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Club de lectura

Contra las catástrofes mínimas

  • El taller de escritura del instituto Villa de Vallecas reúne desde 2017 a alumnos y profesores para domar juntos las palabras a partir de la lectura
  • Uno de sus objetivos es acercarse a la literatura contemporánea estudiando a autores como Luis García Montero, Sara Mesa o Shirley Jackson

Luis Baeza Andreu Publicada 18/05/2018 a las 06:00 Actualizada 17/05/2018 a las 20:37    
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Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.
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Escribir es un exorcismo. Escribimos para curarnos de alguna música lejana, de la noche profunda y hambrienta. Se escribe para sobrevivir a las catástrofes mínimas: la familia, la casa, el estudio, el insomnio.


No, no se escribe: se huye. Porque el ser humano, desde que nació, está escapando de la tormenta y de los lobos. Y se va hacia desiertos y hacia cuerpos que nos cobijarán con ternura. Se avanza hacia el futuro o hacia el pasado. Indistintamente. Escribir es conocer el origen, llegar hasta el inicio. Y negarlo todo. Volver a ser.


Las palabras suenan en el fondo del alma como un eco lejano. Vibra el cuerpo, vibran los dedos cuando trazan, temblorosos, algunas verdades: pena, desilusión, sangre. Escribir es dar con un ritmo, ponerle a la felicidad rostro. Hay algunas consonantes que redoblan en el aire, como un tambor de la alegría. Y hay vocales abiertas como ventanas.

Por esta pulsión de la escritura, el taller del instituto Villa de Vallecas empezó a andar en el mes de octubre del año 2017 y, desde entonces, los estudiantes acuden puntuales a su cita con las palabras. El objetivo de este proyecto es, por un lado, fomentar la escritura creativa y, por otro, que los alumnos estén en contacto con la literatura contemporánea. Por esa razón, todos los encuentros parten siempre de una propuesta de lectura que servirá como pretexto para empezar a escribir. Porque escribir es, en esencia, leer. Y este año hemos escrito desde autores como Luis García Montero, Sara Mesa, Shirley Jackson, Andrés Neuman, Julio Cortázar, Pablo Neruda... Desde este planteamiento, hemos trabajado la voz del narrador perverso, la voz delicada e inocente del niño; hemos otorgado importancia al objeto, a su hipotética mirada hacia nosotros; hemos reflexionado sobre lo efímero y lo breve de la vida; nos hemos puesto en la piel del monstruo y también hemos escrito odas a los alimentos que más amamos. Como colofón, la escritora Sara Mesa nos ha visitado en este mes de abril y hemos podido compartir con ella nuestras experiencias literarias. Ha sido emocionante, además, regalarle la revista que recoge todos los textos que han ido modelándose a lo largo del año, en una tarea comprometida de revisión y crítica, y mostrarle los cuentos que nacieron de un cuento suyo titulado “Picabueyes”. Porque las historias siempre nacen de otras historias, como las estrellas de mar surgen y se desarrollan a partir del brazo de una estrella antigua.

El momento de compartir la creación propia se convierte en un acto de generosidad inmensa. Porque detrás de cada palabra está latente la personalidad arrolladora de cada uno de los escritores, sus manías más inconfesables y sus delirios. Y las historias, de sus bocas, cobran un relieve asombroso, una vida exuberante y llena de matices.

En el taller, se discute sobre la idoneidad de algunas metáforas, sobre el sonido impertinente de algunas sílabas. Se limita el excedente de sangre y se relaja la histeria hiperbólica de algunas historias. Desprenderse de palabras siempre cuesta. Y por eso, aprendemos también a deshacernos de algunas que son dañinas y perjudiciales para la salud de la criatura. Se habla sobre las tramas y se proponen alternativas, porque escribir es también un diálogo. E intentamos, sobre todo, divertirnos y evadirnos, durante un rato, de las imposiciones de la rutina.

El taller de escritura ha encontrado su espacio en el instituto para dar voz a los alumnos y para que puedan vivir la literatura desde la perspectiva del que la crea. Estos son sus participantes:

Luis Baeza Andreu: profesor de lengua y coordinador del taller y de la revista.
Mercedes Bravo Carnicero: profesora de inglés y participante del taller.
Nayima Slimani Alcón (1º de Bachillerato)
Adrián Barriopedro Pérez (1º de Bachillerato)
Tania Fritz Rodríguez (1º de Bachillerato)
Cristina Barroso Martínez (1º de Bachillerato)
Alba Martínez Rodrigo (1º de Bachillerato)
Alba Elvira Urbina (4º de ESO)
Paula Vivas García (3º de ESO)
Miriam Chakkour García (4º de ESO)
Alanis Díaz González (4º de ESO)

Y estos son algunos textos de los alumnos:

Así soy yo
Alba Elvira Urbina

Me llamo Diego y tengo ocho años. Soy un chico algo tímido pero siempre estoy de aventura con mis amigos, que viven dentro de mi cabeza. Mamá dice que no puedo estar siempre jugando con ellos y por eso también veo muchas películas, sobre todo de naves espaciales. ¡Me gusta mucho dibujarlas, sobre todo las que más rápido vuelan!

Papá y mamá dicen que tengo un superpoder que es el de hacer sonreír a la gente pero yo creo que ven algo más en mí. Seguramente sea por la silla tan guay en la que siempre voy sentado porque la he decorado con muchas pegatinas y tiene unas ruedas muy grandes.

También me miran mucho la cara porque es tan especial que nadie la tiene como yo. Nadie tiene mi nariz que está tan cerca de los ojos, algo caídos. Ni mi boca de la que salen cicatrices o todos los hoyuelos que tengo por los mofletes. Mis orejas también son diferentes porque casi  están cerradas y no parecen orejas.

Yo también me río con todas esas personas porque seguramente se pensarán que soy un pirata que ha luchado un montón y por eso tengo todas estas cicatrices. Pero no es verdad, no soy un pirata, yo siempre he preferido volar en mi nave espacial.
 
Papel de regalo
Adrián Barriopedro Pérez

Tumbado en el suelo,
sin mayor función que recordar
la falsa felicidad.
Y ahora aquí me hallo,
mirando ese papel
arrugado y enmarañado,
mientras veo en él mi persona.
Una vez ese papel ocultó una grata sorpresa,
creadora de inmensa felicidad,
hoy lo único que hace es esperar,
pues todos al fin y al cabo acabamos igual.
Solos.
En el suelo.
Preparándonos para el olvido.
Para el fin.
Pues la ropa se lava,
el papel solo se rompe
igual que el alma.

 
Mi vida depende de ti
Tania Fritz Rodríguez

Tan sencillo parece
resistir al desliz del grafito
en aquel vacío.
Existe una mano,
que guía sus pasos.
A vece, sufre,
de manera accidental,
pero solo lo hace más preciso.
Cómo tu subconsciente
lo desliza al compás de tus ideas
pasando rincones de inquietud,
soledad,
pasajes de pasión...
Todo a través de sus trazos,
limpios o emborronados.
Recuerdos en líneas rectas,
curvas,
formando palabras,
adentrando
lo más profundo de ti.
Ya sólo queda un último trazo.
La madera rozando,
no queda nada,
solo un final.
Quizás no somos tan distintos.
Quizás estamos unidos.
Tu final será mi final.
 
Las hojas
Mercedes Bravo Carnicero

Si pudieras contemplarlas de cerca, verías que, cuando llega el momento, después de una larga primavera y un verano aún más largo, las hojas están impacientes por caer.

Se dejan mecer, a veces sacudir, por el viento, juegan con él, hacen tiempo antes de emprender el viaje del cual ninguna hermana ha regresado jamás.

Mas esto no las asusta, ensoberbecidas como están por los rojos, los amarillos, los ocres de su haz y su envés; han dejado atrás el verde y exhiben orgullosas las tonalidades de su madurez.

Se observan unas a otras; se envidian ferozmente, calculadoras, comparando tonos de amarillo, de marrón. Por fin, cuando sienten que ha llegado el momento, miran a sus compañeras con suficiencia, contraen con elegancia el peciolo y se dejan caer. ¡Adiós, adiós para siempre!

Las más afortunadas flotan con elegancia de libélula durante unos segundos; las menos, son arrastradas por el viento a mucha distancia de su árbol.

Pero ninguna está preparada para lo que les espera al final: el aterrizaje traumático contra el asfalto; el pisotón de un zapato, tal vez una pata; los empujones de unas ásperas cerdas al interior oscuro y asfixiante de una bolsa de plástico; el trayecto hasta un contenedor donde serán arrojadas a un légamo maloliente poblado de gusanos en el que acabarán por desfallecer, y morir y pudrirse…

Y regresar, pasado mucho, mucho tiempo, como brotes que pronto empezarán a soñar los viajes de sus bisabuelas.

 
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