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El cuento de todos

Repostería irresponsable (un cuento navideño)

  • "El día de Acción de Gracias de 1934 resultó un trasvase continuo de dulces entre los vecinos de aquel pueblo apacible, aunque es una jornada que se recuerda por un detalle bastante más siniestro"
  • Así comienza el relato de Felipe Benítez Reyes, de su libro Por regiones fingidas, que publicamos en cuatro entregas

Publicada el 08/12/2017 a las 06:00
El escritor Felipe Benítez Reyes.

El escritor Felipe Benítez Reyes.

El escritor Felipe Benítez Reyes acaba de publicar el libro de relatos Por regiones fingidas (tirada limitada de 175 ejemplares firmados por el autor, Interrogante editorial, 2017). Recogemos el relato “Repostería irresponsable (un cuento navideño)” en cuatro entregas de las que ahora publicamos la primera.
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Mediada su cincuentena, la señorita Coleridge se aficionó a la repostería y contagió su afición al vecindario, lo que tuvo como consecuencia el que en las fiestas señaladas, e incluso en días anodinos, circulasen por todo Hasting Fields pasteles y tartas, compotas y almíbares, pues se creó entre las señoras una especie de competición tácita en aquel particular.

El día de Acción de Gracias de 1934 resultó un trasvase continuo de dulces entre los vecinos de aquel pueblo apacible, aunque es una jornada que se recuerda por un detalle bastante más siniestro.

Había nevado durante la noche. Las bombillas y los adornos de las ramas más bajas del abeto de la plaza Truman Sherman –un prohombre comarcal, fabricante de maquinaria agrícola— desaparecieron a las pocas horas de ser colocados con más esmero que tino por el personal del ayuntamiento, y el comisario Prize, tras calibrar la altura máxima a la que había sido desvalijado el abeto, llegó a la conclusión científica de que el hurto era obra de unos niños. “O de unos enanos”, bromeó el tuerto Brody, que, a pesar de no tener demasiados motivos para hallarse cómodo en este mundo, siempre encontraba ocasión para ensayar chistes. El cielo estaba de un azul tirante y gélido.

Las señoras iban de aquí para allá, andando cuidadosamente sobre el piso nevado, todas ellas con bandejas, potes y moldes, entusiasmadas con aquel intercambio masivo de dulzura.

La señora Stevenson llevó un pastel de pacana y canela a la señorita Chester, que a su vez llevó una compota de arándanos a la señora Eliot, que a su vez llevó una tarta de dátiles de Siria al viudo Pemberton Murry. Como no hace falta decir, la señorita Coleridge, pionera del fenómeno, no dudó en hacer alarde de su arte, de modo que llevó un pastel de manzana a la señora Primrose, que padecía de tripas débiles; uno de ciruela a la señora Bartleby, que penaba a causa del estreñimiento; una mermelada de albaricoque y coco a las solteras Brigdeson y un bizcocho de pasas al párroco Heep, que había enviudado dos veces y se había desengañado de los amores terrenales.

Pero el diablo no duerme.

Unos tres años atrás llegó a Hasting Fields una dama sureña de piel tostada y labios abocinados, de unos sesenta años de edad, sobre la que no tardó en recaer el fardo de la murmuración. Circulaban leyendas turbias en torno a ella, propagadas a capricho, sobre todo por el señor Campbell, que la apodó la Caníbal, aunque lo cierto es que nadie dudaba a la hora de atribuir los frutos de su imaginación libre a aquella mulata esquiva y pomposa que alquiló la vieja mansión de los O'Reilly, en la colina lindante con el bosque de Capletton, y que se paseaba de mes en mes por el pueblo —siempre en compañía de una anciana sirvienta negra— en una calesa anacrónica y reluciente guiada por un negro de pelo cano y tirada por un potro alazán, aunque la dama jamás ponía un pie en el asfalto.

A todo el mundo le extrañó, pues, que la intrusa sureña, que se hacía llamar Madame Beaucoup, bajase aquel día festivo al pueblo, descendiera de su calesa y, seguida por su sirvienta achacosa, se dirigiese a la casa del señor Campbell, el jefe de Correos, para obsequiarle una tarta de tres chocolates, típica al parecer de Nueva Orleans.

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