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Los libros

¿Dónde está el Otro?

  • Al neoliberalismo no lo guía la razón, dice Han, sino una vesania que provoca tensiones destructivas que se descargan en forma de terrorismo o nacionalismo
  • "A la globalización le es inherente una violencia que hace que todo resulte intercambiable, comparable y, por ende, igual", defiende en La expulsión de lo distinto

Frans van den Broek Publicada 12/01/2018 a las 06:00 Actualizada 11/01/2018 a las 21:32    
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La expulsión de lo distinto
Byung-Chul Han

Traducción de Alberto Ciria

Herder Editorial

Barcelona
2017
  Buena parte de la actividad intelectual del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han se ha abocado a la tarea de analizar críticamente la sociedad moderna, desbrozando su estructura interna, en sentido ontológico y hasta metafísico, y diagnosticando sus enfermedades intrínsecas. Byung-Chul Han considera que el espíritu neoliberal imperante no solo afecta a las relaciones económicas y políticas, sino al conjunto de la sociedad en todos sus aspectos. En La expulsión de lo distinto se ocupa de analizar desde varias perspectivas la prevalencia de lo que llama el infierno de lo igual.


Según este filósofo la sociedad actual padece de la desaparición del Otro, esto último entendido no solo como la presencia de culturas o personas distintas al mundo occidental, sino como comprendiendo elementos culturales y espirituales que el sistema neoliberal ha hecho desvanecerse por su propia lógica. Dice al comienzo del libro: "El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo. Hoy, la negatividad del otro deja paso a la positividad de lo igual". El neoliberalismo necesita uniformidad y estabilidad, que permita el libre flujo de capitales y personas, y el consumo masivo de productos que se asemejan en todas partes por la globalización. De esta premisa fundamental extrae Byung-Chul Han varias conclusiones, todas referidas a la desaparición del otro en varios ámbitos. Afirma que lo que aqueja a la sociedad actual no es la represión, sino la depresión, que viene de dentro, causada por el imperio de lo igual. Al ser le hace falta la negatividad para adquirir plenitud óntica. Pero esta negatividad es un obstáculo para la sociedad neoliberal, por lo que se desvanece.

Byung-Chul Han atribuye violencia a la globalización: "A la globalización le es inherente una violencia que hace que todo resulte intercambiable, comparable y, por ende, igual. La comparación igualatoria total conduce, en último término, a una pérdida de sentido". Habría incluso una relación entre la violencia del sistema neoliberal y el fenómeno del terrorismo, según este filósofo. "El terrorismo es el terror del singular enfrentándose al terror de lo global". Los atentados terroristas abren una brecha en el alisado horizonte vital del neoliberalismo y lo confrontan con la muerte, que es una de las formas del Otro que la sociedad prefiere reformular en términos de positividad igualitaria. El neoliberalismo engendraría una injusticia de tal orden global que no puede sino generar una respuesta, bien en la forma de terrorismo o subjetivamente como depresión. En el sistema neoliberal imperarían la libertad y la capacidad de elección, pero en el fondo relega a la invisibilidad a todo aquello que no se ajuste a sus necesidades. En palabras de Byung-Chul Han: "Construye un «apóptico», una construcción basada en una «óptica excluyente» que identifica como indeseadas y excluye por tales a las personas enemigas del sistema o no aptas para él". El universo digital en el que vivimos no ha hecho sino aumentar esta ilusión de libertad, a la vez que la reduce al nivel del "me gusta" de las redes sociales, alentada por la hipercomunicación y el hiperconsumo.

El neoliberalismo se presenta a menudo como el desarrollo lógico de la Ilustración, esto es, como el resultado feliz del uso de la razón, en contraste con la irracionalidad medieval o el barbarismo de sociedades no desarrolladas. Pero Byung-Chul Han piensa lo contrario. No lo guía la razón, nos dice, sino una vesania que provoca tensiones destructivas que terminan descargándose en forma de terrorismo o nacionalismo. Al nivel del individuo se exige cada vez más autenticidad, pero esta autenticidad está muy lejos del sí mismo que asume su existencia en codependencia con el otro en todas sus formas. Es una autenticidad que debe encajar en el engranaje del neoliberalismo y su necesidad de producción. El imperativo de la autenticidad, nos dice este filósofo, fuerza al yo a producirse a sí mismo y a configurarse una imagen superficial que elimine el otro de nuestra subjetividad. Incluso la costumbre tan extendida de hacerse selfies es cuestionada por este autor: "La adicción a los selfies no tiene mucho que ver con el sano amor a sí mismo: no es otra cosa que la marcha en vacío de un yo narcisista que se ha quedado solo. En vista del vacío interior uno trata en vano de producirse a sí mismo".

Hasta la muerte desaparece de nuestro horizonte vital. Inspirado en Heidegger, Byung-Chul Han considera a la muerte elemento imprescindible de la verdadera existencia auténtica, por cuanto la muerte inscribe en el ente la negatividad del misterio, de lo radicalmente distinto, del abismo insondable. "En los tiempos actuales, que aspiran a proscribir de la vida toda negatividad, también enmudece la muerte. La muerte ha dejado de hablar", escribe. Nos recuerda Han que la experiencia auténtica de la vida requiere de la experiencia del umbral hacia lo radicalmente otro, como en los ritos de iniciación o la experiencia del arte, de lo sublime. Pero ahora con el internet nos hemos vuelto turistas, pasajeros superficiales que solo rozan los contornos del umbral o lo pierden de vista. El ser humano ya no habita umbrales, algo que implica la experiencia del dolor y de la transformación. Los turistas en que nos hemos convertido no atraviesan umbrales de transformación. Más bien viajan por el infierno de lo igual, sumergidos en el universo de la hipercomunicación, en el que todo se mezcla con todo. Hasta las fronteras entre lo interno y lo externo se difuminan, hoy estamos convertidos en una "pura superficie de absorción y reabsorción en las redes de influencia".

Ahora que el marxismo se ha perdido como punto de referencia filosófico y político, y que el régimen neoliberal impera globalmente, la explotación ya no es solo apropiación de las fuerzas de trabajo, alienación y desrealización de sí mismo. La explotación se experimenta como libertad, autorrealización y autooptimización. Ya no existe el explotador de manera evidente, quien se apropia de nuestras fuerzas de trabajo para su propia ventaja, sino que el individuo se explota a sí mismo, en la creencia de que haciendo esto se realiza.

En el mundo digital hasta los objetos han perdido su gravedad, su pesadez óntica como contrapeso a la subjetividad. No replican con su presencia entitativa, han dejado de ser, como remarca este escritor, obicere: "De ellos no viene ninguna resistencia. La desaparición de lo contrario se produce hoy en todos los niveles. El «me gusta» se opone al obicere. Hoy todo reclama el «me gusta». La ausencia total de lo contrario no es un estado ideal, pues sin lo contrario uno sufre una dura caída golpeándose consigo mismo. Dicha ausencia conduce a una autoerosión". En el universo digital del neoliberalismo, que Han llama panóptico digital, no existe la perspectiva, pues la vigilancia se da desde todas las perspectivas, y se elimina el misterio y presencia de las otras subjetividades. La hipercomunicación no pone en contacto a personas, cuya presencia real supone negatividad constitutiva de la propia, sino a fantasmas iguales cuya interioridad ha perdido profundidad y misterio, y se ven iluminados desde todas partes, incluso desde dentro. El yo que requiere el neoliberalismo no está más cerca del otro, al contrario. La voz del otro se encuentra con la esfera impermeable del ego, que está cada vez más ensimismado. "La sobrecarga narcisista que caracteriza el centrarse en sí mismo nos vuelve sordos y ciegos para el otro. En el ruido digital de lo igual hemos dejado de percibir la voz del otro. Es decir, nos hemos vuelto resistentes a la voz y a la mirada".

Hasta el arte se ve afectado en una cultura del "me gusta", volviéndose complaciente. El arte, dice este autor, tiene su hogar en lo inhóspito, y debe abrir la percepción a lo otro, al prójimo, a lo distinto e inquietante. Pero el arte actual, inscrito en una línea uniforme de producción, se transforma en entretenimiento superficial. El misterio propio del arte, su focalización en el otro, se pierden, ya que el sistema neoliberal centra la atención en el ego y en lo igual, y pone el énfasis en la autoproducción. El ser sí mismo significa una carga ontológica y el neoliberalismo incrementa esta carga hasta lo desmesurado, con el objetivo de maximizar la productividad. De donde los fenómenos del burn out y la depresión también, pues el individuo, que se cree libre, está sobrecargado por la exigencia de producción y la hipercomunicación y el hiperconsumo.

Byung-Chul Han no propone alternativas claras, en sentido político, al infierno de lo igual, pero recalca las virtudes del acto de escuchar. En un mundo centrado en el ego productivo y olvidado del otro, la escucha se plantea como un acto que quiebra el encierro subjetivo del individuo: "Escuchar no es un acto pasivo. Se caracteriza por una actividad peculiar. Primero tengo que dar la bienvenida al otro, es decir, tengo que afirmar al otro en su alteridad. Luego atiendo a lo que dice. Escuchar es un prestar, un dar, un don". Para poder experimentar la vida con plenitud no se puede evitar la conmoción, la vulnerabilidad existencial. Y escuchar, esto es, abrirse al otro, nos expone a la conmoción, nos hace vulnerables. Este filósofo parece querer decirnos que al sistema neoliberal solo se le puede hacer frente con la apertura y la escucha del ser en su totalidad, sin cortapisas o escamoteos. Abriéndose al misterio, al peligro, a la voz del prójimo que nos hace ser lo que somos.

*Frans van den Broek es escritor.

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