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Los libros

La memoria de los letraheridos

  • Cada uno de los escritos de Empiezo a creer que es mentira son una vibrante terapia que nos enfrenta a nombres cumbre de la historia de la literatura
  • El procesionar de nombres abruma tanto por los conocimientos de Mayoral como por cómo convierte esos escenarios en nuevos ámbitos de relación

Ramón Rozas Publicada 01/12/2017 a las 06:00 Actualizada 30/11/2017 a las 17:08    
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Empiezo por creer que es mentira, de Carlos Mayoral.

Empiezo por creer que es mentira, de Carlos Mayoral.

Empiezo a creer que es mentira
Carlos Mayoral

Círculo de Tiza
Madrid

2017
  Hay libros que no son tanto libros como medicamentos. Bálsamos para desde lo literario seguir aplacando la enfermedad del letraherido, la necesidad, en ocasiones ciertamente enfermiza, de tener entre manos historias y vidas ajenas desde las que pretender entender la realidad, cuando lo que uno está haciendo es tanto como entenderse a sí mismo.

Escribo todavía bajo los efectos de rematar la lectura de las tres últimas entradas del conjunto de textos que conforman Empiezo a creer que es mentira de Carlos Mayoral, editado por la intuitiva y valiente Círculo de Tiza, y lo hago como lo llevo haciendo desde la primera complicidad que rápidamente se establece con estos comentarios realizados a partir de materiales literarios de primer orden genialmente reconvertidos en propios por el ingenio y talento de un autor que finalmente nos sirve diferentes dosis para calmar nuestra enfermedad. Lecturas de tres en tres, mañana, tarde y noche después de cada comida.

Cada uno de esos escritos son una vibrante terapia que nos enfrenta a nombres cumbre de la historia de la literatura desde los que Carlos Mayoral plantea una serie de nuevos relatos, una revisión donde todo se establece desde ese fino hilo, casi invisible que, como el sedal de un pescador, te atrapa en la frontera entre lo real y lo irreal, entre la verdad y la mentira. Ahí donde se la juega tantas veces la literatura nuestro protagonista plantea su propio terreno de juego, el desfiladero por el que conducir a un lector devoto de la mítica de lo literario y que aquí asiste, perplejo, al conductismo por el que nos guía el escritor villaodonense (que hasta eso aprendemos al leer este libro, el gentilicio de los naturales de Villaviciosa de Odón) para reactivar la memoria de los letraheridos, pero también para agitarla desde una nueva aproximación a esos autores que pueblan nuestras preferencias literarias.

Desde Valle-Inclán a Hemingway, desde Borges a Dostoievski o desde Alfonsina Storni a Carmen Laforet, el procesionar de nombres y situaciones abruma tanto por los conocimientos de Carlos Mayoral como por cómo convierte aquellos escenarios en nuevos ámbitos de relación con el lector, en cómo vidas y hechos dejan de pertenecer a una plúmbea biografía o a un anodino artículo para retomar una nueva condición vital a través del estado de gracia de un hombre que maneja ese sedal de una manera tan ingeniosa como brillante.

He tardado en rematar su lectura mucho más de lo que hubiera sido normal con otro volumen de este tamaño. Cada vez he ido tomando menos dosis, leído menos capítulos de manera diaria a la vista de que estos se agotaban. No quería que se extinguieran, cada uno de ellos era la medicina perfecta para calmar las ansias de todo lector por abarcar la infinitud de escritos que configuran el universo literario, cada uno era un efervescente que se activaba en contacto con la vista para seducirnos con una nueva mirada de todo lo escrito antes pero ahora pasado por el tamiz de lo personal, de lo interpretado por quien, como hiciera Juan Tallón en otro libro ejemplar de compromiso con la literatura, Libros peligrosos (Editorial Larousse, 2014), convierte este manual en un Santo Grial en el que la inmortalidad del lector se siente colmada. Cada sorbo lleno de frases vibrantes, de ironías y retruécanos, de giros y de anécdotas que forman un todo, el nutriente de lo que fueron vidas y obras maestras de la escritura, también de gestos que pasaron a la historia como parte de un todo en el que el escritor se convertía en su propia vida, al mismo tiempo que su vida se hacía escritura.

En ese punto intermedio interviene Carlos Mayoral para dejarnos este festín literario que se nutre de esa bisagra, de ese límite en el que la mentira se convierte en verdad y la verdad se vuelve mentira, es decir, donde la palabra erige un dominio que hace de los lectores seres sometidos que necesitan aplacar su agitación con calmantes en forma de textos. Un remedio perfecto.

*Ramón Rozas es crítico literario.

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