa como el retorno a la madre. Ahora nos dice Piedad al otro lado de aquel vuelo: “De otro modo/me hubieras tú buscado. /De otro modo/habría yo querido recibirte...”.

Uno de los rasgos más verdaderos y conmovedores de este libro, de por si tan verdadero y conmovedor, es que nos muestra la lucha silenciosa de dos tiempos. El tiempo progresivo en que vivimos nosotros, tan cómplice del olvido o la indiferencia, y el otro, el de quienes viven la pérdida, girando en espirales a través de las rutinas de una casa. Afuera el sol calienta los cuerpos y los parques, adentro permanecen las sombras. Afuera las familias hacen planes. Pero en la habitación de las Penélopes todos los viernes regresa Telémaco, después de un viaje imposible. “La vida sigue”, les dicen, sin percatarse de la crueldad que esconde esta frase. Sin pensar que la fecha recordada abre en los calendarios un agujero.

Estos poemas logran quemar el negativo de la memoria, supongo que para siempre. Una vez los leemos sus imágenes nos rondan por días y semanas. Pienso ahora en “Cocina” o “Último instante”, en “Viernes”, o en el poema que da título a esta segunda parte del libro, “Noticias de casa”. No recuerdo muchos poemas, al menos en la escritura reciente, que nos muestren con tanta verdad como la ausencia se desliza en los asuntos cotidianos. Pienso en los poemas de Donald Hall o en Joan Margarit, pero no en muchos más. En Juan Gelman, por ejemplo, la pérdida enfantasma las palabras, como un destierro de lo cotidiano, porque no es fácil permanecer con los ojos abiertos. Hablar como se le habla a una silla vacía.

Desde una dolorosa paradoja, estos poemas sorprendieron a Piedad cuando su poesía estaba encontrando una serenidad reflexiva. Nunca pasividad, no, solo una distancia nueva. Pero su pacto con la escritura es mucho más necesario y arriesgado, su compromiso con la poesía es el de alguien que ha escrito sus libros con todo el cuerpo. Ahora es cuando la poeta nos muestra la vida que se debate en los límites, no la de quienes duermen o esperan en su casa por las malas noticias, no, la propia vida es la que camina. Para merecer unas palabras que nombraran lo innombrable, para aprender el “Arte de perder”, Piedad debió elegir el camino de la inmersión, escribiendo en el límite entre el silencio y la desgarradura. Incluso de la “total inmersión”, como nos dice Harold Bloom de Elizabeth Bishop, una poeta tan cercana a los afectos de Piedad y en particular a la Piedad de estos poemas.

Pienso ahora, después de haber leído Los habitados con una mezcla de conmoción y de gratitud, que existe entre las dos partes del libro una alianza íntima, que hace que cada cual pulse para su lado dejándonos abierta la pregunta. Uno quisiera entregarle estos poemas de Daniel a todo el que camine por un laberinto, poetas y estudiantes, miembros de una generación como la mía que desarmaron su casa para entregarse a una quimera. Decirles que la vida no es propiamente nuestra sino de aquellos que nos sobreviven, las madres y los sobrinos, las novias, que la poesía nos recuerda que no hay nada más hermoso que atravesar la oscuridad, que esperar al desenlace de mañana y de pasado mañana. Estos poemas les mostrarían a ellos, los que ahora tienen miedo, la magnitud de un agujero en la memoria de los otros. Mas de inmediato recordamos los poemas de la primera sección, que le dan título al libro, y comprendemos la lucha de los habitados. Comprendemos sus sombras y sus voces, su incomprendido heroísmo, que sin justificarlos por lo que hicieron o no hicieron, al menos nos cuestionan a todos nosotros. Nos cuestionan y nos despiertan. El premio de la Generación del 27 no solo es la confirmación de una obra auténtica, se de trata del premio para un libro necesario.

No es fácil escribir sobre una casa que se mueve, ver cómo las paredes se derrumban. Uno quisiera no tener que leer nunca lo que nadie hubiera querido vivir. Pero entonces recordamos que para esto se hizo la poesía, la verdadera poesía, para mostrarnos que los límites son otros. Hay poetas que cavan al interior de un corazón, buscándose, otros nos enseñan a mirar desde alegrías muy distintas. Pero a veces, cuando no hay más motivos y las voces no alcanzan, es la conversación con el poema lo único que la vida tiene para volver a comenzar.

*Santiago Espinosa es crítico literario y poeta. Su último libro, El movimiento de la tierra (Valparaíso, 2017). 
 
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