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Los libros

El cuerpo y la música

  • Teresa Gómez divide La espalda de la violinista siguiendo unas pautas musicales: un preludio y tres movimientos
  • La autora quiere encontrar palabras que iluminen la oscuridad, el miedo, el desaliento, pero que no ignoren el dolor ni las tragedias cotidianas

Antonio Jiménez Millán
Publicada el 25/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 24/05/2018 a las 19:41
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Teresa Gómez
La espalda de la violinista

Prólogo de Ángeles Mora
Fundación José Manuel Lara

Sevilla
2018

Dentro del excelente prólogo que Ángeles Mora ha escrito para este libro de poemas de Teresa Gómez (Puebla de don Fadrique, Granada, 1960), encontramos la explicación del título que nos ofrece la propia autora: en un concierto celebrado en el auditorio Manuel de Falla de Granada, Teresa Gómez observa a la violinista Viktoria Mullova y se fija en “la danza de pequeños músculos de su espalda que intervenían para hacer posible un resultado sonoro que aparentaba fluir sin esfuerzo alguno, sin técnicas ni recursos, llegando directo al corazón (…). Supe que había encontrado el título para mi libro, dado que trabajo mis poemas sin descanso en busca de simplicidad. Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más sencillo, dijo Albert Einstein y creo que también vale para la poesía”.

A pesar de que este sea, en sentido estricto, su primer libro, Teresa Gómez empezó a publicar poemas en los años ochenta, cuando surgió la propuesta de “La otra sentimentalidad”; de hecho, varios fueron recuperados en la antología que con ese mismo título editó Francisco Díaz de Castro en la misma colección Vandalia (2003). A propósito del libro inédito Plaza de abastos, Juan Carlos Rodríguez escribió en 1986 un texto recogido después en Dichos y escritos (Sobre la otra sentimentalidad y otros textos fechados de poética). Decía allí: “Porque Teresa consigue en su poética una maravilla insólita, pero siempre necesaria en cualquier día, y mucho más en los nuestros: crear una auténtica metafísica del cuerpo. Con una tristeza indeleble: el cuerpo siempre se va, siempre se escurre entre las manos, y no sólo el cuerpo del otro, sino el propio”.

El cuerpo y la música constituyen dos ejes importantes en La espalda de la violinista. Teresa Gómez divide el libro siguiendo unas pautas musicales: un preludio y tres movimientos, “Allegro con spirito” (dividido, a su vez, cuatro apartados: “Palabras en la piel”, “Tu silencio”, “La noche” y “Si…”), “Largo ma non tanto” y “Finale presto”. Señala con acierto Ángeles Mora que desde las dos citas iniciales –de Ángela Figuera Aymerich y de Pessoa/ Alberto Caeiro- “estamos viendo lo que nos quiere contar y cantar este libro: la realidad que nos duele, que nos preocupa, que nos mancha”. Y se refiere también a la importancia del encuentro con el otro, que puede significar también el encuentro con uno mismo -o la constatación de la ausencia, como veremos.

Me llama la atención el valor de la expresión condicional en este libro, que nos adentra en el terreno de la hipótesis, ya desde el poema “Licor y chocolate” (“De haber sabido que vendrías…”) o el poema VI de “Palabras en la piel” (“Si estuvieras aquí, si vieras”), hasta el apartado “Si…”. Es una sensación de inseguridad (o mejor, de relatividad) que afecta al núcleo del libro. La soledad, el silencio, la ausencia buscan sus metáforas en las ciudades (semáforos, cines de verano, esquinas, avenidas: “…se fue poniendo rara la ciudad”), pero también en los paisajes de mar (“Pregunta en el puerto/ dónde está mi nombre,/ dónde mi destino.// Búscame en la arena,/ en aquellas peñas,/ en aquellas olas que trae el horizonte,/ muy cerca del cabo,/ cerca de tus redes”); la ausencia se identifica con una luna nueva –invisible, por tanto- al margen del camino.

Las palabras se instalan en la piel, se enfrentan a los silencios (de hielo o de fuego: el contraste funciona en muchas imágenes de este libro) o atisban un “gesto de luz” en el horizonte. Y las imágenes que fluyen con intensidad son el correlato del sentimiento: “Si no tuviera que fingirte más,/ si ya hubieras llegado para inventar la noche,/ si estuvieras aquí.// Hay caballos oscuros/ —si vieras—/ sobre los ojos verdes de los puentes/ donde los gatos buscan los peces desde el alba” (VI). Por momentos, se observan ciertas conexiones con los poemas de Plaza de abastos, especialmente “Subasta en mi ventana” (que fue también el título de una breve antología de Teresa Gómez publicada en 2000 por Cuadernos del Vigía), “Quizá”, “Un equipaje demasiado ajeno” o “El agua es gratis para los tristes”. “Palabras en la piel” se cierra con una evocación del poeta Javier Jurado: “Aquí tengo tu ausencia/ quemándome las plazas y los bares/ en los que nunca más te encontraré.// Aquí mi rabia,/ aquí mi corazón desconcertado y necio,/ atisbando palabras, o gestos, o silencios/ que pudiera entregarte ya tan tarde,/ tan desdichada y ferozmente tarde”.

En los apartados “Tu silencio” y “La noche” vuelve a ser protagonista la soledad, que “se cierra como un libro” y es evocada a veces con imágenes siniestras (“La noche es esa vieja que se acuesta conmigo”) o sensoriales (el tacto: “Tengo un tacto de arena doliéndome en las piernas,/ tu deseo./ Mi corazón se agolpa en esta playa”), hasta llegar al magnífico poema V de “La noche”, una perfecta síntesis de musicalidad y potencia imaginativa. Los escenarios marítimos –no podemos olvidar la referencia de Troppo mare, de Javier Egea— vuelven a aparecer en los poemas del apartado “Si…”, sobre todo en “Fuga” (“Tus dedos/ navegaron por mi pelo/ desatando mareas/ provocando naufragios/…/ La espuma y los sargazos asediaron la orilla/ trazando las señales de rutas imposibles/ en un mapa inundado”), mientras que en “Destino de nómada”, “Plata en el horizonte”, “La hiedra y la sombra” o “Cinco minutos nada menos” se constata nuevamente aquella dialéctica en torno al cuerpo que señalaba Juan Carlos Rodríguez; “Círculo cromático” recurre a la sinestesia simbolista/ modernista para asociar distintos colores a ideas, conceptos y sentimientos.

Cierran La espalda de la violinista los tres poemas en prosa de “Largo ma non tanto”, que abordan en un tono más narrativo el análisis de los sentimientos, y un “Finale presto” que condensa una poética: Teresa Gómez quiere encontrar palabras que iluminen la oscuridad, el miedo, el desaliento, que puedan “contar el mar” de otra manera, pero que no ignoren el dolor ni las tragedias cotidianas “en el mapa mojado del azar”. Un libro necesario La espalda de la violinista, y mucho más cuando su autora no se dio a conocer en el momento en que le correspondía por extrañas circunstancias del mundo editorial.

*Antonio Jiménez Millán es poeta y profesor de Literatura. Su último libro, Ciudades (Antología 1980-2015) (Renacimiento, 2016).

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