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Los libros

Otro callejón del Gato

  • Gracias a la técnica de la caricaturización, Jesús Tíscar Jandra pone su dedo narrativo en la llaga de una sociedad enajenada, demencial, enloquecida
  • La japonesa calva se propone, bajo el paraguas de la novela negra, un discurso narrativo y social crudo, no exento de verdad en su desproporción

Juan Carlos Sierra Publicada 12/01/2018 a las 06:00 Actualizada 11/01/2018 a las 20:18    
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La japonesa calva
Jesús Tíscar Jandra

Edaf
Madrid

2017

Con su última novela La japonesa calva, Jesús Tíscar Jandra (Jaén, 1970) se ha hecho con el XXI Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe. Como en toda novela negra que se precie, en esta hay asesinatos –un par de ellos—, una bien medida dosis de violencia, algún que otro psicópata –aflamencado y sin mucho convencimiento, en este caso—, investigaciones –bastante rudimentarias, a decir verdad—, su pizca de angustia, intriga y suspense,… En fin, todos los ingredientes básicos que condimentan una novela de género. Con estos mimbres estaríamos hablando sin más de una obra canónica y algo trillada que probablemente no merecería premio alguno. Sin embargo, La japonesa calva es una novela negra y algo más.


Ese extra que hace de esta obra una especie de rara avis dentro del género hay que buscarlo en los riesgos que asume Jesús Tíscar Jandra, especialmente en lo referente al estilo. Del escritor jienense solo conocía hasta ahora La camarera que me escupía en los chupitos de whisky (y otros 15 relatos pellejos), una colección de cuentos que en su momento me fascinó por el ambiente canalla que los sobrevuela, pero sobre todo por la frescura y agilidad de la prosa en que están narrados. Esta impresión se confirma y, en cierto sentido, se amplifica en La japonesa calva, donde el escritor, en estado de gracia y en la cima excepcional de su hasta ahora madurez narrativa, se explaya en una prosa sin complejos, atrevida, audaz, creativa, anárquicamente fluida; una prosa que en un primer momento puede descolocar al lector, pero que inmediatamente lo atrapa en su fraseo algo demencial pero eficiente, al tiempo que lo sorprende por su alto voltaje expresivo.

Algo similar ocurre con la estructura elegida por Jesús Tíscar Jandra para construir su novela: las piezas de este puzle narrativo, que en un principio pueden desorientar al lector por su dispersión, van encajando según avanza la novela hasta construir un artefacto literario bien medido y ajustado, bien desarrollado y perfectamente cerrado, en el que no sobra ni falta nada.

Otro de los aspectos llamativos de La japonesa calva hay que buscarlo en los personajes que habitan este edificio narrativo construido por Jesús Tíscar Jandra, mucho más degradado de lo que suele ser habitual en las novelas de su género. La niñaca Melisa Benítez, Rafael Lendínez, Luciana Crespillo, Cobriza Pemberton, Franco Baena o Kazumi Kuriwako, los personajes más sobresalientes de esta novela, forman parte de un estrato social varios escalones por debajo del fracaso y las derrotas más comunes, un submundo de desgraciados y de tarados esperpénticos.

Es precisamente este adjetivo, adscrito a la tradición valleinclanesca, el que mejor puede definir tanto a estos personajes como a la novela en su conjunto, coherentemente reflejado además en la prosa elegida por el autor para desarrollarla. Todo en La japonesa calva se encuentra deformado, todos los personajes y las situaciones que provocan o en las que se ven envueltos se han reflejado literariamente en el espejo cóncavo del callejón del Gato para desatar el lado grotesco de la realidad, una estrategia como otra cualquiera de poner delante del lector una imagen no menos verdadera de la sociedad.

Y aquí se halla probablemente el mérito más destacado de la novela de Jesús Tíscar Jandra. Gracias a esta técnica de la caricaturización, del órdago literario a lo grotesco, el autor pone su dedo narrativo en la llaga de una sociedad enajenada, demencial, enloquecida, que además no parece tener mucha intención de hacerse consciente de su anormalidad. La mirada del novelista pasea por las miserias morales de quienes han reventado las costuras sociales –cada uno a su manera— y, en un plano más subjetivo, se da una vuelta por las periferias de cada uno de nosotros, esos barrios degradados que encierran las capas más profundas y ancestrales de ese submundo inquietante y fascinante que cada uno habita –ignorándolo o disimulándolo—.

En definitiva, en La japonesa calva se propone bajo un paraguas de género, el de la novela negra, un discurso narrativo y social crudo, extremo, cruel, pero no exento de verdad en su desproporción. Una suerte de aviso a navegantes ciegos.

*Juan Carlos Sierra es profesor de Literatura. 

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