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En menos de 500 palabras: 'Partitura'

  • Aun siendo póstumo, este volumen de Gunnar Ekelöf puede servir al lector español como elocuente presentación de este importante poeta sueco
  • El libro constituye una especie de diálogo entre el poeta en pleno dominio de sus facultades y el hombre que ensaya su último grito agónico

José Manuel Benítez Ariza
Publicada el 27/10/2017 a las 06:00
Partitura
Gunnar Ekelöf
Edición bilingüe
Traducción de Francisco J. Uriz
Fundación Ortega Muñoz
Badajoz
2017
  De Gunnar Ekelöf (1907-1968) se suele decir que es el nombre más representativo de la poesía sueca del siglo XX. En efecto, los modos poéticos que adoptó este escritor severo e independiente, que gozó de pocas prebendas oficiales y tuvo problemas incluso para que el Estado sueco le permitiera simultanear la pensión de invalidez que cobró en sus últimos años, marcados por la enfermedad, y sus ingresos literarios, se ajustan cumplidamente a lo que cualquier estudiante mediano de literatura entendería que fueron los rasgos definitorios de la poesía del pasado siglo: herencia vanguardista y elevación retórica de la voz hasta sumir una especie de tono oracular, ahistórico, revestido de citas literarias prestigiosas. No en vano uno de sus modelos fue T. S. Eliot.

Desde esas premisas, Ekelöf construyó una voz propia, severa y trabajada, que mantuvo hasta prácticamente sus últimos días, marcados ya por la enfermedad. En los “poemas principalmente de 1965-1967” que ocupan la primera de las dos secciones en las que se divide Partitura, su primer libro póstumo, pueden apreciarse los rasgos anteriormente destacados: “Estoy en el jardín de Epicuro / Aquí florece el Laurel / Y los altos dioses / están infinitamente lejanos”. Escribe Ekelöf desde una especie de “tierra baldía” donde los referentes culturales apenas logran aportar sentido a un caos metafísico en el que apenas son discernibles ciertas señales de la afectividad humana más elemental: “Para mí es / esta dulce tierna / imagen lo importante / una mujer / mi hija, mi hermana / Mi madre (…) // Si yo hubiese tenido una madre así / me habría mostrado el camino a casa, nunca a Constantinopla / Ahora me muestran los camellos / dónde está ella”.

Pero quizá lo que impresiona de estos poemas póstumos, transcritos y compilados por la esposa del poeta, es el quiebro que revelan en la segunda de las dos partes de las que se compone. En ese bloque, “escrito y dictado durante la enfermedad”, el poeta renuncia al fondo críptico de su inspiración para entregarse casi sin rebozo a un desesperado diario de superviviente: “Poder vivir, es decir trabajar, tener el tiempo suficiente para volver a los esbozos, este es mi más profundo deseo”, reza el primero de los fragmentos compilados.  Y aunque aún hay lugar en estos precarios apuntes finales para la aparición de criaturas mitológicas (“Un macho cabrío con cabeza humana”) y para la geografía literaria (“Los álamos de Asia / jalonan los ríos”), es significativo que en este agónico último esfuerzo afloren hermosos poemas amorosos (“El momento supremo del amor”) o lacerantes reflexiones sobre el dolor (“¿Quién sabe Algo / sobre el Dolor? / Sólo el Dolor sabe / algo sobre Algo / que es el Dolor…”).  Como una especie de diálogo entre el poeta en pleno dominio de sus facultades y el hombre que ensaya su último grito agónico puede leerse este libro. Que, aun siendo póstumo, puede servir al lector español como elocuente presentación de este importante poeta sueco.

*Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros, Nosotros los de entonces (La Isla de Siltolá, 2015) y Efémera (Takara, 2016).

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