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Los libros

Valente: tradición de tradiciones

  • Este libro quizá represente el empeño más completo por presentarnos la vida, la obra y la formación de uno de esos escritores del mediosiglo
  • Aunque su obra forme parte, sobre todo, de nuestro sistema literario, su empeño consistió en desarrollarse e inscribirse en una tradición intercultural

Publicada 26/01/2018 a las 06:00 Actualizada 25/01/2018 a las 19:16    
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Valente vital (Magreb, Israel, Almería)
Claudio Rodríguez Fer, Manuel Fernández Rodríguez y Fernando García Lara

Universidad de Santiago de Compostela
Santiago

2017

Este es el tercer y último volumen de una serie que lleva el título general de Valente vital, coordinada por Claudio Rodríguez Fer, responsable de la Cátedra que lleva el nombre del poeta en la Universidad de Santiago. En las dos entregas anteriores, publicadas en el 2012 y el 2014, se estudiaba la relación del escritor con Galicia, Madrid, Oxford, Ginebra, Saboya y París, siguiendo los pasos contados de su biografía, mientras que en esta nueva entrega nos acerca a su vinculo con el Magreb, Israel y Almería.


Me gustaría empezar destacando lo que de singular tiene el presente proyecto, pues los seis artífices de los volúmenes intentan aunar, con buenos resultados, el relato de la vida del autor, la relación de su existencia con la obra literaria y ensayística, con los correspondientes y oportunos análisis (véanse, por ejemplo, los numerosos comentarios sobre Tres lecciones de tinieblas), y su vinculación a diversas tradiciones culturales y literarias. No en balde, Valente vivió, en diversos períodos de tiempo, en Inglaterra, Suiza, Francia y Estados Unidos. Hablaba varias lenguas, podía leer en algunas más, y estaba familiarizado con diversos aspectos no solo de la cultura occidental, sino también de la oriental. Pero, además, a su interés por la literatura se sumaba el conocimiento profundo de la historia del pensamiento; de las artes, en especial de la pintura (tanto el anagrama de la serie, obra de Tàpies, como las obras que se reproducen en las cubiertas de los libros, de María José Santiso, Baruj Salinas y Lola Valls, respectivamente, valen como homenaje al poeta), de la música y del urbanismo. Y aunque su obra forme parte, sobre todo, de nuestro sistema literario, de la literatura española, donde ha tenido reconocimiento y presencia, su empeño consistió en desarrollarse e inscribirse en una tradición intercultural, transversal, que incluyera el mundo hispánico, pero también la literatura europea y oriental, tanto clásica como moderna, en la línea de Guénon; en la integración, en suma, de distintos saberes.

Este nuevo volumen está compuesto por tres capítulos. El primero, obra de Rodríguez Fer, se titula “Del Magreb a Israel: Semillas semitas”, quien pone de manifiesto su vinculación con la cábala judía, el sufismo y la tradición mística islámica, que tanto fecundaron su obra, proporcionándole perspectivas nuevas y haciéndola más compleja y sugestiva, pues en ellas aprendió a interrogarse por el lenguaje o por la condición de exiliado. Para Valente, como para Roberto Bolaño, por recordar un ejemplo posterior, más reciente, todo escritor —por el mero hecho de serlo— es un  exiliado.

El trabajo de Manuel Fernández Rodríguez, “Las vías de la cábala y el sufismo. Dos movimientos, una quietud”, enlaza en algunos aspectos con el anterior, y podría decirse que en sí mismo es un libro, pues ocupa casi trescientas páginas. Y siendo sobresaliente, a veces me parece que se excede, como cuando se remonta a los orígenes de la cábala para explicar lo que representa en la obra de Valente, lo que resulta a todas luces innecesario. El caso es que nos lo presenta como un escritor –un poeta del pensamiento— propenso a la reflexión sobre el lenguaje (según él, un medio de conocimiento y una práctica para desvelar la realidad, la identidad múltiple, en la línea del Zohar), al análisis crítico de la Historia (la poesía intenta poner de manifiesto lo que la Historia no consigue registrar), y a la defensa y el diálogo con los heterodoxos. Se ocupa de tantos y tan diversos asuntos, todos ellos importantes en la trayectoria de Valente, que solo podemos limitarnos a apuntarlos: la cortedad del decir, o la estética de la retracción; el arte del disimulo; la concepción del libro como objeto, en la estela de la cábala; la poética del silencio, cargado de sentido; la importancia y significado de las figuras angélicas; la soledad como propiciadora de la creación; la relación de la mística con el erotismo; la obligación del intelectual, y Valente lo fue, de remover lo establecido; la lectura en clave judía de clásicos como Kafka, Rimbaud, y la más forzada, diga lo que diga el gran Belamich, de Lorca; el exilio como la condición humana llevada al extremo; la idea de la oscuridad como iluminación; la convergencia desde la raíz de las experiencias sufíes y cristianas, místicas y poéticas; y, por último, la idea de la narración como trama sostenida, tejido, y sueño, tal y como la concibieron los primeros románticos alemanes, con Novalis a la cabeza, más que como mera trama.

El libro se cierra con un trabajo que me resulta especialmente emotivo, y que aparece sobriamente titulado “Almería 1985-2000”, obra de Fernando García Lara. Aquí se relata con minuciosidad ejemplar cómo llega Valente a la provincia, su descenso al sur, tras habitar ciudades de frío, lluvia y niebla, las relaciones que establece  con sus gentes y paisajes, así como su renovado interés por el cante jondo y su colaboración con varios fotógrafos, en especial con Manuel Falces. Pero, además, las fotos que le hizo Luis Matilla, en la casa que habitó, proporcionándole toda una simbología de casa alquímica (las estancias, la escalera de caracol, el patio de luces, el sótano con parte de la biblioteca y el terrado con la Alcazaba al fondo), figuran entre las mejores que existen sobre el autor. Pero quizá la mayor aportación de Valente a la cultura de esta provincia, Almería fue para él “la ciudad celeste”, consistió en presentárnosla de manera distinta: a través del cielo, la luz, el desierto, las dunas, la aridez del paisaje del cabo de Gata, pero también del gusto por el buen vivir, junto con la amabilidad, la resignación e indolencia de sus ciudadanos. A lo que habría que añadir que hizo todo lo posible por recuperar la memoria de la ciudad y por la conservación de su privilegiado entorno.

En suma, en estos trabajos, sobre todo en el segundo de ellos,  podemos reconstruir su bien surtida biblioteca y apreciar sus numerosas lecturas, tras haberla estudiado Fernández Rodríguez. Resulta casi un milagro que haya podido conservarse en buena parte, a pesar de tantos viajes y cambios de domicilio como realiza el poeta. Las constates referencias a los libros consultados nos proporcionan, por último, buenas pistas sobre sus inquietudes e intereses.

Así las cosas, tengo la impresión de que Valente se muestra más cómodo con el pasado que con el presente, aunque este nunca lo elidiera; buena prueba de ello fueron sus denuncias constantes a propósito del papel de las autoridades españolas desempeñaron ante el drama de la emigración a través del Mediterráneo y del conflicto racista de El Ejido (Almería). O las pendencias que sus artículos desataron, sobre todo durante los últimos años de vida, tanto en la prensa local como en la nacional, y –por último— en su defensa abierta del pueblo palestino. Valente fue, en el ámbito de las relaciones privadas y en sus actuaciones públicas, un gran polemista (José Luis Pardo tachó sus opiniones de valentías), lúcido las más de las veces, pero a menudo también arbitrario y obcecado. Muestra de  ello sería su finalmente torcida amistad con María Zambrano y José-Miguel Ullán.

El libro es, en suma, excelente; el trabajo de documentación, impresionante, y los análisis de las situaciones y obras, precisos, si bien algunos anglicismos y galicismos –es pecata minuta, lo sé, chincherías—, o expresiones a la moda del día (el ya –por lo visto— inevitable evento, expresiones como una suerte de..., el uso de puntual por concreto, conformar por componer) tiñen en ocasiones contadas la prosa. Y en este sentido, quizá lo más chocante en los dos primeros trabajos, sea el vano empeño por reducir la condición del gran escritor a autor gallego u orensano (siempre escriben ourensano), llamando la atención que nunca se le considere un escritor español, tras mostrárnoslo universal. No creo que esta reducción le hubiera hecho gracia a Valente, por muy gallego que en algún momento llegara a mostrarse, a menudo entre burlas y veras... Además, se echa de menos un índice de nombres, imprescindible para la consulta ágil de estos volúmenes.

Pero lo importante, al fin y a la postre, es que este libro, el conjunto de la serie, quizá represente ya el empeño más completo realizado hasta la fecha por presentarnos la vida, la obra y la formación intelectual de uno de esos escritores que empezaron su andadura literaria durante el mediosiglo. Y, además, pone unas sólidas bases y abre nuevas perspectivas para seguir indagando en el estudio de su obra, de su biografía cumplida.

*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.
 
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