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Los diablos azules

Andrés Neuman por Andrés Neuman

  • El escritor aclara en esta autoentrevista sus propias dudas sobre Fractura, su última novela, un viaje a Japón, la bomba atómica y el temblor de Fukushima
  • En este nuevo libro, seguimos al señor Watanabe en su viaje por la memoria a través del relato que hacen de él cuatro mujeres a un periodista argentino

Andrés Neuman Publicada 20/04/2018 a las 06:00 Actualizada 19/04/2018 a las 18:04    
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El escritor Andrés Neuman.

El escritor Andrés Neuman.

Rodrigo Valero
Quizás desde el Japón más o menos imaginario de su Watanabe, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) responde a sus propias dudas sobre Fractura (Alfaguara), su último libro. En él seguimos a un superviviente de la bomba atómica a través del relato que cuatro mujeres hacen de él a un periodista argentino. El rastro de una memoria pública y privada que viaja desde Tokio a Madrid. Continuamos, con esta nueva entrega, con la serie de autoentrevistas a escritores en la que han participado Alfons Cervera y Eduardo Mendicutti

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Pregunta. ¿No te parece raro este encargo de hacerte preguntas a ti mismo?

Respuesta. Quizás un poco, sí. Estoy de acuerdo contigo. Es decir, conmigo. Es decir, no sé. De todas formas me interesa la pregunta, en la medida en que pone sobre la mesa una cuestión inevitablemente narrativa. Escribir en primera persona puede ser una estrategia de desviación imaginaria, igual que algunas terceras personas tienen la capacidad de profundizar con franqueza en nuestra intimidad. Ya se sabe que la autobiografía vive tentada por la autojustificación. O incluso por la autoflagelación, esa variante sensacionalista del exhibicionismo. Al fin y al cabo, cuando nadie nos mira, somos más nosotros.

P. ¿Se te hizo entonces raro escribir en primera persona femenina? Te lo pregunto porque más o menos la mitad de Fractura está dedicada a los monólogos de cuatro mujeres diferentes: Violet, la historiadora parisina; Lorrie, la periodista neoyorquina; Mariela, la traductora porteña; y Carmen, la fisioterapeuta de Leganés.

Siempre me intimida escribir directamente desde el punto de vista de un personaje femenino. Pero siento que ese miedo tiene algo de aprendizaje radical. Uno de los poderes de la ficción, lo explica Rebecca Solnit en The Mother of All Questions, consiste en la posibilidad de transgredir los propios límites de género, clase, ideología o lo que sea. En tantear hasta dónde podría transformarse nuestra identidad. Intuyo que una de las tareas de la literatura actual pasa por que los hombres sepamos identificarnos con voces de mujeres. Que es, ni más ni menos, el complemento de lo que a ellas les ha tocado hacer desde que el mundo es mundo. Además de un arsenal de contenidos, lo que llamamos patriarcado es, me parece, una estructura narrativa. Un punto de partida de la voz. Por eso traté de invertir la estrategia tradicional (construir la imagen de una mujer desde deseos e intereses masculinos) y que el hombre de esta historia fuese observado, fantaseado, expresado por su prójimo femenino.

P. Oye, ¿y no te parece raro que te pregunten tan a menudo “por qué Japón”?

R. ¡Espero que no me lo estés preguntado tú también! Nadie se extraña de que los lectores nos interesemos por la literatura asiática, por ejemplo. Que nos gusten las películas japonesas, chinas o coreanas. Jamás haría falta justificar esa curiosidad por lo lejano, que es otra forma de repensarnos con distancia. De esto se deduce, supongo, que los lectores son más libres que los escritores. O que la lectura es una actividad sujeta a muchos menos prejuicios que la escritura. El caso es que un día, poco después del terremoto que sacudió Japón en 2011, me conmovió enterarme de que el eje del planeta entero se había desplazado diez centímetros. Entonces pensé que hay fuerzas, como la energía, la economía o el amor, cuyas ondas expansivas no sabemos hasta dónde pueden llegar. Y que el poeta Milosz había tenido razón al exagerar: “Si algo existe en un lugar, existirá en todos”. Digamos que toda hipérbole pone una lupa en la verdad.

P. Hablando de eso, ¿hasta qué punto es raro que el personaje del señor Watanabe comparta apellido con el poeta peruano (de padre japonés) José Watanabe?

R. Ahí me has pillado. El hecho de que fuese un apellido muy común en Japón, pero también el de uno de mis poetas latinoamericanos preferidos, me ayudó a querer al personaje. Se convirtió en un anfibio múltiple. Que se mueve entre el reino de los vivos y los muertos, entre orillas distintas, entre lo lírico y lo narrativo.

P. Una última curiosidad: ¿es cierto que todos los lugares por donde pasa el personaje en coche son reales, excepto el último y pequeño pueblo en lo alto de una montaña? Para serte sincero, eso sería un tanto raro.

R. No me dejas más remedio que repetirte unos versos de Watanabe (el poeta, no el otro) sobre sentirse vivo en una montaña: “Estaré yo solo/ y me tocaré/ y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña/sabré/ que aún no soy la montaña”. La investigación documental me atraía tanto como el factor onírico. Se trataba de jugar con las relaciones entre experiencia vivida y experiencia fabulada. En un momento de la novela, se recuerda que José Martí escribió una de las mejores crónicas del terremoto de Charleston. Ese texto es un clásico del periodismo latinoamericano. La destrucción se ve, se oye, se toca. Sólo que Martí jamás estuvo allí: lo escribió a mil kilómetros del lugar. ¿Deja por eso de servirnos como memoria de los hechos? ¿Y no es justo así como hoy experimentamos el mundo la mayor parte del tiempo?

*Andrés Neuman es escritor. Su último libro, Fractura (Alfaguara, 2018). 

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