Los diablos azules

Anton Chéjov y el cartero sabio de Granada: un final feliz para Vanka

La carta de Águeda dirigida a Médicos Sin Fronteras.

En 1886, Anton Chéjov escribió uno de los cuentos más tristes del mundo: Vanka, la historia de un pobre huérfano de nueve años que, cansado de recibir palos y de pasar hambre y frío en la casa del zapatero donde vive como aprendiz, la noche de la misa del Gallo le escribe una carta a su abuelo para contarle sus desdichas y pedirle que lo rescate de la vida que lleva. Peor que la de un perro, le confiesa el niño. Todo el arte del gran cuentista ruso se condensa en unas pocas páginas donde sentimos el frío y el desamparo del pequeño Vanka, su esperanza puesta en la  misiva, y el tristísimo final, que solo el lector advierte, cuando leemos la dirección que añade cuando la ha concluido:

 

"En la aldea, a mi abuelo."Tras una nueva meditación, añadió:"Constantino Makarich."

A continuación, Chéjov concluye:

 

Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo…Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo…

Así de ilusionado se muestra el pequeño. Pero nosotros sabemos que ese sueño nunca se realizará, que Vanka continuará pasando hambre y frío, y que sus esperanzas serán vanas porque la carta nunca llegará a su destino con semejante dirección.

Más de cien años después la vida ha dado una vuelta de tuerca al emotivo y tristísimo relato de Anton Chéjov.

En noviembre de 2016, Águeda, una anciana de 91 años que vive en Úbeda, también escribió una carta que echó al buzón en Granada. Como el pequeño protagonista de Chéjov, tampoco conocía la dirección exacta del destinatario, de manera que en el sobre la anciana solo escribió:

 

Sr. Dr. De Médicos sin fronteras.Por favor Sr. Cartero, ayúdeme, no sé las señas gracias.Madrid

La misiva podría no haber llegado nunca a su destino, y que el documento donde la anciana nonagenaria expresaba la voluntad de incluir a Médicos Sin Fronteras (MSF) en su testamento se hubiese perdido entre otros cientos de cartas que jamás son recibidas por sus destinatarios, o lo hacen muchos años después; pero no fue así.

Las cartas que echamos en el buzón, me informan en Correos, son clasificadas en el Centro de Tratamiento de Correos, CTA, por unas máquinas que leen la dirección del remitente. En caso de que no consigan hacerlo, como hubo de suceder con la de Águeda, son los agentes clasificadores quienes leen personalmente esas direcciones en una sección que, de forma coloquial, llaman El cartero sabio. Mari Carmen, del CTA de Granada, adonde llegó la carta de Águeda, me informa de que los agentes intentan siempre, y por todos los medios, encontrar el destinatario de la carta. A veces, me dice, la dirección omitida es muy conocida, "Sr. Presidente del Gobierno", por ejemplo, sin más, y El cartero sabio la envía a la Moncloa; pero otras es más complicado hacerlo. Los agentes clasificadores buscan los datos del remitente para devolverla en caso de no aclararse con los del destinatario, y solo aquellas en las que ninguno de los dos pueden ser localizados serán las que pasen al archivo de cartas de Correos, extraviadas como el lector supone que quedó para siempre la carta de Vanka.

Pero Doña Águeda tuvo suerte: un anónimo cartero sabio de Granada se sintió interpelado por el favor que le pedía ("por favor Sr. Cartero, ayúdeme…") y le prestó su ayuda. Buscó la  sede de la ONG y escribió debajo de esa parca dirección chejoviana la dirección correcta:

 

(Cabanillas, 33)

Y, aunque la dirección exacta es Cavanilles, 33,  la carta llegó a su destino.

No sé a ustedes, pero a mí esta historia me ha hecho llorar como siempre me hace llorar la historia de Vanka. Y no he querido dejarla pasar por alto, he querido contársela aquí.

El agente clasificador de Granada dejó su caligrafía en un sobre cuyo importante contenido desconocía, y junto a ella dejó impreso algo más: un canto a la esperanza en el ser humano, en nuestra capacidad natural de empatía, de ponernos en el lugar del otro, en nuestra solidaridad… y en el celo de los empleados de Correos.

No sabemos nada de la anciana Águeda, quizás se encontraba tan sola como nuestro pequeño Vanka ("No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti…") cuando escribió su testamento; pero sabemos que es posible mantener un resquicio de esperanza, sabemos que Vanka, el precioso y tristísimo relato de Chéjov, podría dejar de ser uno de los cuentos más tristes del mundo, y que el feliz sueño de ese niño que tanto nos conmueve quizás podría hacerse realidad…. si todos actuásemos un poco en nuestras vidas como el anónimo cartero sabio de Granada.

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*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro, Lola López MondéjarCada noche, cada noche (Siruela, 2016).    1. La editorial Páginas de Espuma ha publicado los Cuentos completos de Anton Chéjov en cuatro volúmenes.

2. Hemos recogido el texto de la cita de Ciudadseva. El cuento completo pueden leerlo aquí

3. MSF ha hecho pública la historia en su revista MSF, número 111, noviembre de 2017, página 18. La foto de la carta pertenece también a esa publicación.

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