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En menos de 500 palabras: 'Aforismos del no mundo'

  • Estos ásperos, difíciles, nada halagüeños aforismos de Juan Eduardo Cirlot son también, a su modo, acabadas muestras de excelente literatura
  • El poeta barcelonés pertenecía a otros tiempos; pero, sobre todo, frecuentaba esferas del pensamiento y el lenguaje muy alejadas de la vocación vocinglera

José Manuel Benítez Ariza
Publicada el 06/04/2018 a las 06:00
Aforismos del no mundo
Juan Eduardo Cirlot
Edición de Antonio Rivero Taravillo
Renacimiento
Sevilla
2018

No es aforismo todo lo que reluce; y, sobre todo, no lo son la mayoría de las acuñaciones que se han acogido en los últimos años a esa denominación genérica, sin ser otra cosa que ingeniosidades de diverso calado más o menos favorecidas por el tipo de escritura rápida que propician los formatos al uso en las modernas redes sociales. El barcelonés Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) pertenecía a otros tiempos; pero, sobre todo, frecuentaba esferas del pensamiento y el lenguaje muy alejadas de esa vocación vocinglera. Sus “aforismos”, digámoslo ya, tal como se muestran en las dos breves colecciones de los mismos que publicó en vida y que ahora compila Antonio Rivero Taravillo en Aforismos del no mundo, eran de índole estrictamente filosófica y buscaban articular, en píldoras, un ambicioso sistema de pensamiento, que quizá podríamos resumir –y se nos disculpará el atrevimiento de intentarlo– como el relato del despliegue del ser en el tiempo y de las paradojas metafísicas y existenciales asociadas a ello.

¿Interesa esto al moderno lector de acuñaciones ingeniosas? Quién sabe. Es posible que la actual proliferación del género haya predispuesto a algunos a apreciar la brevedad como valor y la intensidad como presupuesto irrenunciable. En cualquier caso, estos ásperos, difíciles, nada halagüeños aforismos del poeta barcelonés son también, a su modo, acabadas muestras de excelente literatura. Su rigor no es incompatible con el salto metafórico: “La cosa en sí tiene forma radiante”; que admite incluso desarrollo: “La estrella, la explosión, la descarga eléctrica, el árbol, los protozoos, el sistema nervioso (…) realizan –no representan o reflejan– la acción del ser”.

En esa idea de un cosmos mental radiante, que recuerda el universo en expansión que Poe imaginó en su ensayo Eureka, la vida humana se perfila como un mero accidente en el que el ser y la nada alternan sus facetas. Y es ahí donde las formulaciones de Cirlot se despojan de su frialdad especulativa para convertirse en emocionantes atisbos de la condición humana: “Muerte no es solamente la terminación personal. Muerte es todo cese. Siempre que lo más mínimo se separa, se experimenta la muerte”. Hay algo muy moderno, en efecto, muy afín a los existencialismos en boga en tiempos de Cirlot, en esa manera angustiada de concebir la existencia abocada a la nada. Pero sería ingenuo esperar que Cirlot, distante siempre de la modernidad y ferviente admirador de la Edad Media, se aviniera fácilmente al nihilismo contemporáneo. Por el contrario, su desazón existencial lo aboca a una especie de moral heroica de nuevo cuño: “¿Ética? Dos virtudes cardinales: valor, para resistir la verdad del ciclo substancialmente estéril; generosidad, para recorrer con entusiasmo todos los grados de ese círculo”.

No, no son un plato fácil estas dos series de aforismos publicadas originalmente en 1950 y 1969, respectivamente. Pero de su mano se roza una especie de felicidad: “La vida: una música que crea esculturas que, por seguir siendo música, se desarrollan, culminan, cambian, decaen, cesan”. No se puede decir mejor.

*José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros son Arabesco (poesía, Pre-Textos) y Trilogía de la Transición (novela, Dalya), ambos de 2018.

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