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Los diablos azules

El otro lado de la luna

  • La literatura puede, según Virginia Woolf, estructurar un discurso alternativo al de la historia y alcanzar verdades que a esta se le escapan
  • Su proyecto, concluye Lyndall Gordon en la biografía Virginia Woolf. Vida de una escritora, trata de construir una “contrahistoria del individuo”

Álvaro Guillén Gutiérrez Publicada 09/02/2018 a las 06:00 Actualizada 09/02/2018 a las 11:35    
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Normalmente, cuando se analiza una vida, se tiende a enfatizar aquellos grandes momentos que irremediablemente parecen darle forma: los nacimientos, las muertes, las grandes hazañas o las caídas en desgracia son solo algunos de los posibles puntos de referencia que se pueden adoptar. Seguir este rastro de fechas, desperdigadas como migas de pan indicándole el camino al estudioso, ha sido durante mucho tiempo el modo más obvio de estructurar una biografía, género en el que típicamente se concibe la vida como una especie de relato decimonónico, lineal y marcado por grandes hitos, que resulta en una narración redondeada,  perfectamente explicada y firmemente apuntalada por la profusión de fechas y datos.

Quizás una de las facetas más obviadas de la inaprensible Virginia Woolf sea su interés por la escritura biográfica y autobiográfica, que se mantuvo constante durante toda su vida y es, sin duda alguna, clave para entender su arte. Sus novelas no se pueden apreciar del todo si no se tienen en cuenta sus teorías sobre “el arte de la biografía”, como ella lo llamaba, o el rechazo que sentía por la concepción del individuo que se había impuesto en el mundo victoriano; se había criado en una sociedad en la que la muerte de alguien relevante inmediatamente implicaba la aparición de una biografía en dos tomos, amasijo de hojarasca que en lugar de iluminar al individuo lo sepultaba, y que ella no creía que ayudase a difundir más que una sombra tendenciosa y hierática de su personalidad. “Dios mío”, se preguntaba Woolf, “¿cómo se hace para escribir una biografía?”.

  Esta fue la pregunta que se hizo Lyndall Gordon al abordar la tarea de escribir su biografía de la inglesa. Y de esta pregunta nació Virginia Woolf. Vida de una escritora, publicada originalmente en 1984, reeditada por la autora en 2006 y rescatada ahora por Gatopardo ediciones. En este estudio, publicado entre dos de las biografías más conocidas de la inglesa (la de su sobrino Quentin Bell en 1972 y la de Hermione Lee en 1997), Gordon se aproxima a Woolf dejando a un lado los usos convencionales de la escritura biográfica y optando por una estructura caracterizada por su insistencia no tanto en una secuencia lineal como en un puñado de temas y momentos concretos, que la biógrafa entiende que son clave para comprender la vida de la autora. No se trata, desde luego, de una biografía convencional, y el lector que se aproxime a ella esperando algo similar a lo conseguido por Irene Chikiar Bauer en su monumental Virginia Woolf. La vida por escrito de 2015 se verá decepcionado; la de Gordon es una biografía escrita desde una concepción más woolfiana en la que se da mucho peso a una interpretación muy personal de los escritos de Woolf y de sus amigos y familiares. Este carácter tan personal explica, por ejemplo, el énfasis en instantes que pasan desapercibidos a otros biógrafos, o su interpretación a veces injusta o condescendiente de algunos aspectos de su vida. Baste un ejemplo de esto último: en ese gran romance que mantuvieron Woolf y Vita Sackville-West Gordon no ve más que una interrupción caprichosa e infantil de la felicidad heterosexual que Virginia vivió con su marido Leonard.

Es cierto que en aspectos como este se filtra demasiado el sesgo de la biógrafa, pero lo más interesante de este estudio, y lo que lo hace valiosísimo a pesar de sus fallos es su énfasis en el ya mencionado interés por la biografía y la autobiografía de Virginia Woolf. Para ella escribir era vivir, y la ficción y la biografía eran inseparables. En esta interdependencia establecida entre la vida y el arte se reveló el esteticismo de Virginia Woolf, muy cercano al manifestado por Proust en su En busca del tiempo perdido: el objetivo último del artista, su verdadero desafío, consiste en transformar la experiencia subjetiva en algo universal y trascendente.

Virginia Woolf fue siempre una ávida lectora de biografías, y fue precisamente leyéndolas como llegó a la conclusión de que la forma de narrar vidas que se había consolidado en el periodo victoriano no le hacía justicia al individuo; esos tomos dobles, voluminosos, rebosantes de datos y fechas no revelaban al individuo, sino que lo ocultaban y pretendían hacer de su vida un relato sin fisuras. La inglesa llegó a la conclusión de que “la biografía sin costuras es un engaño”, pues ella veía la biografía como un retrato, con todas sus irregularidades y sus sombras, y no como un compendio enciclopédico e infalible de hechos; la memoria y los legados escritos habían de ser filtrados y ordenados por la imaginación para así llegar a la verdad íntima de las personas, a su soledad, a lo más privado.

Dice Gordon: “Virginia estaba desarrollando una teoría biográfica que había de ser crucial en su evolución como novelista: le interesaban los momentos ocultos y las oscuras experiencias formativas de una vida, en lugar de sus acciones más públicas”. Poco a poco la inglesa fue madurando un proyecto de reforma de la novela y de la biografía. Se acabaron los grandes hombres, se acabaron los grandes eventos: Woolf quería indagar en lo que ella llamaba “vidas oscuras”, las vidas de la gente anónima y humilde, sobre todo mujeres, que no han trascendido, que no se encuentran en las grandes crónicas; vidas que han sobrevivido en cartas y diarios enterrados por el polvo a  los que se consignaban alegrías  y tribulaciones cotidianas. En estos documentos estaba, según Woolf, la verdadera historia de la humanidad. ¿Pero qué era la historia para Virginia Woolf? Como explica Gordon, Virginia Woolf, como mujer y como pacifista, rechazó siempre una historia que ella consideraba arquetípicamente masculina, construida sobre los pilares del patriotismo, de la beligerancia y de la “grandeza”. La guerra, que a ella le tocó vivir por partida doble, era para ella una ficción masculina nociva e indeseable que solo cabía entender como un lapso  en el progreso de la civilización.

Para entender la idea que Virginia Woolf tiene de la civilización Gordon alude a un relato temprano, “El diario de Joan Martyn”, que consiste en un diario ficticio en el que una mujer relata su vida y da cuenta de cómo las mujeres mantienen la casa a flote cuando los hombres las abandonan por sus guerras y negocios. Las mujeres son las que gestionan las cosechas, las que mantienen a los maleantes fuera, las que garantizan la continuidad del orden y la seguridad en medio de las turbulencias y los sufrimientos de la guerra. Esas casas dirigidas por mujeres, esos reductos de vida, son las bases para reconstruirlo todo cuando la guerra ha terminado; la civilización consiste en una idea de continuidad, en un muro que resista el envite del caos y la muerte, garantizando y perpetuando la  vida.

Siguiendo la interpretación de Gordon, los soldados y sus generales no merecían para Woolf ningún sitio en las crónicas de la humanidad: no eran más que la manifestación última de la barbarie, un paréntesis en el continuo de la civilización que el artista no podía condonar. El único soldado en la ficción de Woolf, Septimus, le interesa más como hombre roto que como soldado; su locura es la locura del mundo, de la sociedad, que ha deshecho su vida por las veleidades del orgullo y del nacionalismo. Ante este sinsentido el deber del artista es filtrar para la posteridad los valores que merecen preservarse de los que no; las bestias masculinas de la guerra, la patria, la victoria o la derrota no son más que fuegos fatuos, cantos de sirena que empujan a la humanidad contra las rocas. Han de ser cubiertas por un silencio elegíaco y salvador que contrarreste la grandilocuencia envenenada de una brutalidad enemiga de la vida y la civilización.

  La literatura puede, según Virginia Woolf, estructurar un discurso alternativo al de la historia y alcanzar verdades que a esta se le escapan. Mientras que esta última conforma su relato en torno a fechas y sucesos, la otra tiene la capacidad de recrear la vida y darle solidez; en el centro de esa nueva historia alternativa se encontrarían las acciones anónimas y cotidianas de los personajes sin nombre que, en cada época, conviven con los reyes y los guerreros. El proyecto literario de Woolf, concluye Gordon, trata de construir una “contrahistoria del individuo”. Se teje así una obra basada en el paso del tiempo y la experiencia subjetiva, en el interés por la vida doméstica, sobre todo femenina, oculta a las miradas de la historia. Vidas en las que, pese a su humildad, hay algo latente que emerge en momentos de conciencia trascendentes que Woolf denomina “momentos del ser”, y que por un instante le revelan al individuo el tejido mismo de la existencia.

Gordon enfatiza en este sentido la importancia del diario personal de la autora dentro del conjunto de su obra: escrito de forma paralela a sus grandes novelas, el diario alcanza en muchas ocasiones la luminosidad y agudeza de su mejor ficción. Cuando se sentaba a tomar el té Virginia Woolf escribía y se escribía; los eventos del día, observados a través de una mente cortante como un cuchillo, se mezclaban con estados de ánimo místicos y momentos de clarividencia fijados mediante frases rápidas que a veces rallaban en lo agramatical; esta combinación de grito oracular y sensibilidad para lo prosaico constituye, según Gordon, “su contrahistoria más prolongada, un documento privado de su época”. El diario, uno de los mejores jamás escritos, nació del deseo de preservar la experiencia personal, de fijarla y de transformarla en la materia prima para un futuro texto autobiográfico que, presumiblemente, sería la culminación de su proyecto literario. Su muerte en 1941 truncó la posibilidad de contar hoy con una autobiografía en la que, citando a Henry James, se habría intentado atrapar “la sombra en que puede discernirse el detalle de tantas cosas que el relumbrar del día mitiga”: todas esas impresiones, pensamientos y sentimientos  fugaces que quedan atrapados entre las ocurrencias de la vida cotidiana y que el escritor extrae como si de un escultor tallando la piedra se tratase. De ahí, de ese diario cotidiano cuajado de observaciones sobre lo natural y lo humano se habría destilado la esencia de la vida, metamorfoseada de forma definitiva en arte.

Lo que más interesa a Gordon del diario es cómo este permite aproximarse a la imagen que Woolf tenía de sí misma. Al principio de la biografía Gordon declara que uno de sus objetivos principales al escribir esta biografía es entender a Virginia Woolf desde su propio punto de vista, y no desde el punto de vista del feminismo, de los críticos o de los lectores; el diario es la ventana abierta a través de la cual vemos a la inglesa analizarse y construirse a sí misma, a veces contraponiendo su yo más literario y su yo más frívolo. Que Virginia Woolf era una mujer compleja, polifacética y contradictoria es algo que sabe todo aquel que la haya leído con un mínimo de entrega, y ella misma era consciente de ese cúmulo de identidades en conflicto: “qué extraño tener tantos egos”, decía. Y, en la intimidad de su diario, se reprochaba las palabras que prodigaba inconscientemente, frívolas, alegres, juguetonas y maliciosas en muchas  ocasiones; palabras que a su entender la alejaban de lo que quería ser, de su lado más serio y más trascendente, y la acercaban a lo más mundano y perecedero de su personalidad. Se lamentaba: “Veo a través de lo que estoy diciendo y me detesto; deseo el otro lado de la luna”.

Su ficción fue siempre un esfuerzo por llegar a esa otra cara lunar: la oscura, la oculta, la que nunca se ve y sin embargo está ahí, esperando al día en que alguien no se deje cegar por la luz argentina del otro lado y se lance a indagar en ella. Siempre en Woolf hubo un esfuerzo por sacar a la luz lo que a nadie le parecía digno de interés, lo que la luz cegadora sumía en penumbra;  y eso mismo es lo que Gordon ha conseguido en esta biografía: reivindicar a una Virginia Woolf que no fuese ni una víctima ni un ídolo, que no fuese una de esas imágenes incompletas y estereotipadas que han seguido dando coletazos recientemente. Recuérdese en este sentido, por ejemplo, a aquella Nicole Kidman a una nariz pegada, con el ceño siempre fruncido, siempre en constante pose de genio romántico atormentado.

A la vista de que en el imaginario colectivo persiste la imagen de una suicida huraña y melancólica parece quedar claro que una biografía como la de Lyndall Gordon, en la que su trabajo y su talento se ponen de relieve, es tan necesaria en 2017 como lo fue en 1984. Hay que reivindicar incesantemente y por todos los medios posibles a aquella mujer enérgica y feliz que no dudaba en afirmar que “nueve de cada diez personas no conocen un solo día al año tan dichoso como el que yo vivo constantemente”; una mujer que, sí, sufrió una enfermedad a la que finalmente sucumbió; hecho a tener en cuenta, pero no uno con el que definir una vida de principio a fin, encontrando profecías ominosas en cada acción o palabra. ¿Por qué centrarse en la enfermedad y la muerte cuando la mayor parte de sus 59 años fue una mujer feliz que amaba y se aferraba a la vida? ¿Por qué regocijarse morbosamente a orillas del Ouse cuando uno puede celebrar una vida y una obra que constituyen, qué duda cabe, una de las más altas cimas de la humanidad? Ante la duda, ella ya había dejado clara su postura en su diario: “Quise escribir sobre la muerte, pero como de costumbre irrumpió la vida”.

*Álvaro Guillén Gutiérrez es estudiante de Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad Complutense de Madrid.
 
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