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El cuento de todos

Eternamente, la ciudad eterna

  • "Pedro Villalba fue profesor de latín hasta su jubilación, que le llegó anticipada por sus problemas de vista, pues la diabetes fue robándosela hasta reducirle el mundo a un contorno nublado. (...) Desde muchacho, el sueño principal de Pedro Villalba había sido el de viajar a Roma, pero, entre cosa y cosa, en sueño postergado fue quedándose, y como un sueño vano lo daba ya"
  • Así comienza el relato de Felipe Benítez Reyes editado en su libro Por regiones fingidas que publicaremos en cuatro entregas

Felipe Benítez Reyes Publicada 13/04/2018 a las 06:00 Actualizada 12/04/2018 a las 19:55    
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El escritor Felipe Benítez Reyes.

El escritor Felipe Benítez Reyes.

Este relato pertenece al libro Por regiones fingidas, editado en tirada limitada de 175 ejemplares firmados por el autor en Interrogante editorial. Publicaremos el cuento en cuatro entregas.
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Pedro Villalba fue profesor de latín hasta su jubilación, que le llegó anticipada por sus problemas de vista, pues la diabetes fue robándosela hasta reducirle el mundo a un contorno nublado. Veía siluetas y borrones, máculas luminosas, indefinido lo definido y oscilante lo firme, de modo que el mundo se le deslizó poco a poco hacia los adentros, por necesidad de algún sitio en que asentarse, y se volvió meditabundo.


En su memoria repleta y ociosa resonaban sus autores de siempre, los que se sabía al dedillo: allí estaba Lucrecio, avisando de que en cualquier lugar del mundo, y al mismo tiempo, en una sincronía implacable de paradojas, triunfa y muere la vida; por allí andaba Tibulo, rogándole a la muerte que apartase de él sus manos codiciosas o haciéndose eco del martirio de Tántalo, el sediento ante las charcas; allí reverberaba Ovidio, con sus fábulas de mutantes; allí estaba Fedro, envidioso de la fama de Sócrates, a pesar de la mala muerte del ateniense; allí, en su memoria, estaba Lucano, despectivo ante la pervivencia colectiva de las glorias militares de Julio César; allí arañaba Marcial con sus estiletes de punta envenenada… Allí estaban todos, en fin, murmurándole en un idioma muerto. Y con aquello echaba atrás las horas consigo.


Su hijo Horacio, que vivía con él, lo sacaba alguna que otra tarde a pasear: la calle como un caleidoscopio, como la jungla de los fogonazos imprecisos. Y una voz de quién que lo saludaba. Y la intensificación de los olores. Y la alegría de reconocer algo, el perfil de algo: “¿Eso no es…?”. Y lo era o no lo era, pero su hijo le decía siempre que sí, menos por compasión que para no tener que enredarse en explicaciones.

Desde muchacho, el sueño principal de Pedro Villalba había sido el de viajar a Roma, pero, entre cosa y cosa, en sueño postergado fue quedándose, y como un sueño vano lo daba ya, sobre todo desde que murió su mujer, cuya ausencia no le aliviarían ni todos los poetas del mundo latino puestos en fila y recitando consuelos melancólicos sobre la fugacidad de las cosas y sobre la vanidad de fondo del vivir. Aunque él no alcanzara a distinguirlos, ella le hubiese descrito sobre la marcha los prodigios profusos de Roma y él, a falta de precisión en los ojos, los hubiera admirado con el soporte de su fantasía documentada, como un sonámbulo por su casa a oscuras. Pero el caso es que ahí seguía Roma, lejana y siempre en él, concreta y mítica, envuelta en la bruma de los lugares que existen más en la imaginación que en los mapas: una Roma ingrávida y artificial, reducida en la percepción del profesor Villalba a una escala de maqueta minuciosa: las ruinas y las fuentes, los palacios y los jardines, los museos y las basílicas, ya que cualquier ciudad imaginada cabe a fin de cuentas en una tarjeta postal o en el óvalo de un camafeo. “Pensar que voy a morirme sin ver Roma…”, y su hijo le replicaba que había cosas peores.

*Felipe Benítez Reyes es escritor. Sus últimos libros, Por regiones fingidas (Interrogante editorial, 2017) y una reedición de El novio del mundo (Fundación José Manuel Lara, 2018) en conmemoración de su 20º aniversario.

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