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¿Hay que regresar?

  • Recordar es un viaje lacerante la mayoría de las veces. El pasado es ese territorio donde quedaron las miserias, las equivocaciones, el tiempo perdido
  • Regreso a Brichwood, de John Banville, sigue a Gabriel Godkin en largo peregrinaje hacia la propiedad familiar

Sonia Asensio
Publicada el 16/02/2018 a las 06:00
Regreso a Brichwood
John Banville
Traducción de Damián Alou Ramis
Alfaguara
Madrid
2017
  “Me llamo Godkin, Gabriel. Tengo la impresión de haber vivido ya un siglo o más, lo que solo puede ser una ventaja. ¿Estoy loco al empezar de nuevo, y de esta manera? He visto cosas terribles”. Sí. Cosas terribles, dolorosas, llenas de límites y confines, donde la vida parece que se termina y comienza algo parecido a lo que debe de ser el infierno mientras existes. “Existo, luego pienso”.

Recordar es un viaje lacerante la mayoría de las veces. El pasado es ese territorio donde quedaron las miserias, las equivocaciones, las malas decisiones, el tiempo perdido, la insistencia en la búsqueda de vellocinos de oro a sabiendas de que son apenas una leyenda. Recordar es saberse hoy en el presente y tener conciencia de la locura que significa regresar. Recordar es situarse en el presente inexistente para saber que en la oscuridad de la mitad del camino exclamamos: “¡El futuro debía tener un lugar geográfico!”. Regresar es atormentarse.

John Banville escribió en 2015 Regreso a Birchwood, publicada en español en noviembre de 2017 por Alfaguara. Su lectura te introduce en una espiral de personajes lunáticos y desequilibrados con un protagonista que narra su experiencia vital en primera persona, Gabriel Godkin. El niño Gabriel que crece junto a una madre taciturna, un abuelo borracho, una disparatada abuela y un padre torpe, violento, lejano y abúlico que dejará que la propiedad familiar, Birchwood, se hunda poco a poco hasta convertir la gran casa familiar en un lugar agostado, ruinoso, al que Gabriel decide volver tras un largo peregrinaje con otros personajes no menos truculentos, aquellos que componen la penosa compañía de un circo ambulante en la devastada Irlanda de mediados del siglo XIX. Las causas que le llevan a iniciar ese viaje, como todo en la novela, se intuyen, se saben vicariamente, no se cuentan con exactitud.  El lector, del que la narración forma parte con alusiones constantes del narrador, va conociendo, va comprendiendo a medida que la prosa magnífica te va atrapando en frases breves y contundentes como las verdades de un verso, en líneas broncas que como un imán absorben a quien tiene la fortuna de leer esta novela.

Además de Gabriel Godkin, Irlanda será el otro personaje fundamental de estas páginas. Viajando en las tristes caravanas del circo ambulante vamos percibiendo cómo llega el hambre, cómo la hambruna que asoló este país a mediados del siglo XIX se instala en cada hogar, en cada palmo de tierra, en cada personaje.  Mientras los barcos británicos zarpan de la costa repletos de cereales, la tierra irlandesa que alimentaba de patatas y otros productos de la huerta familiar a sus gentes, se queda estéril. Y llega la muerte para dos millones de irlandeses.

Con el hambre y la muerte, con un Estado que decide no intervenir, los personajes se transforman en seres aún más violentos. La sociedad activa de los Molly Maguires, a la que vemos actuar de soslayo, nos trae más miseria y más podredumbre. Necesitas saber dónde y cuándo te ubicas porque los lugares y el tiempo son tan difusos en la novela que de no ser por estas breves referencias históricas, y por la multitud de personajes pelirrojos, apenas sabes que efectivamente estás en Irlanda, a pesar del origen de su autor. Sus obsesiones y sus denuncias, sus incertidumbres y sus personajes son, de algún modo, también ambulantes. De cualquier tiempo y cualquier espacio donde una serie de infortunios que se unen a políticas económicas desastrosas originan momentos vergonzosos e indecentes.

También viviremos una pequeña historia de amor. Todas las vidas la merecen. Esta está contada al sabor de las grosellas, cuando los campos irlandeses producían en la niñez de Gabriel los honrosos productos de la tierra.  Un primer amor que se recuerda sin los matices sórdidos que asolan las evocaciones a su familia y a tantos secretos que se nos mostrarán a modo de cuentagotas. La peculiar manera de contar de John Banville es, sin duda, el tercer protagonista de esta obra tan especial.

Y por fin, revoloteando, las azules mariposas.  Todo el tiempo. Y el constante perfume de las violetas. El mar. Y la supervivencia. Y la leve pregunta que late sutilmente: ¿debemos regresar?

*Sonia Asensio es profesora de Literatura.
 
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