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Club de lectura

La constancia

  • Al referirse a aquello que más disfruta, el proceso creativo, Use Lahoz, autor de Los buenos amigos, habla de sus rutinas de la imaginación, de la experiencia
  • La novela realista —no tan de moda en la creación literaria actual pero no por ello menos valiosa— es el espacio en el que se siente cómodo

Abril Gómez de Enterría Publicada 01/12/2017 a las 06:00 Actualizada 01/12/2017 a las 11:51    
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Hace unos meses, en el club de lectura de la librería Enclave de Libros tuvimos la oportunidad de comentar con Use Lahoz su última novela, Los buenos amigos, y lo hicimos a través de un recorrido por toda su creación literaria, con inevitables referencias a la literatura y las experiencias de vida que le han marcado ayudándole a construir el universo y dibujar la trama que nos presenta en su obra más reciente.


Use, licenciado en Humanidades, actualmente es profesor de lengua y literatura en la Universidad Sciences Po de París y colabora periódicamente en El País y Radio Nacional de España. Con 29 años publicó su primera novela, Leer del revés. Cuatro años después, en 2009, publicó Los Baldrich (Premio Joven Talento Fnac) y en 2011 La estación perdida, por la que se le otorgó el Premio Ojo Crítico de Narrativa y en la que aparece por primera vez en su obra Espalión, el pueblo de origen de uno de los protagonistas de Los buenos amigos. Entretanto, vieron la luz dos poemarios: Envío sin cargo (2007) y A todo pasado (2010). Posteriormente, en 2012 coescribió con Josan Hatero la novela juvenil Volverán a por mí (Premio La Galera Jóvenes Lectores 2011), en 2013 resultó ganador del Premio Primavera por El año en que me enamoré de todas y recientemente ha publicado la novela Corazón de robot, coescrita con Andrés Rubio e ilustrada por Miki Lowe.

  Si con El año en que me enamoré de todas Lahoz se alejaba del universo que había construido en sus primeras novelas, con Los buenos amigos regresa a él y lo hace con una obra extensa, compleja y rica en personajes y entornos, que son descritos con detalle y alternando la crudeza de algunas expresiones con el empleo de un tono más poético en otras.

A lo largo de la obra abundan los consejos de vida, lecciones morales que parecen no calar en sus protagonistas salvo para fijar en ellos la culpa o un nihilismo que hace que en ocasiones, a medida que avanza la historia, nos cueste empatizar con ellos y remueva nuestras entrañas. Pero no podemos reducir el protagonismo a Sixto, Vicente y Lucía —esta última relegada en ocasiones a un segundo plano—, pues la importancia de quienes les rodean a lo largo de los más de 30 años de sus vidas que relata la historia va más allá de poder verlos como personajes secundarios o "de relleno". Todos ellos están bien construidos y desempeñan un papel fundamental en las diferentes tramas que se desarrollan en la novela —novela de novelas en palabras del autor, que recuerda a La estación perdida—, tratando de evitar perfiles maniqueos y provocando emociones encontradas al ir conociendo su devenir hasta el terrible desenlace que, en realidad, podríamos decir que ni siquiera lo es.

Algo parecido sucede con los lugares descritos, en los que Use combina entre otros los escenarios de sus tres primeras novelas y nos presenta, por ejemplo, una Barcelona que  recuerda a la de las Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé al superar la descripción de la ciudad burguesa de Los Baldrich e incluir en esta los suburbios, los barrios marginales que evidencian las desigualdades sociales que la conforman y determinan en buena medida el comportamiento de quienes la habitan.

A lo largo de la tertulia, Use nos habló sin tapujos de los errores de principiante que cometió con su primera novela y su primer poemario, aquellos de los que aprendió y que le sirvieron como ejercicio para ir elaborando una narrativa propia; compartió con nosotras su gusto por la literatura decimonónica y cómo la novela realista —no tan de moda en la creación literaria actual pero no por ello menos valiosa— es el espacio en el que se siente cómodo escribiendo porque le permite fabular, crear diferentes universos y construir un mundo de la nada; y reflexionó en torno a los aciertos de experiencias literarias que se han alejado del grueso de su obra a la vez que afirmaba que mantiene —y mantendrá— inéditos aquellos manuscritos que no le convencen completamente y que se vería incapaz de "defender" en un espacio como el de nuestra tertulia. Estableció diferencias entre la novela —fruto del trabajo constante— y la poesía —mucho más sobrevenida—, aunque no negó la mirada poética que introduce en sus novelas, para cuya elaboración admite tener una vocación científica en la construcción de personajes y una vocación poética en las descripciones.

Al referirse a aquello que más disfruta, el proceso creativo, nos habló de sus rutinas, así como de la importancia de la constancia, la imaginación, la experiencia, la paciencia, la necesidad de corregir el texto y la ambición de competir con uno mismo. Explicó que la parte menos agradecida es una vez publicada la novela, cuando encuentra errores en el texto, y compartió con las lectoras la dificultad que le supone renunciar a párrafos que no aportan lo suficiente al relato. Por un lado nos habló del carácter autodidacta que tiene para él la escritura, y por otro de cómo las historias nacen de las tripas, del corazón, más allá del cerebro; así como de la fuerza de las imágenes mentales que conserva en su memoria y después utiliza tanto para imaginar las tramas como para describir los ambientes y las sensaciones que experimentan los personajes. Nos explicó cómo en sus novelas trata de evitar el maniqueísmo de presentar una historia de buenos y malos, a la vez que hacía hincapié en la importancia de los matices y del cuidado del estilo. Nos contó que antes de sentarse a escribir no se prepara un esquema y que durante el proceso de escritura no niega a los personajes la capacidad de que el azar les sorprenda, pues los cambios constantes en ellos los hacen más humanos, cercanos y cotidianos. Además, comentamos la importancia de reflejar tanto sensaciones como expresiones de habla que visten y dan verosimilitud a los personajes; mientras que, al hablar de la narración, Use afirmó que «escribir es no decirlo todo» y eso es algo que aprendió con sus primeras publicaciones.

Use nos explicó que en Los buenos amigos ha pretendido unir los universos de Los Baldrich y La estación perdida, tratando de representar tanto a las diferentes clases sociales como los bandazos que da la vida. Asimismo, ha pretendido que las cuatro partes que conforman Los buenos amigos —que pueden entenderse y leerse como cuatro novelas— tengan su propio ritmo e incluso su propio estilo: una novela de formación, una de aventuras donde el texto se vuelve más ágil, una de viajes o de huida en la que todo se ralentiza y otra que acaba convirtiéndose en un thriller. Ante la pregunta de una de las lectoras acerca de en qué momento del proceso de escritura fue consciente de cómo iba a terminar la novela, Use nos contó que fue casi al final y admitió que aún hoy sigue pensando que quizá resultó en un castigo demasiado duro para uno de sus protagonistas.

Nos habló de sus orígenes y de cómo tanto su vida como su literatura se encuentran marcadas por el pueblo y por la emigración. Y, recordando el pequeño pueblo de su infancia, habló de las imágenes que quedaron grabadas en su memoria: las faenas, los ancianos, las historias, la solidaridad y las envidias, el contacto con la tierra... Al hilo de esto charlamos en torno a las diferentes razones que explican el éxodo rural, mientras constatamos que, aunque ahora al parecer está de moda volver al pueblo o disponer de uno al que escaparse, a finales del siglo pasado el pueblo era algo muy rechazado, sobre todo por parte de los adolescentes del momento. Y después, al hablar del valor de la humildad, Use nos recordó el poema de Machado He andado muchos caminos como la mejor definición de la buena gente.

Hablamos después de dos de los temas fundamentales de la novela, que acompañan a sus protagonistas a lo largo de sus vidas: la amistad —la mayor institución simbólica, en palabras del autor—, sometida al paso del tiempo y en la que la traición es marca y estigma; y la orfandad como condicionante y metáfora, ante lo cual Use recomendó el documental Chavela, donde la cantante confiesa la profunda rabia que siente por la falta de amor de su madre hacia ella cuando era pequeña.

Charlamos largo y tendido sobre los personajes, todos ellos bien construidos y perfilados, sobre las relaciones a menudo ambivalentes que establecen entre sí y los tipos que representan, en su mayoría cambiantes; así como sobre las experiencias que marcan sus vidas, las respuestas que dan ante las vicisitudes de la vida y las diferentes emociones que experimentan y desencadenan en otros. Comentamos que al terminar la novela nos quedamos con ganas de saber qué ocurriría después con sus protagonistas, así como que hay algunos secundarios de los que querríamos saber más, como Cécile y el tío Odón. Hablamos sobre los secretos, la confianza, el sentimiento de culpa y el odio hacia uno mismo, sobre el valor de la amistad y el amor, las raíces perdidas y la renuncia a los propios orígenes, sobre la cobertura de necesidades, la redención, la traición, el miedo a enfrentarse a lo que uno es, sobre los triunfos y los fracasos y sobre la huida hacia adelante. Hablamos también de la ternura, de la inocencia, de la responsabilidad sobre los propios actos en la infancia y en la edad adulta, de la vergüenza, de las posesiones, de la contraposición entre personajes y del prototipo de nuevo rico. Recordamos a Serrat con Decir amigo y Mi niñez, y Carmen alabó que Use reflejara a través del esplai y de las figuras de los curas que aparecen en la novela la imagen de los curas rojos y la labor educativa y social que realizaron, parte de la Iglesia que a menudo se olvida entre la multitud de críticas negativas que recibe como institución. Al hilo de esto hablamos del Cottolengo de Madrid y de los curas de la parroquia de Maravillas de los años setenta, que pertenecían a la ORT. Y destacamos una frase de Lucía que se repite a lo largo de la novela: «Los hombres no cambian, solo descansan».

Hablamos también sobre el otro personaje que es Barcelona, de la que Use ha querido mostrar su parte pobre, el suburbio, sin que por ello deje de aparecer la parte rica. Sobre esto, Use reflexionó en torno a una noticia publicada recientemente en El Periódico en la que se afirmaba que, según una encuesta, la principal preocupación de los barceloneses es el turismo; y se preguntó a quiénes habrían preguntado, pues más allá del que supone el centro gentrificado hay problemas más personales, directos y acuciantes que asolan a quienes habitan la periferia de la ciudad. Hablamos del resto de escenarios que se describen con minuciosidad en la novela: la Alpujarra granaína, Torredembarra, la masía y el ficticio pueblo de Espalión. Esto nos llevó a alabar el poder descriptivo del autor donde los paisajes y ambientes están muy bien captados y revelan fotografías que van cambiando de color en cada una de las partes de la novela; comentamos cómo en todo momento se nos trasladan sensaciones que dan viveza al relato y nos hacen sumergirnos en el mundo que se nos describe; y destacamos la estructura circular del texto, que da forma a un relato redondo y cerrado.

Arantza, en lo que Use definió como un estupendo ejercicio de literatura comparada, compartió con todas nosotras un texto en el que reflejaba su lectura de la novela, centrando el foco en la construcción del narrador y sus ramificaciones y estableciendo entre sus dos protagonistas un paralelismo con la fábula de la cigarra y la hormiga. Terminó su intervención con una pregunta acerca de si el objetivo del narrador omnisciente es presentar las consecuencias de este modo de estar en el mundo, a lo que Use respondió que el objetivo es sencillamente contar una historia sin juzgar a los personajes.

Para finalizar, Use nos confesó que ahora mismo no está escribiendo nada, aunque empezará pronto. Ante la pregunta de qué nos recomienda leer, nos ofreció un amplio abanico de posibilidades: Romanticismo, de Manuel Longares; Inés y la alegría, de Almudena Grandes; El puerto de los aromas, de John Lanchester y La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda. Después, entre bastidores y antes de enviar esta crónica a la redacción de Los diablos azules, Use añadió a estas recomendaciones una novela que le ha arrebatado: Tiene que ser aquí, de Maggie O'Farrell. Lecturas para todos los gustos que añadir a las que proponemos en nuestras tertulias.
 
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LA AUTORA Correo Electrónico


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