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Los libros

De cristales y puertos

  • Con Mercedes Pinto y María Cegarra, la Editorial Torremozas continúa con su labor de recuperación poetas españolas de finales del siglo XX
  • Una, viajera y republicana; otra, arraigada a su tierra y conservadora. Las dos tienen en común un interés por la poesía, quizá “para ver en la llama la luz, negar la gravedad, y crear para creer”

Sofía González Gómez Publicada 02/02/2018 a las 06:00 Actualizada 01/02/2018 a las 19:10    
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Cantos de muchos puertos
Mercedes Pinto

Torremozas
Madrid

2017

Cristales míos
María Cegarra
Torremozas
Madrid
2017

La Editorial Torremozas continúa con su labor de recuperación de obras publicadas a finales del siglo XX por poetas españolas que, en su momento, tuvieron cierta relevancia en el campo cultural nacional y transatlántico, dentro del periodo conocido como Edad de Plata. Pese al olvido al que han sido relegadas muchas de sus protagonistas, recientemente se están llevando a cabo empresas culturales cuyo fin es reivindicar sus voces.

Fran Garcerá, especialista en poesía escrita por mujeres en la etapa antes referida, se ocupó en 2016 de la edición de Pez en la tierra (1932), libro de poemas de Margarita Ferreras editado por primera vez en la imprenta de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, y este año ha hecho lo mismo con Canto de muchos puertos (1931), de Mercedes Pinto, y con Cristales míos (1935), de María Cegarra Salcedo. Se trata, en los casos de Pinto y Cegarra, de dos ediciones en cuyos títulos se entreveran las coordenadas a través de las cuales discurrirán los motivos poéticos cultivados por las autoras. Los prólogos, al contrario de lo que suele ser habitual, no ejercen de paratextos con fines comerciales, sino que son necesarios, en el sentido de que, sin ellos, poco sabríamos de unos nombres que hoy resultan prácticamente desconocidos. Mercedes Pinto se exilió de España durante la dictadura de Primo de Rivera (pronunció un discurso titulado “El divorcio como medida higiénica” en la Universidad Central, que generó controversia) y vivió nómada entre diversos países hispanoamericanos; María Cegarra permaneció en La Unión (Murcia) toda su vida, declinando las varias invitaciones que su amiga la escritora Carmen Conde le hizo para que se mudara a Madrid con el fin de dejar su trabajo como auxiliar de Física y Química en la Escuela Superior de Trabajo de Cartagena y dedicarse por completo a su carrera literaria.

El relato de la vida de Mercedes Pinto que nos ofrece Fran Garcerá, acompañado por un anexo fotográfico en el que se establecen algunas redes culturales, es apasionante, y gracias a su lectura es posible hallar las huellas de las vicisitudes que sufrió la poeta a lo largo de los 27 textos que componen el volumen. Canto de muchos puertos es un libro cuyos poemas construyen una biografía física y sentimental. En muchos se indica la ciudad de su escritura, adenda a veces metafórica: “En el Puerto del destino…”, “En el Puerto de una emoción…”, etc., y la mayoría habla del viaje, con un estilo que entronca con la tradición de poetas coetáneas como Concha Espina. El poema que abre el libro, “Éxodo”, es un lamento por sus circunstancias particulares, tanto por inestabilidad geográfica como por el fallecimiento de su hijo mayor, o sea, “el viento feroz de la desgracia” para ella. El tono va ganando en optimismo progresivamente. Por ejemplo, “Patria” es un alegato a la valentía por encarar las mudanzas, en detrimento de la queja por alejarse cada vez más de su Canarias natal (“La patria es la que tiende / la mano al caminante”), motivo recurrente que aparece en abundantes poetas, como Félix Grande, quien sentenció en Las rubáiyátas de Horacio Martín de manera similar: “yo no he llamado patria más que a ti y al idioma”. Hay poemas algo melodramáticos, como “El emigrante”, con cierta recurrencia a la exclamación, pero también hay piezas ligadas a la métrica clásica muy logradas.

  A Cristales míos lo precede un prólogo de Ernesto Giménez Caballero —sorprende que no se indique en la cubierta— en el que habla de su vinculación con La Unión, de su amistad con María Cegarra, y en el que se esbozan los rasgos de los poemas, que clasifica como epigramas clásicos. El libro está compuesto por un conjunto de poemas y aforismos (“La imaginación es el boceto de una ignorancia”) y las, a mi parecer, más interesantes partes “Poemas de laboratorio” y “Otros cristales”, además de un dossier con fotografías de la autora. “Otros cristales” es un anexo que recopila imágenes de poemas manuscritos entre 1932 y 1935, con su correspondiente transcripción. Pertenecen al archivo personal de Carmen Conde, hoy conservado y catalogado en el Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver (Cartagena, Murcia). El valor de la poesía de Cegarra reside en que nos ofrece un código lingüístico muy personal, fruto del esfuerzo por hacer de un léxico tan denotativo como el científico un florilegio de connotaciones que buscan la poiesis y la abstracción (“La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación”, por ejemplo).

Dos poetas, Mercedes Pinto, viajera y republicana; María Cegarra, arraigada a su tierra y conservadora, que tienen en común un interés por la poesía, quizá “para ver en la llama la luz, negar la gravedad, y crear para creer”, como decía Cegarra en un texto suyo, en un contexto sociocultural que hacía complicadas las trayectorias literarias de las mujeres. Y, en fin, cabe preguntarse, citando a Cegarra si acaso “¿Es más fuerte el silencio que la voz?”.

*Sofía González Gómez es escritora e investigadora predoctoral en el CCHS-CSIC. 
 
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