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Los libros

En menos de 500 palabras: 'Los verdaderos domingos de la vida'

  • Los poemas de Enrique Andrés Ruiz buscan en su material anecdótico una especie de trascendencia no explícitamente religiosa
  • La técnica contrapuntística, conversacional, le viene al autor de los poetas del 50: es el tono envolvente, socrático, de Gil de Biedma

José Manuel Benítez Ariza Publicada 24/11/2017 a las 06:00 Actualizada 24/11/2017 a las 11:55    
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Los verdaderos domingos de la vida
Enrique Andrés Ruiz

Pre-Textos
Valencia

2017
  La nostalgia, parece decirnos este libro de Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), no es tanto un modo complaciente de mirar el pasado como un método de conocimiento que ilumina el presente. De ahí que algunos de los poemas que componen Los verdaderos domingos de la vida arranquen con advertencias, matizaciones o adelantos destinados a prevenir una posible lectura desviada: “No el recuerdo de nada / sino el de la ilusión / y el sueño, que no pasan…”, empieza “Fiesta en lo alto”; “Lo mismo hubiera dado que estuvieran vacías”, arranca el titulado “Víspera de los Santos”. La técnica contrapuntística, conversacional, le viene a Enrique Andrés Ruiz de los poetas del 50: es el tono envolvente, socrático, con el que Gil de Biedma, por ejemplo, interpelaba al interlocutor ideal de sus poemas monologales. No es raro, por ello, que esta influencia se extienda incluso a ciertas inflexiones tonales muy típicas del poeta barcelonés y que Enrique Andrés Ruiz incorpora a sus textos: “Pero al amanecer el cuerpo encuentra / consuelo en entregarse. / Y el alma en cierta clase de obediencia / muy distinta de la felicidad”, argumenta en “Los amigos solteros”, en un registro muy similar al de “Pandémica y celeste” de Gil de Biedma.

Pero estos “parecidos razonables”, habituales en los poetas que empezaron a publicar a finales de los ochenta o principios de los noventa, nos llevan, en el caso que nos ocupa, a consignar un llamativo rasgo diferenciador: al contrario que otros poetas conversacionales o “realistas” de su generación, Enrique Andrés Ruiz no hace sociología con sus versos –por más que éstos mencionen la Vuelta Ciclista o los anuncios de Cinzano– ni mero autoanálisis en clave de reflexión moral. Por el contrario, sus poemas constituyen un persistente impulso a buscar en ese material anecdótico una especie de trascendencia no explícitamente religiosa, pero que sí se articula en el lenguaje de la poesía de inspiración religiosa: “lo único que importa / es que para dar fe de la eternidad, / para que cante el alma con un sueño, / me basta aquella imagen”, culmina el hermosísimo “Fiesta en lo alto”, también basado en la rememoración de una vivencia trivial, enaltecida por el recuerdo hasta alcanzar la temperatura emocional que consigna el poema.

Porque de lo que habla este libro, en definitiva, es de la posibilidad del regreso al paraíso perdido del que fuimos expulsados, según el relato bíblico, por una espada de fuego. Y en el poema precisamente titulado “Por delante de la espada de fuego” el poeta explica en qué clase de pérdida se tradujo semejante castigo: la conversión del “tiempo en inversión bursátil”, la pérdida del tiempo sin tasa de la contemplación abierta a la revelación. Asunto peliagudo, sin duda, al que se han dedicado los mejores esfuerzos de la poesía de Occidente desde el Romanticismo hasta hoy. Enrique Andrés Ruiz pertenece a esa noble estirpe. No va a contracorriente, desde luego. Seguramente los equivocados son los otros. 

*José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros, Nosotros los de entonces (La Isla de Siltolá, 2015) y Efémera (Takara, 2016).
 
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