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Liebre por gato

24-D

  • En la nueva entrega de la sección dedicada al microrrelato recogemos dos textos del escritor venezolano Luis Carlos Azuaje

Publicada el 05/01/2018 a las 06:00 Actualizada el 04/01/2018 a las 20:17
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El escritor Luis Carlos Azuaje.

El escritor Luis Carlos Azuaje.

La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Gemma Pellicer y Fernando Valls. En esta nueva entrega recoge dos textos del escritor Luis Carlos Azuaje.
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24-D
 
Ella estornuda. Él le larga su abrigo. Los dos traban una discusión sobre las bondades terapéuticas del cannabis. Ella saca un paquete contentivo de sendos tabacos, cuyo desodorante inunda las narices de él. Ella llueve elogios sobre el último libro de él y considera un insulto la inmundicia de quedar sólo como primer finalista. Increpan a los editores corruptos que se dicen imparciales. Ambos se miran lascivamente. El encuentro ha sido fortuito. Ninguno de los dos planeó verse en esa taberna, a esa hora. Ambos comparten el deseo que tienen de huir de sus casas y el gusto por la aventura. No hay culpa ni remordimientos. Nada igual que el impulso de desobedecer, nada igual que sentirse deseados nuevamente. La pierna de ella tropieza con el mesonero en un intento por acercarla a la de él. Éste, después de una aparatosa caída, logra ponerse de pie. Los comensales de la mesa de al lado echan de menos las bebidas que acaba de arrojar al suelo. Ella pide disculpas que no evitarán en nada el dolor de rodilla y el oprobio del mesonero, quien se marcha renqueando como herido de bala. Él aprovecha el episodio para invitarla a su casa, nadie lo espera a estas horas, afirma, los niños y su esposa debían estar en casa de su suegra disfrutando de unas hallacas en familia. Ella consiente la travesura aunque le inquieta la posibilidad de conseguirse con alguien más. Piden la cuenta y él hace alarde de su poder adquisitivo con una propina generosa que, sin embargo, sólo servirá al mesonero para comprarse un buen ungüento para la rodilla. Deciden irse en el carro de él para no levantar sospechas, a fin de cuentas, la taberna no queda muy lejos de casa. En el camino se deleitan con una entreverada lucha de caricias. Entran corriendo por la puerta de atrás y sin apenas descalzarse se propinan toda clase de mimos para terminar haciendo el amor en el suelo de la sala. Tras largas inspiraciones, los dos, meditabundos, comparten caladas de otro tabaco. Ella va a la cocina a buscar un poco de agua pero la luz sigue apagada. Prefirieron, y con razón, el ambiente de una tiniebla cómplice. Ella, sin embargo, llega sin problemas a la nevera y saca del frízer una rueda de pescado. Él le insiste que está bien de aventuras, que comer pescado un 24 de diciembre ya es demasiado, que se deje de tonterías y que saque el pernil que lleva horas macerando en salsa de ciruelas. Ella, visiblemente molesta, saca de la despensa la pimienta y le rocía al pernil hasta acabar con el frasco. Y recuerda, Agatha, nada de pimienta, dice él, me lo ha prohibido el médico.


 
En defensa de la digresión o lo que en realidad pasó después de Babel

Está permitido hacerlo cada cuarenta años (la cifra no es exacta) y ya el cupo de las próximas décadas lo ocupó con alevosía Roberto Bolaño. Fue así como me lo contaron: William Blake deshizo la palabra, la acorraló y le clavó una puñalada, la dejó tuerta, por eso guiña el ojo, esa y no otra es la palabra que tenemos, no hay que engañarse, la que dejó tuerta William Blake. Luego vino Lewis Carroll, habló de más, dijo lo que no debía, se le fue la lengua; después dicen que Lautréamont, pero en realidad fue Arthur Rimbaud, él la compactó, la hizo un amasijo de sombras y perplejidades. Luego, James Joyce, quien sólo fue James Joyce, para lo cual usó apenas dos palabras, ninguna con un significado claro, definido. Así hasta llegar a Julio Cortázar, quien se acostó con ella, la sedujo, la eternizó, la llenó de palabras a la palabra. Y Roberto Bolaño, que básicamente no dijo nada, nada importante, pero todos lo leímos con fruición buscando saber por qué la hipnosis. Y desde entonces anda tuerta, inapropiada, maldita, oscura, eterna y vaga, la palabra. Es todo lo que sé.

*Luis Carlos Azuaje (Maracay, Venezuela, 1983) es profesor de Lengua y Literatura. Tiene un máster en Filología hispánica (Madrid) y otro en Literatura Latinoamericana (Caracas). Ha sido incluido en antologías como Voces nuevas 2005/2006 (Celarg, Caracas, 2006); Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010); y en la Antología del taller literario Los moradores (El perro y la rana, Caracas, 2012). Es colaborador del suplemento cultural Contenido del diario El Periodiquito. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un doctorado en Ciencias Sociales en el IDES y es profesor de español para extranjeros.

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