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¿Sirvió para algo?

  • Karla Suárez recoge muchos de los instantes en que Cuba se sentía actor principal de la Historia: el Che, la Zafra de los diez millones, la alianza con la URSS...
  • Ernesto, protagonista de El hijo del héroe, termina viviendo en Berlín y Lisboa, pero su existencia no logra desprenderse de la nostalgia de la isla

Publicada el 19/01/2018 a las 06:00 Actualizada el 19/01/2018 a las 11:48
El hijo del héroe
Karla Suárez
Editorial Comba
Barcelona
2017
  “Un bosque es un lugar adonde tu papá te lleva para que nunca te olvides de inventar historias y de creer en ellas”, escribe Karla Suárez en El hijo del héroe (Editorial Comba, 2017). Yo acabo de añadir la historia contada en esa obra por Karla Suárez a la balda de mi biblioteca reservada a los autores cubanos. El hijo del héroe es una buena novela, de las que me gustan, las que enhebran el relato de las andanzas de individuos con el retrato de un lugar y un tiempo relevantes.

Ernesto, su protagonista, es el hijo de un ingeniero cubano muerto en la guerra de Angola. Karla Suárez nos cuenta su vida en el último tercio del siglo XX y el arranque del XXI, siempre bajo la sombra de aquel héroe que fue su padre y con el tormento de una pregunta: ¿qué carajo hacían los cubanos en la guerra de Angola?

“En mi país comimos, almorzamos y desayunamos con la Historia”,  reflexiona Ernesto en un determinado momento. Karla Suárez recoge muchos de los instantes en que Cuba se sentía actor principal de la Historia: el Che, la Zafra de los diez millones, la alianza con la Unión Soviética, el resuello amenazante de Estados Unidos, la llegada de Gorbachov, la última batalla angoleña en Cuito Cuanavale, la ejecución del general Ochoa, la visita de Mandela en 1991…  Ernesto crece en ese ambiente. Su padre y su madre están convencidos “de ser parte del proceso de construcción de una nueva sociedad, incluso de un nuevo mundo”. Luego, durante su relación amorosa con la peruana Renata, irá descubriendo que la mayoría del resto de la humanidad no comparte esa visión febril y épica. Renata le revelará que “en Cuba nos habían inoculado la enfermedad de sentirnos en peligro”.

Ernesto termina viviendo en Berlín y, después, Lisboa, pero en estas dos ciudades europeas su existencia, como la de la mayoría de sus compatriotas expatriados, no logra desprenderse de la nostalgia de Cuba. Ni tampoco de la sensación de que las muchas esperanzas despertadas por la revolución terminaron transformándose, por tales o cuales razones, en tristes realidades. “¿Sirvió para algo?”, se preguntará Ernesto en una conversación en la azotea de su casa habanera con su amigo Lagardere, cuando ambos ya son adultos.

Berto, un cubano de la generación de su padre que también estuvo en Angola, es el gran descubrimiento de Ernesto durante su estancia en Lisboa. Ernesto se siente fascinado por este veterano que le dice que todas las guerras juntan varias verdades diferentes, pero que ninguna de ellas merece que los seres humanos se líen a tiros. Pero también sospecha que si Berto habla así es porque, a diferencia de su padre, el héroe, él es un desertor.

La novela tiene un final sorprendente, en el que el padre de Ernesto resulta ser un héroe, sí, pero de distinta naturaleza que el del relato oficial. Entretanto, Karla Suárez, nacida en La Habana en 1969 y actualmente vecina de Lisboa, nos ha contado unas cuantas historias sabrosas de amores y desamores personales y de esperanzas y decepciones generacionales. También nos ha regalado viajes a La Habana, Berlín y Lisboa. Y todo ello con buena prosa.

*Javier Valenzuela es periodista y escritor. Su último libro, Limones negros (Anantes, 2017). 

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