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Los libros

Fuego negro en fuego blanco

  • Los esperandos de Muñiz son los judíos de Sefarad, pero también aquellos que se alejan del dogmatismo, la arbitrariedad y la inflexibilidad
  • En ocasiones, los relatos remiten a fotos, como por ejemplo, con el retrato de su joven madre, en La Habana, el primer destierro americano de la familia

Publicada 24/11/2017 a las 06:00 Actualizada 23/11/2017 a las 17:55    
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Los esperandos. Piratas judeoportugueses... y yo
Angelina Muñiz-Huberman

Sefarad editores
Madrid

2017
  Si por algo se caracteriza esta escritora –digamos— hispanomexicana es por su constante búsqueda de nuevas formas y caminos que transitar, transgrediendo o mezclando los géneros tradicionales. Este nuevo libro, uno de los pocos suyos publicados en España, está compuesto por dos partes, tituladas: los esperandos y los transgresores (la autora los escribe siempre en redonda). La primera es más breve, se compone de 28 capítulos, mientras que la segunda de 40. Si hubiera que encasillarlo en alguno de los géneros tradicionales sería una novela, en la que las diversas historias que se narran aparecen adobadas con otras tantas reflexiones. Está contado por dos voces que se complementan, pues la primera se ocupa del pasado remoto, de su mundo, mientras que la segunda cuenta desde el presente. Así, Oseas se presenta como el cocinero kósher de unos famosos piratas, un refinado gourmet, a la vez que marino, ayudante de médico, escritor y espía, cuya madre, sefardí, fue quemada por la Inquisición. Es, por tanto, un esperando que nos proporciona un testimonio de su época, el siglo XVII, “para que la memoria no se pierda” (p. 351). Se trata de una especie de diario compuesto por numerosos relatos y divagaciones. Pero, a la vez, va dejando en sus cuadernos espacios en blanco para que alguien en el futuro complete esas impresiones y relatos, o aporte otros nuevos, relacionándose y contrastando presente y pasado.

Por su parte, este segundo narrador innominado, coautor del texto, quien confiesa haber encontrado el diario de Oseas, podría identificarse con la autora. De tal forma, Angelina Muñiz se vale de Oseas, cuyo pensamiento se acerca al anarquista (“En cuanto alguien gobierna, todo se echa a perder. El poder mata al que lo sustenta y a los sustentados”, p. 94), para contarnos una serie de episodios, a la vez que toma la voz con el propósito de recordar diversos momentos de su biografía, reflexionando sobre asuntos como el arte culinario (pp. 63 y 79) o la escritura (pp. 72, 76, 153, 190, 191, 225, 227, 250, 251 y 359). Así, por ejemplo, afirma que se escribe sin plan previo, desviándose, saliéndose por la tangente y utilizando combinaciones, a veces humorísticas (“le echo pimienta a las páginas abiertas de mi libro y la hoja que arranqué la incorporé al caldo hirviente”), experimentando. Se trata, nos dice, de dejar que vuele la palabra, con libertad, sin regirse por reglas. Pues —y así concluye “este estrafalario libro”, como lo califica— “en materia literaria, la transgresión es lo recomendable para divertir, abrir horizontes y pasar las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio...”, en alusión final a Cervantes.

Entre los asuntos que trata el segundo narrador, podría destacarse el titulado “Nerudiana” (pp. 107-111), en el que la autora remeda el célebre poema XX que empieza: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche...”, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, concluyendo con la alusión a diversos músicos que se han valido de las variaciones, al campo de concentración de Theresienstadt, Kafka, una frase de Ovidio y unos versos de Quevedo. Y, sobre todo, echando mano de las referencias autobiográficas, o seudomemorias, como le gusta denominarlas a Angelina Muñiz. En el desenlace anuncia un nuevo libro, sobre los arrítmicos, los esperandos de la segunda mitad del siglo XX.

Estos esperandos fueron los judíos de Sefarad, llamados así porque seguían anhelando la llegada del Mesías. Pues, tras lograr escapar de las persecuciones de la Inquisición, en España y Portugal, acabaron viviendo en los márgenes, convirtiéndose en piratas que operaban en el Mediterráneo o en el Caribe, apoyados por Holanda, por el príncipe Mauricio de Nasau, e Inglaterra para combatir a la monarquía española. Recuerda también Oseas que se consideran esperandos aquellos que se alejan del dogmatismo, la arbitrariedad y la inflexibilidad, y están dispuestos a crear nuevos conceptos, defender cambios sustanciales y practicar el altruismo y la tolerancia, arriesgando con ello sus vidas. Podrían ser tachados, además, de idealistas, iluminados o vigías. Por ello, también lo fueron Marx (“un esperando de esperandos”), el poeta Heine, los pintores Chagall, Modigliani y Rothko, o los músicos Mendelssohn, Mahler o Schönberg, exiliados en uno u otro momento de sus vidas (pp. 24 y 25).

Se trata, por tanto, de una novela singular, si es que a estas alturas de la historia narrativa no lo son todas las que —por una u otra razón— siguen despertándonos interés. En sus páginas convive el pensamiento con historias y leyendas, casi siempre en prosa, aunque valiéndose a veces del verso, a pesar de advertirnos: “No vayan a creer que esto es un poema (...) Esto no es un poema. Son ideas, nada más” (p. 60). En ocasiones, los relatos remiten a fotos que se reproducen en el volumen, como alguna de la autora y de sus allegados. Así ocurre, por ejemplo, con el retrato de su joven madre, en La Habana, el primer destierro americano de la familia Muñiz (p. 289). Pero también nos encontramos con varias referencias a su biografía: a la ciudad francesa de Hyères, donde nació, y donde se retira Oseas a escribir; al puerto de La Pallice, del cual partió el barco que transportó a su familia a América; a Caimito de Guayabal, el lugar en que se instalaron en Cuba; o a Alberina, de Alberto, su marido, a quien le dedica el libro, y Angelina. Además de alusiones a libros que ha proyectado, como un Somniario, todavía inédito; referencias a personajes que figuraban en su obra anterior (Benjamín de Tudela); o a escritores que prefiere, como Iris Murdoch; así como a obras literarias que le gusta citar, como el romance del conde Arnaldos, el de los Siete Infantes de Lara o la historia del conde Ugolino de la Gherardesca, del que –aparte de Dante— se ocuparon en nuestras literaturas Álvaro Cunqueiro (Vida y fugas de Fanto Fantini) y Joan Perucho. A todo ello habría que añadir numerosas historias intercaladas, tales como la de Dan, el grumete (pp. 73-80); la historia de suplantación de David ben Eliezer, el comerciante más querido de los esperandos, y las cartas de amor de Elisheba y Erié bar Natán, con un desenlace creo que algo forzado (pp. 121-126); o la del alquimista Asher Benalef, que buscaba el tesoro de Colón (pp. 295-301), por solo citar unas pocas.

Oseas, que a lo largo del tiempo trabajará a las órdenes de varios capitanes piratas, se declara más escritor que cocinero, y recuerda en diversas ocasiones su amistad nada menos que con Cervantes y Shakespeare, quienes –nos recuerda— compartían el sentido del humor, Durero, el anónimo autor del Lazarillo (a quien confiesa conocer), Fray Luis de León, Robert Burton (autor de la Anatomía de la melancolía), Rembrandt, Sor Juana Inés de la Cruz, Mateo Alemán (en cuyo emblema aparece una araña atrapando a una culebra) o Quevedo, al que considera –en cambio— su enemigo. De hecho, confiesa Oseas con desparpajo que Cervantes le plagió el discurso sobre la libertad, decantándose por Sancho, en vez de por don Quijote (pp. 46 y 191); afirma haber inspirado el poema “Poderoso caballero es Don Dinero”, de Quevedo; o que Fernando de Rojas y el autor del Lazarillo se aprovecharon de sus cuentos e ideas (pp. 65 y 96). A Oseas y el capitán José Palache, habría que añadir, pues componen un singular trío, la seudopirata hermafrodita y bígama Elena/Eleno de Céspedes, cirujana e hija de una esclava negra que aseguraba descender de los reyes de Israel, deseosa de venganza contra todo aquello que tuviera origen católico, quien decide convertirse al judaísmo, y ser descendiente de los falasha –los considerados extranjeros— por convicción.

El sentido del conjunto del libro se completa en la cita inicial del Tratado del alma, de Juan Luis Vives, en la que el hombre se define como un “animal difícil”, a quien cuesta trabajo soportar. Pero se trata, en suma, de un alegato contra la intolerancia y la violencia, representado en el pasado remoto por la Inquisición y en el mundo contemporáneo por los campos de exterminio nazis, aunque la autora traza un cierto paralelo –no explícito— entre la expulsión de los judíos y el exilio republicano español, a la vez que en un momento dado se afirma que la tardía incorporación de España al mundo moderno se debe a la pérdida de “la fuerza innovadora” que suponían los republicanos que tuvieron que abandonar España en 1939, pudiendo desarrollar sus saberes en el exilio. Ambas resultan hipótesis más que plausibles.

*Fernando Valls es profesor de literatura y crítico literario.
 
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