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El cuento de todos

Otro cuento de Navidad

  • "Tenía una gran curiosidad por todas las cosas que el ser humano producía y con las cuales comerciaba a través de sofisticados programas y aplicaciones informáticas. Le fascinaba especialmente Amazon, que consideraba una especie de resumen general de la historia y del mundo"
  • Aroa Moreno Durán cierra el relato construido por Manuel Vilas, Use Lahoz y Marcos Giralt Torrente

Manuel Vilas | Use Lahoz | Marcos Giralt Torrente | Aroa Moreno Durán Publicada 02/02/2018 a las 06:00 Actualizada 01/02/2018 a las 17:46    
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La escritora Aroa Moreno Durán.

La escritora Aroa Moreno Durán.

(Comienza Manuel Vilas.)

No era un recurso para sentirse menos solo cuando llegaba la noche, en absoluto. Sentía una auténtica fascinación cuando entraba en las páginas web de grandes tiendas que solo vendían por internet. Tenía una gran curiosidad por todas las cosas que el ser humano producía y con las cuales comerciaba a través de sofisticados programas y aplicaciones informáticas. Le fascinaba especialmente Amazon, que consideraba una especie de resumen general de la historia y del mundo. Tal vez el mito de la abundancia inacabable. El mito de El Dorado reinventado. O el mito de la Arcadia. O el mito del Paraíso Terrenal.

A veces Amazon le defraudaba. Eso ocurría cuando en tiendas de la ciudad encontraba en determinados productos los mismos precios o incluso más baratos que en Amazon. Eso le sumía en un estado de tristeza profunda, y eso le acababa de ocurrir con un pack de agua de colonia para hombre más loción para después del afeitado de Calvin Klein. En las cadenas de Tjmax, en la tienda correspondiente a Iowa City, había encontrado ese pack a 26,99 dólares. El mismo pack estaba en Amazon a 35,99 dólares. Sintió un quebranto especial. Nunca pensó que Amazon le pudiera fallar de esta forma. Era como si le abandonara la mano de su propio padre.

Estaba en Iowa City con una beca del International Writing Program, una beca de tres meses de duración, tres meses en donde los escritores invitados se dedican a escribir y a acudir a eventos relacionados con la literatura. Había treinta escritores más con él. Aunque hablaba inglés (lo aprendió en Manchester trabajando de camarero) era la primera vez que estaba en Estados Unidos.

Llevaba un cuaderno, una especie de diario, donde anotaba sus pensamientos. Había anotado esto “en mí la pobreza se acerca tanto al sentimiento de desolación como a la necesidad de fornicar, la necesidad de posesión o de placer, de hacer el amor, aunque no sabría concretar más este ansia”.

La mañana la pasaba explorando todos los departamentos de Amazon.

Había contratado el servicio prime de Amazon, y lo había conseguido gratis durante los primeros 30 días. El servicio le aseguraba que la entrega de sus pedidos se producía en 48 horas. Pensó: “48 horas de espera y el mundo es mío”.

Ayer recibió un paquete. Sintió una gran emoción. El cartero de UPS dejó el paquete en la puerta de la casa. Había pedido seis pares de calcetines de invierno y un reloj Casio cuyo diseño le encantaba. Era un pedido modesto. Los calcetines sumaban 9,99 y el reloj 15,99 dólares. Con las tasas se ponía todo en 29 dólares. Le fastidiaba que los impuestos fuesen siempre aparte, eso oscurecía la oferta. Siempre había que añadir unos cuantos dólares, y la alegría de la oferta disminuía, se hacía imprecisa. Pero era tan bonito el paquete de cartón. Una caja solvente. Con su nombre bien claro. Como vivía en una planta baja, el cartero de UPS dejaba el paquete en la misma calle.

Pensó en los Reyes Magos de Oriente, en su infancia, en sus padres dejando sus regalos en el árbol de Navidad. Sus fallecidos padres. Se acercaba la Navidad, y todos los compañeros escritores regresaban a sus países para pasar esos días con sus familias. Él pidió alargar su estancia, pasar la Navidad allí, solo, en Iowa, en su pequeño apartamento, esperando paquetes de Amazon. Le concedieron la ampliación de la beca, sin ni siquiera preguntarle la razón.

Había comenzado a nevar. Menos mal que la puerta de su casa tenía un saliente que impediría, llegado el caso, que la nieve cayera encima de sus deseados paquetes.

(Continúa Use Lahoz.)

Sin el resto de escritores, la ausencia de sonidos humanos en la residencia de la Iowa City llegaba a resultarle incómodo durante las mañanas. Aun así, experimentar la soledad matutina en la cocina era un placer. El 23 de diciembre, tras dejar la cafetera en el fuego, se acercó a la entrada y abrió la puerta. Suspiró aliviado al ver los nuevos paquetes de UPS. Antes de agacharse, guiado por la luz intensa del amanecer –esos incipientes rayos que le dañaron la vista—, arrugando los ojos observó con agrado la flotante densidad de la nieve que se extendía a sus pies y cubría toda la calzada. Otro día más sin salir de casa, pensó. Otro día más delante del ordenador combatiendo la tentación de Amazon.

De nuevo en su cuarto, a buen recaudo y con la taza de café llena, abrió los paquetes haciendo uso de unas tijeras (ya no perdía tiempo haciendo fuerza con las manos para romper el plástico): ahí estaban la crema de manos y los auriculares que compró en la madrugada del día 21, cuando se desveló a las tres de la mañana y acudió a Amazon como quien busca compañía, agradeciendo los inventos de la economía 24/7. Probó los auriculares y olió la crema L'Occitane Karité, tan útil en Iowa. Regalos que llegaban por arte de magia. Regalos que venían de la Arcadia por 19,89 dólares. Sin embargo, pronto le sobraron. Era la reciente visión de la nieve la culpable de que aquellos regalos fueran menos poderosos que la memoria. Porque aquella nieve evocaba navidades pasadas, aquellas de la infancia, las que pasó en Monzón, donde la nieve llegaba puntualmente al inicio del invierno y, lejos de retener a los niños en sus casas, los sacaba de ellas incitándoles al esparcimiento. Reaparecieron las noches de Reyes en que se acostaba soñando con los regalos que traerían esos magos que su padre insistía en que venían de oriente. Entonces todo tenía sentido. Así se vio estrenando una guitarra un lejano 6 de enero, fascinado con aquel instrumento (ah, el olor de la madera barnizada, ¡si aún podría reconocerlo!) que habría venido desde tan lejos en las alforjas de vete a saber qué paje o qué camello. Pero hoy, mientras se lleva la taza a los labios, angustiado por algo que no sabe nombrar, se pregunta: ¿cuántas horas extras tuvo que hacer mi padre en la fábrica para traerme aquella guitarra?, ¿en qué momento pediría permiso al patrón para ausentarse?, ¿en el coche de quién acudiría a la capital para adquirirla?

Para evitar el avance de unos remordimientos que conoce bien, acude a Amazon, pero se obliga a retenerse. Se levanta y, con la taza en la mano, se acerca al pasillo y aprovecha el vacío de la residencia para caminar a la espera de una coartada que engañe al recuerdo. Hay retratos de escritores que disfrutaron de la beca en años pasados (Anne Provoost, John Lanchester, Niccolo Amanitti). Al pasar por delante de la puerta 11 se acuerda de la escritora belga (o flamenca, según puntualizó ella) que llegó a la casa  después que él y que de buenas a primeras se mostró excesivamente simpática, tan cálida, como si el hecho de compartir oficio diera pie a la confianza. Sandrine quiso que él le explicara el funcionamiento de la casa y, sobre todo, en eso insistió hasta tres veces, de la lavadora y la secadora. Y él accedió –con ese inglés macarrónico que aprendió en Manchester—, como accedió a ir a comer con ella al Joseph Steakhouse pese a que no le apetecía gastar dólares. Sandrine había vuelto a Amberes a pasar las navidades con su marido y sus tres hijos. Y él recordó que aquel día, a la vuelta del restaurante, alguien llamó a su puerta. Al abrir, encontró a quien esperaba y no pudo evitar que su mirada se escurriera hacia las manos de ella, que sujetaban un fardo de ropa.

—Dijiste que pensabas poner una lavadora esta noche, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí –logró pronunciar él, entrecortado.

—¿Podrías lavarme esto con tu ropa, por favor?

—Claro, claro —¿qué podía decir si no?

—Gracias —dejó caer ella, estirando la palabra con su sonrisa y levantando la mano en señal de adiós.

Ahora rememora su impresión al desdoblar el bulto y descubrir una camiseta de tirantes, dos calcetines de rayas y las braguitas azules Wild Rose.

Sandrine volvería el día 31 por la tarde. Antes de irse le había hecho prometer que cenarían juntos la noche de fin de año. Y él, que no quería pasar la noche de fin de año con nadie porque no había noche que odiara más que aquella, y porque había planeado pasarla rastreando ofertas en Amazon —solo, tranquilo, lo más alejado posible de los recuerdos—, había accedido también.

Antes de volver a la cocina a por más café, buscó el cuaderno donde iba anotando pensamientos, y con cierta prisa garabateó:  “23 diciembre: Nunca sabemos por dónde viene ni qué forma tiene el riesgo, pero aguardamos su regreso como si fuera necesario”. Al cerrarlo, una vez más se le quedó abierto por la primera pagina, en la que dos años atrás había escrito una única entrada que volvió a leer de nuevo: “Cuando odies a alguien con todas tus fuerzas, recuerda que ese alguien también fue niño y también acabará muerto”.

(Continúa Marcos Giralt Torrente.)

Y, sin embargo, no pudo evitarlo. Ese mismo 23 de diciembre por la tarde, después de almorzar unos espaguetis con tomate, sentado ante el portátil, dejó de mover el cursor arriba y abajo del documento abierto de su novela y, con el alivio de los vencidos, dio un paso más hacia el precipicio y abrió el navegador de internet. Tecleó en Google monzón, tecleó nieve, tecleó guitarra, tecleó colegio, tecleó padres y, en un tiempo incuantificable, que pudo ser largo o breve, acabó donde quería, de vuelta a su jardín particular a través de un laberinto de banners y enlaces. Porque las derrotas sólo se perdonan si son épicas, esta vez no se quedó corto. Fascinado por su color amarillo, compró una estilográfica de la marca Kaewo a pesar de que odiaba escribir con pluma y de que tenía tanta facilidad para perderlas como los mecheros cuando fumaba; compró un recopilatorio de rancheras de José Alfredo Jiménez que su padre ponía en su cumpleaños; compró un gorro de piel de conejo parecido a uno que le regalaron en su único viaje a Rusia; compró un facsímil de un grabado romántico alemán de una sirena como el que adornaba la pared de su cuarto en Manchester... Si bien seguían siendo adquisiciones modestas, el dinero desembolsado había sufrido un perceptible incremento. También fue consciente de que esta vez no eran caprichos y útiles fácilmente justificables, a los que daría uso, como los auriculares o las cremas, sino que se trataba de algo así como partículas perdidas de sí mismo que ni siquiera estaba seguro de querer recuperar. Su padre celebrando la finura ruda de un verso como “entró borracho el borracho en la cantina”, el frío y la moqueta insalubre de su cuchitril de Manchester, la profesora rusa de español que se le había ofrecido en su propia casa mientras su marido dormía la borrachera en un sofá, los cuadernos de caligrafía que su madre le hacía rellenar con plumilla para corregir su caligrafía torturada por la dislexia... Pensó, primero, en anular los pedidos —estaba a tiempo— y luego se le ocurrió algo mejor: devolverlos, con excusas diversas, no bien llegaran. Los sacaría de sus cajas cuidadosamente, los tocaría, los haría otra vez suyos y a continuación los reintegraría a sus envoltorios y los remitiría a su origen tras cumplir los perceptivos trámites de devolución. Incluso podía poner a Jose Alfredo en Spotify mientras lo hacía. ¿Como no se le había ocurrido antes? En el resumen general de la historia y del mundo que era internet, podía adquirir casi cualquier cosa y luego devolverla, siempre que eligiera comercios fiables y que no los repitiera en exceso. Como mucho, si la mercancía era voluminosa, tendría que pagar el porte de vuelta. Un mero alquiler que estaba dispuesto a abonar si ello le permitía ser dueño durante unas horas de un flipper electrónico como el que tuvo durante unos meses de 1981. O de un abrigo del ejército suizo que había visto en una tienda del Greenwich Village durante los cinco días que había pasado en Nueva York antes de su vuelo a Iowa. O de una corbata igual a la que lucía Christopher Merrill, el director del International Writing Program, en su foto de la página web de la Universidad. Podía hacerse con casi cualquier cosa que añorara de su pasado —las subastas de eBay deparan sorpresas inconcebibles— y con casi cualquier lujo que ambicionara, una pashmina de cachemira, unas gafas de sol de carey...  Incluso explorar posibilidades ignotas de sí mismo. Podía tirar a la basura la ropa interior de Sandrine, sus braguitas azules, sus calcetines rayados y su camiseta de tirantes, comprarle prendas nuevas a su gusto y luego decidir si dárselas o no. Añadiendo pocas cosas más, unas medias, unos zapatos, quizá un vestido, podía fabricar el disfraz de una nueva Sandrine, menos intrusiva, menos natural, más sensual y elusiva. Así, si su amiga de Flandes se lo tomaba a mal, evitaría la prometida cena de fin de año o, si el impávido desconcierto de ella no acababa en enfado, sortearía al menos ese previsible momento tonto en el que, a la entrada de un nuevo año, los cuerpos se unen en un abrazo y es posible que llegue un indeseado beso. O quién sabe, se dijo con desconfianza. Tal vez Sandrine no lamentase la pérdida de la ropa que le había confiado, tal vez considerara divertido su atrevimiento y, juzgándolo una insinuación, entrase en el juego dispuesta a desembarazarse vicariamente de todo lo que él repudiase de ella.

(Cierra Aroa Moreno Durán.)

Sandrine da varios golpes sobre la madera pocos minutos antes de que termine el último día del año. Y la puerta le devuelve un dolor agudo en los nudillos. Es el frío. Apenas acaba de regresar. No se ha llegado a quitar el abrigo, sí los guantes, sí el gorro de lana y se ha atusado el pelo con las manos. Ha abierto una de sus maletas y ha sacado una botella de vino de Hageland que compró el día anterior en el mercado antiguo de la ciudad. Se ha dirigido a ver a su compañero. Mientras se frota los huesos de las manos y comienzan a arderle las yemas de los dedos, la puerta se abre. Y ese hombre que no ha llegado a sacar ni una mano al otro lado del quicio, camina hacia adentro, más allá del resplador fluorescente, tal vez invitándola a pasar, inconsistentemente, dejando que la luz exterior dibuje un sendero sobre la habitación. Sandrine no accede rápidamente a echar a andar detrás de él. Aunque no está dudando, solo intenta que los ojos, que vienen de afuera, puedan calibrar las formas de la oscuridad. Y antes de dar el primer paso, baja la mirada al suelo. Apenas unos metros liberados, un semicírculo limpio por el radio de la propia puerta, pero el resto de la estancia está cubierto por cartones, cajas abiertas, envoltorios deshechos. Sandrine avanza y bajo sus pies empiezan a estallar las burbujas de los papeles de embalaje como pequeñas detonaciones. La pantalla del ordenador ilumina la habitación. Frente a la ventana, con la persiana dejando una estrecha franja abierta, una silla que parece dispuesta al espionaje clava sus cuatro patas entre varias tazas de café vacías. Él se ha sentado sobre la cama. Ha cogido una guitarra y la pone sobre sus rodillas. Pero nadie va a tocar ninguna canción. Acerca su cara a la madera, agarra el mástil con desesperación.

—Imagino que ya no me esperabas, le dice ella.

Sandrine quiere disculparse además, porque su equipaje saliendo el último, porque el tráfico en Gilbert Street que parecía no deshacerse, porque la hora de retraso en Bruselas. Pero, finalmente, opta por una frase no premeditada, simple, remisión de lo que habían acordado.

—He venido a cenar contigo.

Él desvía la mirada a la mesa, decepcionado. Doblado meticulosamente, un vestido negro bajo un par de zapatos de tacón. El hombre se lleva una mano a la cabeza y levanta los ojos y Sandrine repara en que lleva un gorro de pelo de animal. Puede escuchar cómo la boca de su compañero se abre y cómo los labios hacen un pequeño chasquido antes de pronunciar nada.

—Nada de esto llegó para el día de Navidad.

Los zapatos son pequeños, piensa Sandrine. Junto a la ropa, un cuaderno abierto y escrito en el cartón tras la última página: “El tiempo que pasa entre el deseo de posesión y su frustración es el futuro, es el único lugar de las posibilidades”.

*Manuel Vilas es escritor. Su última novela es Ordesa (Alfaguara, 2018).

*Use Lahoz es escritor. Su último libro, Los buenos amigos (Destino, 2016).

*Marcos Giralt Torrente es escritor. Su último libro, El final del amor (Páginas de Espuma, 2011).

*Aroa Moreno Durán es escritora. Su último libro, La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017). 

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