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Los libros

Las aventuras de un español dublinés

  • Ian Gibson inicia su relato recordando el primer viaje a un país del que desconocía todo y del que pronto comprendió que vivía en el silencio del miedo
  • El hispanista se siente heredero de los “curiosos impertinentes” que desde finales del siglo XVIII se han sentido fascinados por esta parte del mundo

María Bueno Martínez Publicada 03/11/2017 a las 06:00 Actualizada 02/11/2017 a las 19:03    
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Aventuras ibéricas. Recorrido, reflexiones e irreverencias
Ian Gibson

Ediciones B
Barcelona

2017
  En un caluroso mes de julio de 1957, Ian Gibson (Dublín, 1939) realizó su primer viaje a estas tierras. Ese calor fue una de las impresiones que han dejado huella en su historia personal, como nos narra en el prólogo a su último libro, Aventuras ibéricas: “Caía sobre Pancorbo, donde paramos media hora, un sol de justicia, un sol como jamás había conocido (…). Ancha es, desde luego, Castilla, y, durante la canícula, infernal y calcinada, como otras muchas regiones del país. Habituado como estaba al clima húmedo de Irlanda, donde nada más terminar de llover ya empieza otra vez, donde ni en pleno agosto es posible hacer planes de fin de semana porque el tiempo es siempre imprevisible, Castilla me atrajo poderosamente desde el primer instante por su calor veraniego inmisericorde, sus gigantescas cordilleras, tan hermosas al ir declinando la tarde, y lo descarnado de su suelo, que me imaginaba, con razón, brevemente mitigada en primavera por alfombras de flores multicolores” (p. 16).Y en un caluroso mes de julio granadino, sesenta años después, he terminado de leer este viaje de Gibson a nuestro pasado, a los diferentes presentes del hispanista a lo largo de los años transcurridos y una excursión a la utopía.

Llevada por la curiosidad he buscado alguna noticia sobre las temperaturas de ese mes de julio de hace sesenta años. Al buscar en Internet el dato, la primera página que he encontrado fue el artículo publicado el 14 de julio, en el periódico ABC, donde destacaban que “las altas temperaturas que se registran este verano han supuesto el insólito hecho de que la ciudad de Málaga haya visto elevarse en un entero el valor máximo absoluto termométrico registrado a lo largo de los primeros treinta años del presente siglo”. Este verano hemos superado ese máximo en diferentes ciudades.

Un viaje, el del hispanista, a un país del que desconocía todo y del que pronto comprendió que vivía en el silencio del miedo, como nos rememora en el prólogo y, especialmente, en el capítulo sexto, “Aquel año en Granada”,  donde nos traslada a su investigación para la biografía de Lorca. Y estas circunstancias siempre me recuerdan los versos de Eliot: “Oh alma mía, prepárate para la llegada del extranjero,/ prepárate para aquel que sabe hacer preguntas”.

A lo largo del libro vamos viajando del presente al pasado, del pasado al presente. Desde un presente, el del Museo Arqueológico restaurado –que, sin duda, merece ser visitado—, convertido en el centro desde el que iniciar los recorridos a las diferentes culturas que nos han convertido en “el país culturalmente más complicado de Occidente” (p. 334). Y así, por ejemplo, un capítulo está dedicado a la cultura ibérica, donde me ha descubierto la existencia de la escultura El beso, encontrada en Osuna (Sevilla) que se puede admirar en la sala 11 –a los que no la conozcáis os animo a buscar la imagen o ir a disfrutarla al Museo porque es bellísima— o la breve descripción de uno de los objetos que se conservan en el museo de Linares, una minúscula estatuilla de Harpócrates, el dios egipcio del silencio, que, como constata a lo largo del libro, ha dejado poca huella en nuestras costumbres.

Con breves pinceladas, asimismo, nos va describiendo algunas de sus rutinas: “Como sabe el lector, soy de los que abogan por disfrutar las riquezas artísticas y culturales que tenemos a mano, sin estar pensando siempre en aventurarse por territorios lejanos y novedosos. Así que, como vecino de Madrid, me intriga salir en busca de los vestigios arqueológicos de la comarca” (p. 114) y, así, nos ofrece la descripción de los vestigios de la Hispania romana en la Comunidad madrileña, apenas conocidos. Tengo un amigo madrileño que siempre me recuerda que Madrid no sabe aprovechar su riqueza cultural y patrimonial.

El epílogo del libro lo fecha Gibson el 5 de febrero de 2017. En esos pocos días del año nuevo ya se podía hacer balance del año Cervantes, que a lo largo de 2016 conmemoraba el cuarto centenario de la muerte del insigne literato, efeméride que enlazaba con la celebración del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote durante todo el año anterior. No nos extraña que dedique uno de los capítulos a Cervantes y a su obra cumbre y que el último apartado del mismo lleve como título “¿Celebrando a Cervantes?”, y que su conclusión sea que ha faltado coordinación para que los resultados hubieran estado a la altura de tal conmemoración. No falta en las páginas de “En torno al Quijote” su apuesta por ese lugar de la Mancha, o un acercamiento al episodio del moro Ricote, al que se suele recurrir en los estudios que se acercan a los exiliados republicanos. O la historia de Marcela, que con sus razonamientos, “se anticipa en siglos a los de las feministas” (p. 212).

El poco entusiasmo en esta conmemoración, tal vez, haya que buscarlo en uno de nuestros rasgos negativos y es que “en España, según todas las estadísticas, se lee poquísimo… empezando con la novela más famosa del mundo, que irónicamente tiene que ver con la lectura” (p. 379). La base de esta falta de interés por la lectura está en una buena educación, que será el único camino para el cambio: “Para que sea cervantino el país, será necesario, en primer lugar, un gran y duradero pacto nacional sobre la educación, estén quienes estén en el poder. (…) Si España aspira a ser una gran nación, hay que empezar dando la máxima importancia a la educación, algo solo posible si se valora, en todo lo que se merece, la profesión pedagógica” (p. 379).

No puede faltar su propuesta, ya recurrente en Gibson, de una República Ibérica o, como la he denominado anteriormente, “una excursión a la utopía”: “Creo que apenas es necesario que vuelva a decir que esta península me parece un minicontinente fascinante, y que sueño, quizás ingenuamente, con el día en que, previo acuerdo con los portugueses, se metamorfosee en República Federal Ibérica” (p. 333). Dos países que deberían estar más conectados —habría que puntualizar que desde el lado español existe un mayor desconocimiento del territorio vecino—, y esta falta de conexión está simbolizada, para Gibson, en que el único tren que une Madrid y Lisboa es un tren nocturno que impide observar el paisaje que tanto nos une.

La presentación de esta obra en la última Feria del Libro de Granada, en donde la ciudad quiso regalarnos un clima irlandés –no paró de llover en toda la tarde—, se realizó en el espacio central, una carpa que se monta exclusivamente para la feria y donde el público que acude a ella actúa de manera diferente a los que acuden a otros escenarios. Es un espacio más abierto, por lo que las personas que acuden a él pueden salir y entrar a lo largo de las presentaciones, conferencias, etc. Es un público, a veces, de paso.

Durante la presentación, una señora que estaba delante de mí se levantó, pero como no podía consentir que los que estábamos a su alrededor no nos enteráramos de su huida, su salida la acompañó con la declaración: “No puedo, no puedo”. Recuerdo esta anécdota porque, como escribe Gibson en el último capítulo del libro, “España amor, España tristeza”, uno de los rasgos que nos definen es que no solemos “ser buenos escuchantes” y por tanto “la noción de la conversación para aprender no es frecuente” (pág. 340). A veces, el no saber, es no querer. Y es que en ese momento se estaba hablando de una de las asignaturas pendientes de nuestra historia, la recuperación de los restos de tantos españoles que todavía se encuentran en fosas comunes, circunstancia a la que dedica interesantes reflexiones en este libro.

Y esta es una de las lacras del país que repasa en este último capítulo. Las demás solo las enumeraré: el ruido, la falta de señalizaciones a lugares y monumentos, la corrupción, el maltrato animal.

Aunque algunos no estén totalmente de acuerdo con sus interpretaciones o propuestas, no pueden negar que, aunque ha dejado de ser extranjero, no ha dejado de hacerse preguntas, porque Gibson se siente heredero de los “curiosos impertinentes”, aquellos viajeros extranjeros que desde finales del siglo XVIII se han sentido fascinados por esta parte del mundo, a los que dedica el primer capítulo del libro y cuyas páginas son, sobre todo, un homenaje a Richard Ford. Pero Gibson ha pasado de la fascinación al amor por esta península ibérica y por la “sociabilidad compulsiva de la gente” (p. 338); por eso, estas Aventuras ibéricas son una conversación llena de entusiasmo con nuestra cultura, su cultura y una invitación a que nosotros también nos preguntemos.

*María Bueno es crítica literaria.
 
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