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Los diablos azules

Lenguaje, política y verdad en George Orwell

  • La lucha más relevante no se libraría entre fascismo y democracia, sino entre revolución y contrarrevolución
  • Con la atrofia política, el lenguaje comienza a poblarse de términos ambiguos que comienzan a significar casi lo contrario de lo que aparentan

Publicada el 17/11/2017 a las 06:00 Actualizada el 16/11/2017 a las 14:08
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El escritor y periodista George Orwell.

El escritor y periodista George Orwell.

EP
Estos diez escritos, fechados entre 1937 y 1948 y reunidos por Miquel Berga, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad Pompeu Frabra, bajo el título El poder y la palabra. 10 ensayos sobre lenguaje, política y verdad (Debate, 2017), suponen un aliciente para el debate político. En ellos, George Orwell parte del análisis de los primeros años de la Guerra Civil española, para explicar cómo se corrompe el lenguaje político. La “versión autorizada” de los hechos acaecidos en esta guerra se dictará como solución de compromiso entre los dirigentes de la burguesía y la nueva fuerza dominante en la izquierda europea: el comunismo soviético. A esta versión accederá la opinión pública inglesa para irritación de este brigadista voluntario y, a partir de ella, percibirán el conflicto en blanco y negro no solo sus paisanos. Pero la verdadera lucha, llevada también al terreno del lenguaje, no se librará, según Orwell, entre fascismo y democracia, sino entre revolución y contrarrevolución.

Aquello que de manera sistemática y contumaz se trataba de negar era también el objeto de la mayor represión: una revolución democrática en marcha. “En las zonas donde el fascismo fue derrotado, no se contentaron (los obreros) con expulsar de las ciudades a los soldados rebeldes, también aprovecharon la oportunidad de apoderarse de las tierras y las fábricas y de sentar a grandes rasgos las bases de un gobierno obrero por medio de comités locales, milicias obreras, fuerzas policiales y demás”. Con la “versión autorizada” se trataba más de borrar del lenguaje este intento español de establecer una democracia real y no tanto de luchar contra el fascismo y por la democracia.
  En el VIIº Congreso Internacional Comunista, celebrado en Moscú durante los meses de julio y agosto 1935, se decidió acabar con la política aislacionista establecida desde 1920, año en el que se había declarado la guerra “a todos los partidos de la socialdemocracia amarilla”. Se propuso, además, la creación de frentes populares, en los que los comunistas colaboraran con los socialistas y con otras fuerzas progresistas para combatir el fascismo, como cuenta Josep Fontana.


Se entiende, de este modo, la influencia directa sobre los comunistas europeos y la tendencia que denuncia Orwell de combatir otras opciones de izquierda que no entraran en sintonía con los intereses estratégicos de la URRSS. Así, el Frente Popular, en la medida en que dependía de los comunistas, y estos a su vez del PCUS, luchaba de la mano con la burguesía española, teóricamente, para vencer el fascismo. Pero en la práctica, trataba más de aplastar por todos los medios ese conato revolucionario que ponía en cuestión el equilibrio de poderes en esa alternativa al fascismo.


Era más importante que los obreros no tomaran las fábricas, que impedir a Franco conquistar el poder. Y así lo veía Europa, y sobre todo Inglaterra, a través de la “versión oficial”. Justificar esta versión y cortar el paso a cualquier término y a cualquier significación que aludiera a lo que realmente sucedía era un objetivo prioritario. La represión del POUM, por ejemplo, quedaba justificada por razones de prudencia: si se alentaba la revolución podía ponerse en peligro el pacto franco-soviético y la anhelada alianza con el Reino Unido.

Orwell creía que el peligro del totalitarismo soviético era mayor que el del auge de los fascismos, pues aquél se había impuesto como ideología en Rusia y estaba influyendo de manera decisiva en la izquierda europea con un lenguaje más potente y sibilino.

La historia dará a esta opinión su verdadero alcance, pero justo ese lenguaje con vocación totalitaria constituirá el objeto de su análisis. A quien, desde la izquierda, ponía en evidencia al rey desnudo, esto es, a aquel que veía al fascismo y la democracia burguesa como Tweedledum y Tweeledee, como las dos caras de la misma moneda, se le tildaba primero de “iluso visionario” y, si no desistía, entonces se subía de tono para acusarle de “traidor”, o peor aún, de “trotskista”. Ese atributo tan específico, una vez degradado a mera injuria, era suficiente para considerar al sujeto un fascista encubierto, alguien peligroso que con sus verdades ofrecía armas al enemigo y ponía en riesgo al frente antifascista. Se deslizaba así la palabra hacia la acción. Se había creado una causa, un motivo suficiente, para considerar a ese individuo como un elemento indeseado a “eliminar”, o dicho de manera inteligible: como a una persona a la que había que matar, por haberse atrevido a poner en cuestión la “verdad oficial”. De los numerosos ejemplos sobre esta degradación del lenguaje, cabe rescatar uno que afectaba al término “fascismo”, cuyo significado se iba debilitando hasta perderse o simplemente designar “algo que no es deseable”.

Visto así, el proceso se retroalimenta, el deterioro del lenguaje daña lo político y la degradación política empobrece el lenguaje. Con la atrofia política, el lenguaje comienza a poblarse de términos ambiguos, desaparecen los vocablos demasiado comprometedores, la vaguedad e imprecisión domina los discursos, los términos comienzan a significar casi lo contrario de lo que aparentan, las metáforas desgastadas circulan como talismanes, y los escritores, periodistas e intelectuales dejan de tomarse la molestia de escoger los verbos con el significado apropiado o las frases precisas.

La solución a esta degradación solo puede venir por la regeneración del lenguaje político, curado y revivido por la tenaz voluntad de verdad de escritores, intelectuales y artistas. Orwell incluso propone formar comunidad, para la invención de unos miles de términos. Con un nuevo lenguaje redefinido en sus términos, se podría acabar así con la ambigüedad que impide poner en palabra “esos sentimientos humanos comunes que a todos nos unen”. Un lenguaje nuevo –protesta— no debe sonar artificioso, puede incluso encontrar mayor armonía entre la palabra y el sonido que la representa. El sonido elegido puede ser más natural, más cercano intuitivamente a lo expresado. Un lenguaje así es algo que intenta alguien como su admirado Joyce. Pero un hombre solo no va muy lejos. Debe haber cooperación, alianza intelectual, para salvar a la lengua inglesa de su debacle.

La otra cara de la creación lingüística es la “nueva lengua” de 1984. Lengua creada para el olvido y como expresión de una sociedad esquizofrénica. En ella se conservaría por un lado el lenguaje actual, algo empobrecido en sus términos (“definidos con mayor rigidez”), pero útil para resolver la acción y pasión relativa a la vida cotidiana. Y por otro lado, crearía de manera divergente su propio vocabulario y un lenguaje científico, siempre elusivo de todo tema y reflexión abierta de carácter político, que pudiera encajar las piezas del puzle tecnocientífico y la organización del trabajo con miras al beneficio. El lenguaje político borraría cualquier término crítico, o que llamara a la reflexión, y despertaría “una adhesión ciega y entusiasta”. Pero su característica principal sería la de borrar y destruir términos sugerentes del compromiso con la verdad y la política. Su misión principal sería el olvido. Esta “nueva lengua” sería el fiel reflejo de una sociedad totalitaria, como aquella que Orwell temía se impusiera en Europa través del comunismo soviético.

La paradoja es que, en nuestros días, no en 1984 sino en 2017, esa lengua parece imponerse inexorablemente a través de la experticia de las corporaciones y las agencias. Nacida, como ha nacido, del cruce del management con las “ciencias cognitivas”, se expande implacable por todos los ámbitos y territorios, para sepultar los viejos lenguajes locales y ganar cada vez más espacio. Y no solo consigue renovar el  vocabulario, transforma además las organizaciones en su funcionamiento y —generando una vorágine inasumible de olvido— suprime con idéntico énfasis teorías, términos y conceptos, que puedan cuestionar lo políticamente correcto. Por desgracia, la izquierda también ha sucumbido a sus dictados expertos (género, políticas llamadas de igualdad, mediación, etc.).

Pero entonces no era tan oscura la noche. Orwell todavía cree en la posibilidad de dignificar la política y su lenguaje. Para ello, los gobiernos deben hacer un esfuerzo por acercarse al lenguaje y al sentir del pueblo y los intelectuales, por su parte, deben no cejar en su empeño por alumbrar la verdad de los hechos.

Pero aquí hay un problema casi metafísico. “Todas las preferencias y aversiones, todos los sentimientos estéticos, todas las nociones de lo que está bien y lo que está mal… manan de sentimientos que son más sutiles que las palabras”. La palabra apenas puede atrapar esa base común humana que aportan los sentimientos. Escapar a ese “aislamiento” es el motor de la literatura. Entonces, ¿cómo atrapar lo esencial? Orwell, admirador del filósofo positivista Alfred Ayer, ve la solución en “dotar al pensamiento de una existencia objetiva”. Y, en ayuda de ello, viene un fabuloso instrumento, nuevo y poderoso, capaz de poner en común hasta los más imbricados sueños: el cine. En él podrían desplegarse los auténticos motivos (no racionales) que tenemos para la acción y, de este modo, poder abandonar las falsas racionalizaciones con las que nuestro pensar trata de dar cuenta de aquello que hacemos. De cualquier modo, Orwell ve necesario “descubrir esos sentimientos, por ahora sin nombre, que los hombres tienen en común”.

Esta base sentimental universal es condición de pacificación, pero antes es menester aclarar y definir los términos para aclarar aquello que nos une. Y es aquí donde la ingenuidad positivista viene a socorrer la empresa. Definir inequívocamente en el plano lingüístico, para que la acción responda a nuestros intereses acordados. Desde esta suerte de atomismo lógico, todo desvío en la acción (con sus consecuencias pasionales) es solo un error, y no deriva más que de la ausencia de posiciones confusas del lenguaje usado.

Si el lenguaje político estuviera bien definido en sus términos más recónditos, los que apuntan al estado de ánimo, la población no estaría divida por la pasión de estar encapsulada en el lado “comunista” o en el lado “fascista”.  Desde este punto de vista, saber a qué conducen tales términos no puede ser más que un ejercicio intelectual de clarificación y definición. Pero, como el propio Orwell señala, “la decadencia de una lengua ha de tener, en definitiva, una serie de causas políticas y económicas”.

Para hacerle justicia y no arrinconarlo entre los positivistas, hay que decir que la buena definición no la ve Orwell como producto empaquetado en un despacho universitario, sino como resultado de una actividad crítica capaz de captar los sentimientos comunes y de acceder al lenguaje y a la demanda genuina de la población. Esa pasión por la verdad sintonizaría así con una suerte de lenguaje soberano que emerge desde las entrañas de la gente, desde su dolor más genuino.

Pero una población divida por la filiación política, por la simpleza de sus eslóganes, justificaciones y proclamas, está cerrada de entrada a la verdad y la honestidad. Y sus dirigentes, en la medida en que alimentan la visceralidad de sus creencias y posiciones, no solo se privan de acceder a dicha verdad, sino que se vuelven perezosos, deshonestos y mentirosos. Todo “lo nuestro” es bueno, todo lo del contrario malo. Y a eso le llaman patriotismo, mientras se llenan de orgullo por la pertenecer a tal o cual partido político. No es el trabajo de labrar una verdad política lo que les eleva el sentimiento, sino el saber que pueden aplastar al contrario con medios cada vez más canallescos y mendaces. Pero, en eso, quien tiene el poder tiene la responsabilidad. Y, generalmente, no solo lo consiente, sino que lo promueve.

*Sergio Hinojosa es profesor de Filosofía. 

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