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Los diablos azules

Teresa Gómez por Teresa Gómez

  • La escritora andaluza sabe que escribir no es lo mismo que publicar: tras una vida dedicada a la poesía, La espalda de la violinista es su primer libro
  • En esta autoentrevista se pregunta por su lejanía del mundillo literario, el encuentro con los lectores y el papel que el compromiso juega en sus versos

Teresa Gómez
Publicada el 25/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 24/05/2018 a las 17:36
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La poeta granadina Teresa Gómez.

La poeta granadina Teresa Gómez.

Luis Serrano
Una cosa es escribir, y otra cosa es publicar. La poeta Teresa Gómez (Granada, 1960) lo sabe bien. Pese a haber participado en antologías, revistas y plaquettes, acaba de publicar La espalda de la violinista (Fundación José Manuel Lara), su primer libro. En esta autoentrevista se pregunta sobre sus motivaciones para acercarse a la poesía, su lejanía con el mundo literario y el papel del compromiso en sus versos. Continuamos así con esta serie, en la que han participado autores como Eduardo Mendicutti y Andrés Neuman.
_________________


Pregunta. ¿Hasta qué punto podemos encontrarnos con Teresa Gómez en La espalda de la violinista?


Respuesta. A quien siga los indicadores que se encuentran en el mapa de mi territorio poético, sin duda le conducirán, con frecuencia, a mi territorio personal. En mis versos es fácil rastrear a mis maestros y zambullirse en mis contradicciones, mis anhelos, mi angustia... Y diría incluso que pueden encontrarse las claves de cómo afronto todo ello, desde qué posiciones emocionales o sociales y hasta qué punto tengo o no éxito.


Claro que este libro se ha ido gestando a lo largo de 15 años —soy una escritora lentísima y trabajo mucho mis textos, disfruto haciéndolo— y por tanto creo que en La espalda de la violinista te encontrarás con muchas Teresa Gómez, no solo con esta que contesta a sus propias preguntas en este momento, feliz de protagonizar esta original y curiosa entrevista para Los diablos azules.

P. ¿Cómo es tu relación con los lectores? ¿Qué esperas de ellos?

R. Sinceramente no pienso en ellos. En ese sentido, diría que soy bastante egocéntrica. Es mi mirada la que me proporciona los recursos con los que construyo mis poemas. Eso no quiere decir, por supuesto, que solo me mire a mí misma. Todo lo contrario. Mis poemas están poblados de historias que no me pertenecen, de amantes que no han sido míos, de horrores que no he padecido y de amores que no he vivido. Escucho y miro con atención la vida a mi alrededor, y todo ello cuando adquiere la distancia necesaria, acaba convertido en material poético que nutre mi proceso creativo.

En el momento que entrego el poema es cuando los lectores cobran importancia y sueño con que al abrir mi libro encuentren algún verso en el que puedan reconocerse. Sueño con la posibilidad de poner palabras al dolor de otros, a la esperanza de otros, al miedo de otros... Supongo que a eso es a lo que llamamos un poeta universal, a quien es capaz de decirnos aquello que hubiéramos querido decir nosotros y no supimos, pero cuando lo encontramos escrito por alguien, nos emociona y nos decimos: ¡esto es, exactamente, lo que siento!

P. A menudo has repetido que te define el compromiso. ¿De qué manera se manifiesta en tus poemas?

R. En gran medida la poesía es para mí un ejercicio de reflexión con la finalidad de poner un poco de orden en mi propio mundo, de buscar respuestas, de explorar la realidad a través de las emociones, de poner al descubierto mis contradicciones, y todo ello desde la ternura. Un intento de orientarme en el caos, huyendo despavoridamente del sentimiento de culpabilidad judeocristiana, que nos asalta en cuanto bajamos la guardia. Creo que podría decir que trato de establecer una ruta que me permita transitar con cierta seguridad de la emoción al conocimiento, ida y vuelta.           

Ese es mi compromiso. Tengo la esperanza de que la duda permanente a la que someto el lenguaje con el que me comunico y que aplico incluso a mis propios sentimientos —ya lo dijo Juan Carlos Rodríguez, los sentimientos son históricos y por tanto se pueden cambiar— me permita la construcción de mi propia identidad, como ser humano, como mujer y como mujer poeta. La poesía me ofrece las claves para ahondar en lo humano y así cada uno de mis versos pretende ser por una parte el instrumento de construcción de una identidad propia y por otra, el instrumento de réplica frente a una identidad impuesta y no aceptada. En definitiva, un intento de construir mi propio "yo soy".

Creo que desde el compromiso de honestidad con lo más cercano, tu propia forma de situarte en el mundo y relacionarte con él, se puede impulsar un cambio social y en ese sentido, se puede contribuir a la construcción de un mundo mejor. Frente a la desmedida manipulación ideológica y mediática, siento que este intento de reformulación, de reconstrucción, es una forma de resistencia. No es necesario que nuestros versos o nuestras actitudes sean explícitamente políticas para ser fuertemente comprometidas. Por otra parte, en una sociedad donde la prisa, el ruido tecnológico, la inmediatez, el dogmatismo... son valores tan preciados, un poema puede suponer una pausa, un instante para reflexionar, para sentir. Tanto para quien lo escribe como para quien lo recibe. Y en este sentido, frente al pensamiento único, puede representar un fogonazo de espíritu crítico.

P. Escribes desde hace mucho tiempo, has participado en antologías, revistas, jornadas, recitales y has publicado plaquettes, pero dado que tu primer libro Plaza de Abastos aún sigue inédito, La espalda de la violinista sería tu primera experiencia en la edición de un libro propiamente dicho. ¿Cómo estás viviendo la experiencia? ¿Qué te está aportando?

R. No recuerdo mi vida sin poesía. Cuando era pequeña, en mi casa no había libros, pero me recuerdo esperando el día en que venía un quinquillero por las casas del campo, donde yo vivía, porque traía hojas sueltas con "romances" que yo leía una y otra vez hasta la siguiente visita. Y también desde muy jovencita me recuerdo inventando historias y poniendo en verso mis emociones, pero es verdad que no he dedicado tiempo a hacer esas gestiones que hay que hacer para publicar, no basta con escribir. En ese sentido, por una parte, siempre he sido vaga y con poca resistencia a la frustración, no tengo habilidades ni vocación para adentrarme en ese mundo de los premios y las publicaciones. Y por otra, siempre he sentido la necesidad de escribir e incluso la necesidad de compartir mis poemas por distintos medios, pero nunca había sentido la necesidad de publicar.

Sin embargo, ahora estoy realmente muy contenta de que La espalda de la violinista se haya publicado en Vandalia. El libro como objeto es precioso a lo cual contribuye, además del cuidado exquisito de edición, la ilustración que Lola Sánchez ha hecho para la portada. Y el prólogo con el que abre Ángeles Mora es tan exhaustivo y clarificador que da valor al libro por sí solo. Por otra parte, las experiencias que estoy viviendo a consecuencia de su publicación hasta ahora —toco madera— son todas emocionantes: reseñas generosas y entrañables, invitaciones a actividades inspiradoras... Ha sido maravilloso, por ejemplo, encontrarme con amigos convocados por las presentaciones que de La espalda de la violinista se han hecho en distintos lugares. Y algunas otras anécdotas como el regalo en el día de la poesía de uno de mis poemas reformulado por niños de 7 años, o encontrar a una persona desconocida comprando mi libro, o recibir un mensaje para darme las gracias porque mis versos habían representado alivio en un momento de dolor...

Estoy viviendo tantas emociones positivas que me temo que esta experiencia podría estar despertando en mí esa necesidad de publicar que hasta ahora no existía.

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