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El cuento de todos

Hamletada

  • "Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting"
  • Juan Gómez Bárcena cierra el relato construido por Aixa de la Cruz y Víctor Balcells Matas a partir de un texto de Cristina Morales publicado en 2013

Cristina Morales | Aixa de la Cruz | Víctor Balcells | Juan Gómez Bárcena Publicada 06/04/2018 a las 06:00 Actualizada 05/04/2018 a las 16:27    
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El escritor Juan Gómez Bárcena.

El escritor Juan Gómez Bárcena.

En esta ocasión proponemos un texto de Cristina Morales, incluido en la novela Los combatientes (Caballo de Troya, 2013) para iniciar nuestro cuento colectivo.
__________________________


Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora, por ejemplo, que te quedes pensando. Tú llegas con tu monólogo como yo llegué con un cuento de Quim Monzó que estaba en tercera persona y que adapté a primera persona. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Tómate el tiempo que necesites, dice Sara, con lo cual me pone más nerviosa todavía, y entonces no lo pensé pero ahora me pregunto si no será una técnica suya para poner nervioso al personal y medir su temple. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Es una técnica seguro, porque la he visto hacerlo más veces en ejercicios de improvisación. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Cuando le pidió aquello de repítelo pero muy triste, tómate el tiempo que necesites, Ester no dejó que terminara la frase y ya estaba con lágrimas en los ojos diciendo “me llega una carta de Alitalia, estimada señora, me llaman por mi nombre y apellido, lo saben todo...”. A las dos frases Sara la corta para exclamar “¡sexy!”, y sin transición Ester pasa del llanto a la mano en la cadera y ronronea “usted ha volado con nosotros catorce mil quinientas horas, catorce mil quinientas horas de su vida en el aire”, “¡intelectual!”, exclama Sara, y ahí que Ester contrae los hombros, hace el molinillo con las manos y pone acento castellanoleonés: “con nosotros, los psicópatas de Alitalia, y por eso usted merece un premio”. Todos nos estábamos muriendo de risa, Sara incluida. Semanas después, ya sin Ester en el grupo, en una de nuestras sesiones de dramaturgia Sara me diría que el rollo de Ester de dame más dame más, de échame lo que quieras que a mí los leones no me meriendan que la que se merienda a los leones soy yo, no le interesaba nada, no le interesaba nada esa irreflexión. Ester lo que quiere tener delante no es un director, es una máquina lanzapelotas, decía.


O sea, que a Sara no es fácil que se le cuele alguien que no le gusta, por eso lo de que el violador y el nazi la engañaron no cuela, eso sí que no cuela. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos.


(Sigue Aixa de la Cruz.)

Nos pasó con ellos lo que pasa con la heroína –o eso dicen–, que a la primera te causa vómitos y temblores, pero si repites, te quedas. Te quedas y todo es un sueño del que despiertas con el regusto a sangre de un rifle en la boca. Figuraos el diagrama: un no rotundo; una meseta de entusiasmo; empacho. Así se dibuja nuestra historia con el violador y el nazi. Creo firmemente en los prejuicios porque antes de que me gustaran pensé que parecían dos secretas, de esos que se infiltran en una comuna apestando a pachuli e incienso, que es a lo que huelen los hippies en las películas de Hollywood. Pensé que eran mejores interpretando el soliloquio de Molly Bloom con el que abrimos el ensayo que haciéndose pasar por sí mismos. El violador, sobre todo, me resultó más creíble impostando un falsete y gritando sí dije sí quiero sí que con la cabeza gacha y la glotis a la altura del perdón-por-nacer en la charla que vino tras la lectura dramatizada y en la que nos explicó que no se consideraba feminista sino aliado, que no había leído a Millet, ni a Solnit, ni a Husvedt, ni a Butler, ni a ninguna, porque los hombres expolian cuanto estudian, utilizan el conocimiento para someter, y él no quería someter a nadie; él se limitaba a darnos voz, a asegurar que siempre se respetara nuestro suelo –así lo dijo: suelo–; nos guardaba el sitio como un botones, silenciando al hombre que se atreviera a silenciarnos, pero sin opinar.

Se me quedó la quijada de un Gargantúa e intenté sublevarme, pero el nazi disparó más rápido y luego llegó el bedel, que era muy estricto con la hora de cierre, y nos despedimos como si quien calla otorga. Busqué a Sara con los ojos y me devolvió una sonrisa burlona, medio resignada.

Hombres nuevos. Me ponen.

Sorprende lo fácil que olvidamos aquel episodio y mis malos augurios. Será porque a la semana siguiente Aixa sufrió una crisis de las suyas y se calmó en brazos del nazi, el único que se atrevió a acercarse a ella, de frente, muy despacio, como un domador de leones –es que me educaron en un circo, dijo más tarde para distender la tensión–, esquivando los proyectiles de lapiceros y agujas de tejer que salían de su bolso y exponiéndose al aspersor de lágrimas que se había desatado con la palabra “tiovivo”. Sí, “tiovivo” era un detonante, como más tarde lo fueron “rúcula”, “colibrí” y “tétanos”. Aixa estaba segura de que tres años atrás, en un espectáculo de magia al que acompañó a sus sobrinos, la habían hipnotizado para que ciertas palabras clave le arrebataran el control sobre sí misma, quedando a expensas de los instintos letales que anidaban en su inconsciente.

Daba mucho miedo presenciar aquellos brotes y el primero nos unió como a víctimas de un atraco o a supervivientes de una guerra mundial. Hermanos de armas. El violador nos llamaba sisters –Sister Sara, Sister Cristina– y así nos parecían fraternales sus palmaditas en el culo. Todo fue consentido mientras nos duró el amor.

(Continúa Víctor Balcells Matas.)

El amor no duró mucho, pues ninguna de nosotras creía en la duración. No cuela lo de que el nazi y el violador engañaran a Sara. A quien le gusta la rareza, también le gusta el riesgo. Pensé: hombres nuevos, suculentos, y desde el primer momento desconfié. Un día, oculta en la penumbra de un palco de platea pude observar al violador ensayando a solas en medio del escenario. Se arrastraba con el porte de una medusa; era como si sus manos chapotearan en el agua del escenario vacío, y a veces pronunciaba lo que parecía el nombre de su madre. Me acostumbré a realizar mis pequeñas investigaciones para descubrir lo que ya intuía. Eran movimientos mínimos, deslizamientos detrás de una cortina, breves persecuciones, la oreja puesta todo el tiempo; ahora un desplegarse silencioso desde el techo. De esta manera, escuché una noche al violador y al nazi hablando de videojuegos en un camerino. El violador dijo: Pues a mí me gustan los juegos de construir ciudades, como pequeñas maquetas donde colocas cada cosita en su sitio, sin personajes. El nazi le puso la mano en el hombro y fue severo: mira si no te voy a dar dos hostias bien dadas: GTA V, muchacho, GTA V.

¿Cuántos indicios hacen falta para construir una sustancia? Ahora, tengo que decirlo: nosotras tampoco creemos en la sustancia, ni en el positivismo, ni en la puta madre del lenguaje que parió a los pensadores de todo eso. Lo vi claramente desde el interior de un armario del camerino en una de esas tardes tontas de siesta. Ester apoyaba la mano en un espejo. No se contemplaba. Miraba más allá de su figura, donde yo no podía alcanzar a ver. Vi cómo la boca se abría desmesurada en un rictus de susto; los dedos se agarrotaron en el cristal. Uno de ellos estaba al otro lado, y no sé qué es lo que hizo, pero sé que para ella miedo era lo mismo que decir placer.

Muchas tardes, después del ensayo, nos quedábamos un rato de charla, y allí estaba en todo momento el nazi al pie del cañón esgrimiendo sus argumentos. Solía levantarme, dar un rodeo al grupo de sillas, y colocarme de espaldas para concentrarme únicamente en la conversación, en la modulación y los tonos. Me preparaba una manzanilla y mis ojos cansados reposaban en la luz del microondas. Yo nunca había querido ser actriz, en verdad, y ni siquiera hubiera querido ser persona. El violador tenía hablar de vendedor de enciclopedias; Ester solía despreciarlo por pusilánime. El nazi se aprovechaba de la viscosa forma –ya no puedo ni decir figura— del violador para extender su dominio. Era sin duda un estratega, como yo soy sin duda una maestra del espionaje selecto.

Un momento clave: cuando ensayamos la obra postmoderna de katanas en el escenario. El nazi hacía rotar el objeto de madera de forma peliculera mientras calentaba las cuerdas vocales. Yo, en mi papel de sagrada conocedora de oriente, lo esperaba con mi indumentaria de samurái a que empezara la escena. La obra, de un tal Ricard Giraldo, representaba un diálogo entre samuráis en el momento de un duelo. Muchas veces lo utilizábamos para inspeccionar a los nuevos, el velo psicótico, su medida. El violador, Sara, Ester, nos miraban desde las butacas. Violator man comía palomitas.

La espada del nazi se detuvo en seco, apuntándome, y él fue quien inició el parlamento: “Aquí América llamando. Aquí América llamando”, dijo.

Hizo una pausa y añadió “¡Aquí América llamando!”.

Lo hacía bien, sí, fijaos en esa delatora forma de pronunciar América.

Yo, sin desenvainar espada alguna, contesté: “¿La luz también finge que nada va mal, o que todo va a ir bien algún día? ¿Qué significan estas oscuras palabras que dices, y por qué me apuntas con la espada?”.

Porque también amamos a Ashbery.

El nazi dio un salto hacia mí y colocó la punta acerada en mi pecho: “¡Si uno pudiera aprender los Estados Unidos de América! ¡Ah, si uno pudiera hacerlo! ¡Si uno… pudiera tan sólo!”.

El deseo entre líneas: la luna es inequívoca.

Di algunos pasos hacia atrás, seguida por la espada del nazi, y seguí con mi parte: “¿Qué te impide aprender los Estados Unidos, noble samurai, y por qué diriges tu rabia contra mí?”.

El nazi empezó a temblar, de acuerdo con el papel de la obra postmoderna de katanas, pero ustedes saben bien que el temblor no se puede fingir: “¡No puedo! ¡Por más que lo intento no puedo aprender, aprehender, aprehendererer, Los Estados Unidos de América!”.

Y la voz se tornó simulacro ancestral, cavernícola, cululailo de grito ejecutado con maestría. Como si algo lo hubiera poseído locamente, tal y como efectivamente ocurría en él sin necesidad de papel, ni de representación, ni de katana, penetró en el bucle: “¡Los Estados Unidos de América!”.

“¡Los… Extadox Unidoxxs!”.

“¡Lsgssggtagdos Unidogss…!”.

“¡Lscdeggds!”,  para caer a mis pies a continuación, fingiéndose muerto.

Lo último no lo dijo bien. Nos miramos muy desconfiadas. No tenía que decir “¡Lscdeggds!”, pues eso no significaba nada, sino “¡Lsgoogleds!, una palabra en medio de la onomatopeya, ¿me explico? El dato es importante. La palabra es importante.

(Cierra Juan Gómez Bárcena.)

Ya no nos acordamos del nazi ni del violador, dije al principio, porque qué fácil es decir ciertas cosas, y aquí estoy, recordando al nazi y al violador, ¿tiene esto algún sentido? Lo tiene, porque por aquel entonces el nazi y el violador no eran todavía el nazi y el violador, así que técnicamente no es a ellos a quienes recordamos. Entonces tenían otro nombre. Quiero decir que cada uno tenía el suyo propio, se entiende: nombres que les iban tan bien o tan mal como cualquier otro. Lo de nazi y violador, que es el modo en el que acabaríamos recordándolos —aunque, por otra parte, ya no nos acordamos del nazi ni del violador— no se lo llamábamos todavía, aún no sabíamos, no creíamos, tal vez ni siquiera sospechábamos; eran todavía como acertijos sin descifrar, adivinanzas en las que la única palabra posible -nazi, violador- aún estaba por revelarse. Con el tiempo hemos llegado a pensar que Sara sí que sospechaba, creía y tal vez incluso sabía, lo supo desde el primer momento, porque en los castings valoraba cosas rarísmas y quizás ser nazi o ser violador era una de esas cosas.

Mientras tanto, mientras el nazi y el violador se llamaban todavía con sus falsos nombres, su falsa serenidad de aliados de la causa, los ensayos de la obra avanzaban. Al menos eso decía Sara Molina.

Pero ¿qué obra? ¿qué ensayos?, nos preguntábamos los unos a los otros en voz baja. Nadie sabía nada. Llevábamos tres meses haciendo improvisaciones y castings y ejercicios de calentamiento, preparándonos para quién sabe qué. Y sin embargo de pronto había una obra en camino, un texto que ninguno conocía, y Sara se limitaba a sonreír cuando le preguntábamos. No contestaba. O contestaba “Tomaos el tiempo que necesitéis” como cuando nos pedía que repitiéramos nuestro texto en el casting. Como si ese casting de preguntas rarísimas no hubiera terminado todavía.

El casting, de hecho, no había acabado todavía.

Acabó, al fin, el mismo día que representábamos nuestra Gran Obra. Eso nos dijo Sara al llegar y colgar los abrigos y encender la cafetera: Hoy es el día de nuestra Gran Obra, y lo dijo exactamente así, con mayúsculas, como si con la voz pudiera ponerle mayúsculas a las palabras. Subimos todos al escenario, Aixa y Ester y Victoria Balcells y el nazi que estaba a punto de llamarse nazi y el violador que estaba a punto de llamarse violador, y también yo, tan nerviosa como la primera vez. La Gran Obra constaría de cuatro actos, nos explicó Sara, y cuando comenzó todavía tardamos algún tiempo en darnos cuenta; quiero decir que el primer acto se parecía sospechosamente a nuestro primer casting. Desde la silla Sara nos iba dando instrucciones, las mismas instrucciones que nos había dado en su día, y Ester volvió a hacer de tenista que confronta a una máquina lanzapelotas —“¡triste!”; “¡sexy!”: “¡intelectual!”— y yo me volví a poner igual de nerviosa, y Sara volvió a decirme que me tomara el tiempo que necesitara. Pero los que se crecieron de verdad fueron el nazi y el violador, otra vez tan encantadores como la primera vez, más encantadores aún si eso es posible —su primer casting ya nos había entusiasmado a todas, que todavía no sospechábamos, no creíamos, no sabíamos—. La repetición parecía elevarlos, perfeccionarlos. El nazi volvió a recitar su texto de Gramsci con la voz herida por la opresión hegemónica, por el poder invisible, por la hemorragia cerebrovascular, y otra vez el violador a vueltas con Judith Butler y compañía, su voz de yo soy aliado, yo no quiero dominar, yo quiero devolveros la voz que otros os niegan, y otra vez lágrimas en los ojos. Y con esto cerró el primer acto y todos aplaudimos al nazi y al violador, que estaban más Gramsci y más Butler que nunca.

El segundo acto debía comenzar con otra crisis de Aixa, dijo Sara, o mejor dicho no otra crisis sino la misma crisis, algo que se antojaba difícil porque Aixa, que no venía preparada, tenía cosas distintas en su bolso —ni rastro de lapiceros y agujas de coser para arrojar en todas las direcciones, sólo un pintalabios, un cigarro electrónico y un libro de Javier Marías francamente voluminoso—, pero igual a Sara le sirvió o dijo que le servía, y el nazi otra vez fue en su socorro pero con un poco más de torpeza, con cierta vacilación, una cautela más que comprensible —porque el libro de Javier Marías, lanzado según qué fuerza, podía hacer bastante daño—. Ya no parecía un domador de circo. No se sabía lo que parecía. Empezaba a parecerse, quizás, un poco a sí mismo. Luego fue mi turno. Sara me pidió que me encerrara en el armario y Ester tenía que apoyarse en el espejo, y el violador agarrarla por las caderas y hacerle lo que había venido a hacerle, solo que ahora en la cara de Ester había mucho más de miedo que de placer, y el violador, cuyas dotes interpretativas flaqueaban por momentos, tardó bastante en estar a punto y más tiempo aún en dejar de estar a punto. No pongas cara de Butler, apuntillaba Sara desde su esquina, pon, no sé, pon cara de violador. Y luego el momento en que el violador y el nazi tenían que reunirse en el centro del escenario para conversar amigablemente —aunque, según nos constaba, el violador y el nazi no eran amigos, ni siquiera se conocían previamente; ambos habían venido a las pruebas el mismo día, por casualidad, dirían, por pura casualidad—. Sara les dijo que eso que parecía el centro del escenario no era en realidad el centro del escenario, que más bien debían fingir que estaban en un bar de Malasaña, concretamente en el Pepe Botella la tarde del 16 de noviembre, con dos dobles de cerveza y cuatro años de amistad secreta a sus palabras. ¿Hablamos de cualquier cosa?, preguntó el nazi, con un hilo de voz, y Sara negando con la cabeza, no, de cualquier cosa no, debían hablar de nosotras, debían contarse entre risas, por ejemplo —es un decir— que acababan de zumbarse a Ester —“la colgada de las rastas”—; qué bien follan las perroflautas —diría el violador— y el nazi debía asentir con la cabeza y confirmar lo evidente, que con Gramsci todo es más fácil, que si mezclas unas gotas de Gramsci y unas pedanterías de Laclau y lo agitas en una sala de teatro alternativo sale un mitin de Podemos y muchas oportunidades de echar un polvo. Debían hablar de Aixa, la histérica-loca-del-coño que casi le había sacado un ojo con una aguja de coser -lo que hay que hacer para pillar, suspiraría, soñador, el nazi-. Debían hablar de mí, la morbosa que mira desde dentro del armario y a mí aunque es bien fea ya con eso de que mire me pone, me pone. Tomaos el tiempo que necesitéis, instruyó Sara. Y el nazi y el violador, de pronto, comenzaron a actuar francamente mal, les temblaba la barbilla, no sabían dónde poner las manos ni cómo acentuar ciertas palabras —puta, coño, perroflauta, polvo—, cómo mirarnos o si mirarnos siquiera; cómo interpretar la sonrisa lenta de Sara Molina. De pronto hacía mucho calor, o ellos dijeron que tenían mucho calor, pidieron un receso para ir al baño, para beber agua, para hacer sus ejercicios vocales; los dos, otra vez por casualidad, descendiendo juntos del escenario y caminando juntos hacia la puerta.

El tercer acto fuimos nosotras, esperando que el nazi y el violador volvieran, ahora sí con sus verdaderos nombres.

El cuarto acto fui yo, leyendo en voz alta este relato.


*Cristina Morales es escritora. Su último libro, Terroristas modernos (Candaya, 2017).

*Aixa de la Cruz es escritora. Su último libro, La línea del frente (Salto de página, 2017).

*Víctor Balcells Matas es escritor. Su último libro, Aprenderé a rezar para lograrlo (Delirio, 2017).

*Juan Gómez Bárcena es escritor. Su último libro,
Kanada (Juan Gómez Bárcena, 2017). 

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