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Los diablos azules

El camino del perdón

  • Hay que ser un narrador extraordinario para construir un personaje inolvidable como la protagonista de Madre que estás en los cielos
  • Julia Bertolini emprende un recorrido porpor todo lo que le permitió ir descubriendo en sí misma y en los demás todos los pliegues del difícil oficio de vivir

Publicada el 01/06/2018 a las 06:00
Hay que ser un narrador extraordinario para construir un personaje inolvidable como la protagonista de Madre que estás en los cielos, Julia Bertolini. Y Pablo Simonetti lo consigue mediante un instrumento narrativo difícil y lleno de riesgos: la voz de Julia volcada en una evocación escrita por ella misma al hilo del oleaje de la memoria.

  Así, recupera sus recuerdos de hija y nieta de una familia italiana que emigró a Chile bajo las amenazas de la Segunda Guerra Mundial y prosperó en su nuevo país entre convulsiones políticas y desafíos vitales y sociales; de esposa de un hombre gobernado por sus encorsetados conceptos sobre la familia, las masculinidad y la paternidad; de madre de cuatro hijos, ya adultos, y tan diferentes entre sí, a los que ha intentado proteger en todo momento, con sus aciertos y sus errores, muchas veces descaminada a pesar –o a causa– de la seguridad que le da la firmeza de su amor maternal, pero siempre atenta a sus obligaciones guiadas por ese amor. Alentada por una dura, valerosa y lúcida decisión que ha tomado a pesar de las indicaciones de sus médicos y de la desolada incomprensión de sus hijos, emprende ese recorrido por los recuerdos de lo vivido, por todo lo que le hirió, la hizo feliz, la desconcertó, la reconfortó y le permitió ir descubriendo en sí misma y en los demás todos los pliegues y repliegues del difícil oficio de vivir. Y todo, como ella reconoce, para pedir perdón y para merecerlo.

Pero el camino del perdón está lleno de obstáculos que es preciso no slo descubrir, sino comprender para afrontarlos con la entereza precisa. Julia Bertolini es una mujer de una admirable y conmovedora honradez emocional, libre de la menor debilidad autocompasiva, consciente de sus equivocaciones y también, desde luego, de sus actos y gestos de generosidad y entrega. Sabe no enmascarase frente a lo que es y lo que ha sido. Es hija de su tiempo y de su educación, incluso de sus prejuicios, pero también de su capacidad de aprendizaje cultural y sentimental. Pablo Simonetti consigue construirla para el lector de afuera adentro o, si se prefiere, desde el relato mecido por el vaivén de la memoria a los cimientos del carácter y el corazón del personaje. Para ello, en determinados momentos de la narración familiar, sobre el todo de los más alejados, hace que Julia prefiera rehuir, por ejemplo, el testimonio literal y fechado de las cartas que su hermano Joaquín lleva mandándole regularmente durante cuarenta años desde Arizona, o en las de su hijo Andrés, el homosexual que se sabe repudiado, y opta por que se apoye solo en el contenido evocado en ellas para perfilar los acontecimientos familiares y personales que salen al paso en este recate de los haberes y las deudas vitales. Con recursos como este, y en otros como el uso muy sabio de la arquitectura temporal, Pablo Simonetti logra una agilidad y una fluidez y una hondura ejemplar.

En la vida de todo hombre y toda mujer hay secretos, en la historia de toda familia hay episodios oscurecidos por el afán de mantener el sosiego, la bonanza y la respetabilidad. Desentrañarlos y dignificarlos es una hazaña que Julia Bertolini no habría conseguido cumplir sin el talento narrativo y estilístico de Pablo Simonetti.

*Eduardo Mendicutti es escritor. Su última novela es Malandar (Tusquets, 2018). 
 
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