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Liebre por gato

Última Thule

  • En la nueva entrega de la sección dedicada al microrrelato recogemos dos textos del escritor y traductor madrileño Javier Vela

Javier Vela Publicada 16/03/2018 a las 06:00 Actualizada 15/03/2018 a las 15:51    
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El escritor y traductor Javier Vela.

El escritor y traductor Javier Vela.

La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Fernando Valls y Gemma Pellicer. En esta nueva entrega recoge dos textos del escritor y traductor madrileño Javier Vela. 
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Última Thule

Pues bien, he aquí el lugar. Miles de años desconfiando del mito, y el hecho es que aquí estoy, en este non plus ultra de la mente que es su callada antípoda a la par. Cargo marido e hijos y aclaro que el viaje, pese a ello, ha merecido sobradamente la pena. Una carreterilla de provincias conduce a la explanada donde se eleva ahora el mirador (desde el que nada puede contemplarse, claro). A pocos metros del mismo, surge la línea incierta y sinuosa que traza el fin de la Tierra. No existen vallas ni torniquetes de acceso, y si alguien se impacienta no tiene más que cruzar. Seis establecimientos hoteleros encaramados sobre la cornisa procuran toda clase de servicios a peregrinos y expedicionarios. Dicen que en la oficina de turismo un empleado en mangas de camisa mantiene al día el recuento de curiosos, incautos y suicidas que se abismaron hasta salirse del plano, abandonando para siempre este mundo, y ante el que los nativos, que observan dicho límite no como el fin de «algo» sino como el principio de «otra cosa», no dejan de asombrarse. El mérito o la culpa es del alcalde. Sus más leales cartógrafos, recuerda con frecuencia, están ya diseñando nuevos mapas que cambiarán la forma de concebir el orbe (el nombre con que aluden a este enclave es Incipit Terrae). Parece ser no obstante que en la frontera abundan las soflamas en contra y a favor. Entrar en el catastro es un sindiós, y el único periódico que se difunde aquí —un boletín de apenas ocho páginas llamado Alfa y Omega— empieza a ser mordido suavemente por la oruguita del nacionalismo.

Extraños en un bar

Si un rato antes alguien me hubiera preguntado, jamás hubiese dicho que, a esas alturas de la noche y la vida, mi colección de chistes y requiebros iba a encontrar en ella tan pésima acogida, o que su refracción a las señales que oblicuamente había estado lanzándole casi desde el principio de la fiesta iba a ser tan tenaz. Yo estaba persuadido sin embargo de que no tardaría en seducirla, de que, a poco que algunos elementos (todos formaban parte de un grupo de estudiantes extranjeros que se expandía por la mitad del local, y al que venía observando con encono desde unas horas antes) cambiasen de lugar, podría ensayar un baile improvisado y acabaría instalándome con éxito en una esquina de su campo visual, hasta que una mirada, una palabra, un leve pisotón, llegado el caso, forzase nuestro encuentro y nos uniera en la oscuridad de aquel bar.


La perentoria necesidad de fumar —que nos llevó a emerger de ese tugurio donde que nos congregábamos fingiendo divertirnos junto a una muchedumbre infatigable— sirvió taimadamente a nuestro empeño. Cara a cara, por fin, nos embarcamos en una charla obstinada sobre las desventajas del tabaco y otras cuestiones prácticas de no mucho interés, que delataron ciertas discrepancias en cuanto a nuestros hábitos y modelos de vida. Un poco a gritos ambos convinimos en que nos separaba un vasto océano. La charla en sí duró lo que un asalto, apenas diez minutos al cabo de los cuales, ella, ahogando un bostezo, sugirió que nos fuéramos a casa. Miré el reloj y, para mi sorpresa, comprobé que en efecto era más tarde de lo que yo creía. Sin demora cogimos los abrigos y salimos de allí. Nos dimos tanta prisa como nos fue posible, vadeando los vómitos y las impertinencias de una legión de insomnes y borrachos. Con un poco de suerte, convinimos, estaríamos de vuelta antes de que los niños despertaran.

*Javier Vela (Madrid, 1981) es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense. Se dio a conocer como escritor con La hora del crepúsculo (2004), galardonado con el Premio Adonais, al que le seguirían Tiempo adentro (2006); Imaginario (2009), por el que recibió el Premio Loewe a la Joven Creación; Ofelia y otras lunas (2012), Hotel Origen (2015) y Fábula (2017). Sus microrrelatos han sido recogidos en el libro Pequeñas sediciones (2017). Como traductor, ha vertido al castellano a diversos autores de expresión francesa como Jean Moréas (El viaje de Grecia) y Paul Valéry (Alfabeto). En la actualidad, dirige la Fundación Carlos Edmundo de Ory y colabora en varios medios de comunicación, como el suplemento El Viajero del diario El País.

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