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Los libros

Poesía en la ruta

  • En Ruta Dos, Daniel Calabrese llama a un viaje, a un viaje por una ruta, un largo viaje por alguna de esas extensas carreteras contemporáneas
  • Existe un tono vital común a la totalidad de los poemas, una oscura melancolía que se alza a partir de ese ir y venir incesante, un tono de desencanto

Pedro Gandolfo Publicada 19/01/2018 a las 06:00 Actualizada 18/01/2018 a las 18:34    
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Ruta Dos
Daniel Calabrese

Visor
Madrid

2017
  Daniel Calabrese presenta en Ruta Dos una poesía resuelta, sólida, eficaz. Se diría que ella fluye con la gran espontaneidad y arrojo de un gran río, metáfora sobre la cual, por lo demás, este poemario recurre en varias ocasiones.

Ruta Dos es un libro que, en primer lugar, sorprende agradablemente por su unidad y, sobre todo, por la manera en que logra esa unidad. En efecto, sin ser un poema largo, ya que está compuesto por muchos poemas que poseen autonomía y valor propios, al lector le queda claro que, bajo la clave de una lógica poética, es un solo poema. Esta unidad —que va por detrás de la dispersión del texto— se logra, desde luego, por la apelación exterior a un viaje, a un viaje por una ruta, un largo viaje por alguna de esas extensas carreteras contemporáneas. Ruta Dos, desde su título, plantea su poética situada en ese locus, que no es un lugar quieto e inmóvil, sino lo que queda a la vista por el tránsito mismo. La obra está, según esa lógica, estructurada en dos tramos, y en los nombres que preceden cada poema —muchas veces pistas que indican un norte para buscar una interpretación— y en sus versos Calabrese coloca hábilmente referentes reconocibles de una ruta caminera. De ese modo va tejiendo la urdimbre que le concede unidad semántica al poema.  Ese ámbito se ve reforzado por un talante, por un tono vital común a la totalidad de los poemas, una oscura melancolía que se alza a partir de ese ir y venir incesante por la ruta, un tono de desencanto, lucidez y delicada observación.

En el poema inicial —"Método para calcular el tiempo"— señala: "Los que viven a este lado de la ruta/ saben de compensaciones;/ cada vez que alguien pasa rumbo al Sur/ anotan la hora exacta/ y dejan caer una piedra en el vacío del ser.// Quienes viven del otro lado/ conocen la polaridad:/ cada vez que alguien pasa en sentido contrario/ anotan lo mismo,/ la hora exacta/ pero sacan una piedra del vacío del ser.// Así unos llenan su vacío/ y otros lo despejan.// Cada cierto tiempo, los que han llenado su vacío/ cruzan por el puente viejo (que era nuevo)/ y esperan con paciencia/ a que pasen los regresadores del Sur,/ uno tras otro,/ hasta que el vacío es total". Este poema pone en ejercicio uno de los recursos que Calabrese emplea con mayor lucimiento, lo que podría llamarse una "paradoja poética": la contabilidad de los que pasan de ida y de vuelta, que se suma, es un símbolo del tiempo vacío que morosa y monótonamente se diluye, una resta. La muerte y la condición irremediablemente herida del hombre son otros temas recurrentes que refuerzan ese talante gris y melancólico. Así, en "Vidas privadas", expresa: "La muerte es pan de cada día./ El veintiséis de marzo, por ejemplo,/ se quebró la última copa de aquel juego italiano.// Al llegar el invierno perdimos una caja/ y en su vientre/ se fue una antigua foto de mis padres.// La muerte es a cada momento./ Hace un año murió el perro de la casa/ y recién ayer me di cuenta.// Todos los días muerte./ Un choque enterró lo que pensaba/ de ciertos obstáculos./ La botella se agota y se recarga/ como en los peores sueños,/ se agota y se vuelve a llenar cuando/rebasamos el pequeño humilladero/ que todos llevamos dentro".

El tercer elemento que otorga unidad a este poemario es formal, lo que podría llamarse un estilo. Calabrese emplea los recursos poéticos tradicionales forjando un verso fuertemente rítmico, cadencioso, con un régimen de cortes, cesuras y encabalgamientos, de pausas y acentuaciones que parecen provenir del habla y de la cultura popular. El nudo formal de sus versos se establece en torno a una ilación poética paradojal. Con un buen manejo de los ilativos, Calabrese crea poemas que poseen una coherencia engañosa, porque no es la de la lógica, sino la de un discurso poético que se teje a partir de imágenes afines y palabras que resuenan entre sí como lejanos ecos y que dejan flotando deliberadamente un sentido abierto e intrigante. Hay poemas que, incluso, adoptan la forma de un acertijo o adivinanza (como el poema "Bocas", por ejemplo), pero en todos se encuentra presente una subversión coherente del sentido y esa singular manera de crear una lógica paradojal sobre la base de un giro extraño o remate inusual en los versos finales. Calabrese, que en escasas oportunidades se deja arrastrar por el caudal de una retórica grandilocuente, como en el poema "Velocidad máxima", mantiene así un control y contención firmes sobre su decir, produciendo poemas altamente logrados como "En rodaje" o "El hombre, de a poco".

Calabrese obtuvo por unanimidad el Premio Revista de Libros de El Mercurio en Chile, entre 511 libros inéditos, con un jurado integrado por los prestigiosos poetas Raúl Zurita, Óscar Hahn, y el académico César Cuadra. La edición de Visor lleva prólogo de Zurita.

*Pedro Gandolfo es crítico literario. 
 
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