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Los libros

El frío y la distancia

  • En los poemas de Nuestra orilla salvaje, Rosario Troncoso verbaliza los vértices del desamor
  • El título habla de irracionalidad e inconformismo y añade a las composiciones dos citas que desdeñan esas utopías domésticas

José Luis Morante Publicada 01/12/2017 a las 06:00 Actualizada 30/11/2017 a las 18:36    
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Nuestra orilla salvaje
Rosario Troncoso

La Isla de Siltolá
Sevilla

2017
  Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), profesora de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria y Bachillerato, directora editorial de Takara Ediciones y coordinadora de la revista El Ático de los gatos, aporta a un itinerario poético de siete títulos —a muy pocos meses de la edición compilatoria de Eternidad provisional— el poemario Nuestra orilla salvaje. El título habla de irracionalidad e inconformismo y añade a las composiciones dos citas que desdeñan esas utopías domésticas, expuestas al alcance de la mano. La de José Luis Piquero es un destello de lucidez apelativa: “Has estado muy lejos. Vuelve a ti.”; la de Jaime Gil de Biedma define la condición temporal y perecedera de la identidad: “Pero ha pasada el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra”.

Son signos que no esconden el sustrato básico del primer apartado del libro, “El abrazo de los extraños”. Como si el sujeto lírico hubiese recorrido una amplia geografía hecha de desamparo e intemperie, en la que el derrumbe ha ido dejando esquirlas. El presente se convierte en un invernadero de acogida a ilusiones y sueños. Lo compartido entonces no tiene la calidez habitable de la compañía sino la certeza de un caminar común hacia el vacío: “Ya no habrá recuerdos, / ni noches por delante. / La vejez. El silencio. / Y una lápida sobre el vacío, mientras seguimos vivos / bajo los restos de nuestro derrumbe”. El aire de la casa diaria se hace nocturnal, adquiere la apariencia del nicho, como si se anticipara una despedida definitiva que no busca estridencia sino silencio. Es esa sensación de un frío interior que va diluyendo las geografías de otro tiempo, como si no fuese posible emprender pasos de vuelta. Para lo vivido no hay regreso. En el estar diario se ha instalado una melancolía que diluye el deseo; así lo corroboran con excelente trazo algunos versos: “Estamos demasiado lejos de la piel”, o “Busco en tus ojos / y aquí no vive nadie”. Nada es posible contra el tiempo, ni siquiera el abrazo de extraños que alguna vez dejaron su perfil en la mirada y luego habitaron la sombra como imágenes perecederas.

En todo el apartado prevalece la sensación de desgarro y vacío. Pero el verso no se hace declamatorio, como si en la conciencia del yo poético hubiese una tácita aceptación de que vivir es un error pactado que requiere puntos de sutura.

La mirada infantil percibe el entorno con asombro y cordialidad. En su respiración no hay fronteras entre el imaginario onírico y los espacios reales. Por eso la infancia es un paréntesis áureo, en el que la esperanza da luz a cada percepción. Pero la experiencia cotidiana muda ese paisaje interior. Se imponen los efectos negativos, la derrota y la decepción; llega un tiempo cíclico que lleva al desamor y la ruptura; de ahí el rótulo que acoge a las composiciones de esta segunda parte, “El final de las Hadas”, un aserto cuya semántica se configura a partir de unos versos de la poeta Itziar Mínguez Arnáiz: “Has llegado tarde / a todo lo que importa / y todo lo que importa / ha llegado tarde a ti”. Las constantes vitales dan fe de ese fracaso, de esa inmersión en el dolor, repleta de efectos corrosivos. Así lo subraya, con concisión lapidaria el poema “El final de las Hadas”, donde la identidad constata el fin de la inocencia. Es sabido que en la literatura tradicional añadía como rasgos específicos de los cuentos de hadas la existencia de un mundo fantástico, fuera del entorno circundante, en el que irrumpe, más allá de la explicación científica, lo inexplicable y lo insólito, el cálido misterio del asombro y el deleite de la ficción. El final de ese estar impone su verdad desoladora: el polvo de las hadas se hace ceniza, un crujir de insectos bajo los pies de la realidad más pragmática de los días laborales, donde la vida se mantiene en pie, como un tendedero repleto de obligaciones que se orean al manso sol de invierno.

En los poemas de Nuestra orilla salvaje, Rosario Troncoso verbaliza los vértices del desamor. Los versos abrazan el sentir de la angustia para proyectar su espacio sobre las aceras del presente. Suena la voz de quien admite la textura provisional de los sentimientos y habla con el espejo para seguir viviendo a la intemperie, sin complacientes autoengaños, mientras la soledad y el dolor se hacen poesía.

*José Luis Morante es poeta y crítico literario. Su último libro es Pulsaciones (Takara, 2017). 

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