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Los libros

Una mirada al pasado con todo el futuro por delante

  • Lo seco pretende ser retrato de una época y de su historia, salpicada de interrogantes que interpelan a un presente menos nítido aún que aquel pasado
  • “Es mi mejor libro”, asegura Isabel Bono. Y añade: “Ahora sé que es bueno porque algunos poemas aún no los puedo leer”. Por si llora

Jaime Cedillo Publicada 23/03/2018 a las 06:00 Actualizada 22/03/2018 a las 17:33    
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Lo seco
Isabel Bono

Bartleby
Madrid

2017
  ¿Quién querría leer a una escritora que no se siente escritora? ¿Y si, por si fuera poco, presume de no corregir sus propios poemas, vive a espaldas del ambiente literario y cada vez que publica una obra nueva amputa algunos de los datos biobibliográficos que avalan su trayectoria? Se llama Isabel Bono y hay que leerla. Cuando en 2016 el Jurado del Premio de Novela Café Gijón pronunció su nombre en el fallo, la ganadora se presentó ante las eminencias literarias como una autora a la que de niña no le gustaba la literatura. Hubo de matizar sus palabras ante el estupor de todos, así que se justificó aludiendo a la forma de impartir la asignatura en el instituto al que asistió, pero era tarde para detener la comidilla periodística presente en el acto. El pasado 21 de noviembre presentó su poemario más reciente, Lo seco (Bartleby Editores), en la librería Rafael Alberti de Madrid, y acudió por sorpresa al finalizar el acto Fernando Aramburu, autor de Patria, la novela del año.

Isabel Bono no es especialista en sacar partido a su literatura a través de las redes sociales —su perfil no aparece en Twitter, Facebook o Instagram, aunque sí tiene blogs— y escribe mails como si fueran poemas porque “yo sólo sé hablar por escrito”. La literatura golpeó a “la niña con gafas que no le temía a nada”, tal y como reza uno de sus versos, cuando tenía ocho años. Fue la lectura de un cuento lo que motivó a Isabel a emprender su primer proyecto literario: un diario de sus propios sueños. Hasta la infancia ha retrocedido la poeta para escribir Lo seco, una obra que pretende ser retrato de una época en general y de su historia en particular, salpicada de interrogantes que interpelan a un presente menos nítido aún que aquel pasado inquietante. “Es mi mejor libro”, asegura la propia autora. Y añade: “Ahora sé que es bueno porque algunos poemas aún no los puedo leer”. Por si llora.

La poeta no entiende cómo no escribe todo el mundo. Convencida de que “estamos rodeados de microacontecimientos” a los que sólo hay que prestar atención, tal y como escribe en uno de sus poemas-mails, Isabel Bono reivindica la agudeza de la mirada como herramienta imprescindible del escritor. Por ende, es obstinada en decirlo todo con pocas palabras —“más que escribir, yo lo que hago es podar”—, para que sea el lector quien ensanche lo que la autora ya ha dicho. Agustín Calvo Galán dice en el prólogo que Isabel “escribe como si fuera una cocinera japonesa”. Y se refiere a la sencillez, unida a la precisión, a la hora de escoger los pocos ingredientes que utiliza.

Pero, ¿qué es, exactamente, Lo seco? “Lo que te deja sin querer la infancia”, responde la autora, y nadie sabe si ha declamado un verso o es que, involuntariamente, se ha dejado llevar por su condición de aforista. ¿Cuántos sentidos —doble, triple…— tiene ese “sin querer”? Hay que leerlo. Y después comprender que además hay que leerla. “Lo seco” se presenta también como uno de los poemas del libro, que es casi un manifiesto, una defensa. Una declaración de intenciones para la poeta que es de Málaga “pero no muy de mar. A mí me tira lo seco”. Así, no dejan de aparecer numerosos elementos que evocan ese estado físico de los objetos y los cuerpos. Y lo que significa que estén secos.

A través de estos recuerdos infantiles, Isabel Bono recrea a la niña que fue —el poema “Los buenos salvajes” es una representación gráfica sobre sí misma—, pero también define la moralidad de una época (años setenta) en versos como “si no sabéis bailar, no os querrá nadie” o “nunca servirás para nada / y el mensaje no me detuvo”. Además, introduce elementos como la luz en calidad de enemigo, que significa la inminente aparición de la madurez. La infancia, que lo abarca todo —lo expresado en el libro y en el eco que deja—, es “el mar de la indolencia” para Isabel Bono, que así lo representa en uno de sus poemas. “Nadie dijo que escapar fuera fácil” es el poema que mejor refleja el paso de los años, las consecuencias de cruzar la frontera del tiempo. ¿Se referirá al tiempo cuando dice “Yo esperaba detener la marea”?

Isabel Bono es muchas cosas a la vez a nivel poético, y entre sus habilidades se encuentra la de identificar a viejos enemigos como la grandilocuencia. Quizás no tenga claro de qué escribirá para siempre pero hoy tiene claro cómo no hacerlo nunca. Ha conseguido mantenerse lejos de los cantos de sirena que emanan los modismos poéticos actuales. Y aunque introduzca elementos cotidianos —“un dedal rodando debajo de la cama”—, hace que no parezcan superficiales. Y aunque hable de la banalidad, nunca se banaliza: “Estudiábamos la cal de las paredes” como metáfora del aburrimiento, aquel estado emocional tan infantil.

En Lo seco permanece la sensación de desasosiego de forma deliberada. El ejemplo más extremo es el poema “Nido de abeja”, que representa la amargura de la infancia, tantas veces disfrazada de ternura. Por su parte, el futuro es contemplado desde una perspectiva paradójicamente nostálgica —“todavía no sé por qué / todavía no sé para cuándo”— y Dios es cuestionado por su dudosa utilidad desde los ojos de una niña. El miedo tiene rostro en Lo seco gracias a la visión que sobre él proyecta Isabel Bono: “bocas llenas de dientes rotos”. El poder de la imagen es una de las principales virtudes del poemario, que es de naturaleza gráfica hasta para hablar del ruido de la infancia en el poema “Buscando cierta oscuridad”. Imágenes sencillas aunque potentes —el vacío “pendiendo de su eco como un trapo de un tendedero”— que evocan los recuerdos cotidianos de la niñez.

La calidad de Isabel Bono es legítima: su poesía es brillante porque escribe sobre asuntos trascendentes como si nada tuviera la menor importancia. Sabe hablar del dolor y que el lector se duela, y para eso no necesita enrevesadas piruetas. Son la carne y la palabra quienes pugnan por los versos de una poeta que comprende que sigue siendo necesario preguntar a su infancia, por más que haya quedado atrás. “A partir de ahora / cada uno será responsable de su dolor”, reza uno de sus versos. Pero “qué suerte tengo” es su frase favorita.

*Jaime Cedillo es poeta y periodista literario.
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