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Los libros

Desmantelado en la alegría

  • Con Si mal no recuerdo, Miguel Ángel Barrera Maturana reaparece tras casi veinte años tras publicar Las horas muertas en 1998
  • Gil de Biedma decía que ser un escritor lento tiene la ventaja de que un libro escrito despacio, ya sea malo o bueno, lleva dentro de sí la vida de su autor

Publicada el 08/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 07/06/2018 a las 18:18
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Si mal no recuerdo
Miguel Ángel Barrera Maturana

Fundación Huerta de san Antonio
Úbeda

2017

 
  Tras la publicación en 1996 de De imposturas y de Las horas muertas en 1998, Miguel Ángel Barrera Maturana reaparece tras casi veinte años con Si mal no recuerdo (Colección Juancaballos de Poesía, Fundación Huerta de san Antonio). Jaime Gil de Biedma decía que ser un escritor lento tiene la ventaja de que un libro escrito despacio, ya sea malo o bueno, lleva dentro de sí la vida de su autor. Miguel Ángel Barrera ha escrito despacio una serie de poemas en los que utiliza la memoria y los recuerdos como herramientas que construyen el futuro. Sus versos ponen banderas en la cumbre de un descubrimiento o en la sima de un abandono. Y lo hacen sin estridencias ni fuegos de artificio, con la pretensión de que la memoria y los recuerdos sean un lugar compartido. La primera y segunda parte del libro suponen un recorrido por la infancia y edad adulta del protagonista; mientras que la tercera parte es un intento de unir la intimidad con el “nosotros”, una voz que muda la melancolía por la rabia y la denuncia.


Los poemas que abren y cierran el libro, “La muerte a la que temo es la sombra que va a tu lado” y “Desde la terraza de la Chancillería” son significativos en cuanto que nos ofrecen los temas que planean sobre los versos de Si mal no recuerdo: el amor, el miedo y la muerte.

La primera parte del libro, “Pan duro”, contiene poema situados en una infancia que no pretende ser idealizada como paraíso perdido. En un hermoso poema dedicado a la madre, “El reino de los cielos”, se nos dice: “sus manos afanosas y rojas por el frío / tendiendo con primor la ropa desgastada, / y aquellas viejas coplas que, sin decir, decían: / «Ay, vida mía, nunca será nuestro / el reino de los cielos»”. La infancia como principio implica que cualquier cosa sea nueva y que cualquier descubrimiento suponga un final. Los poemas de “Pan duro” evocan descubrimientos y finales: el amor, la sexualidad, la soledad y el miedo: “Y miedo y soledad / son dos fantasmas familiares, / discretos y educados, / que me hacen la vida posible.” Dos poemas me han llamado especialmente la atención: “No tengo pruebas” y “Atlas”. Los dos nos hablan de un descubrimiento y de un abandono al mismo tiempo y en ambos se recurre a la memoria para hacer el presente navegable. “No tengo pruebas” evoca una experiencia amorosa, el descubrimiento del erotismo y del deseo; y la necesidad de fijar por escrito dicha experiencia (scripta manent) porque, como indica el título del libro, solemos recordar de manera imprecisa y errónea lo importante: “Por más años que pasen / hay días que se quedan con nosotros / para siempre, / sin temor al olvido / … / y sé que pronto olvidaré el color / de su vestido, como ya olvidé / el de sus ojos, por eso lo escribo/“. En “Atlas” se rememora la figura del padre y el descubrimiento del mundo asomado a las páginas de un atlas, escena de la infancia que se repite en el presente: “Lo he abierto de nuevo con tu nieto a mi lado / y he volado contigo a través de batallas“; la memoria del pasado como medio para afianzarnos en el ahora y agarrar el futuro de la mano. Sólo logramos traer la infancia al presente sin mancharla cuando no la manoseamos para ajustar cuentas pendientes, únicamente hace falta un día de lluvia y la ternura a la hora de recordar.

“Mar adentro” es el título de la segunda parte del poemario. El dolor y el miedo, que sólo eran presentimientos cuando niños, ahora cobran volumen y se van haciendo visibles. Si la memoria servía para refrescar algunos momentos de la infancia, en esta parte se recurre al amor y a los cuidados para mantenerse en pie cuando el frío arrecia y vienen las cartas mal dadas. Es la vida de un hombre ya adulto la que vemos pasear por estas páginas; una persona sin grandes ambiciones, que se queda en paz quedándose sin nada. Días aparentemente tranquilos en los que sobrevuela la sombra del miedo y de la soledad, días a los que sólo salva el faro de una risa, la paciencia de esperar a que pase esa sombra. Miguel Ángel Barrera ha contabilizado el tiempo no en monedas o mercancía, sino en algo realmente valioso: los libros compartidos, los amigos comunes, la risa de las viejas fotografías, el esfuerzo, una casa, la memoria de una almohada para dos, “tantos bienes acumulados / en tantas noches. Cómo hacer / matemáticas con los besos.”. Por eso es el amor, la otra persona, quien nos recuerda quiénes somos e impide que nos perdamos. Y junto al amor, encontramos el cuidado del presente y la incertidumbre del futuro en los poemas dedicados a los hijos: “Voy detrás de tus pasos y atesoro / todo aquello que fuiste / dejando a la intemperie del olvido” o “Quién sabe cuántos ojos / viajarán en tus ojos, / a cuántos sueños / serán tus labios invitados”. Se cierra esta parte con el poema “El remonte”, una puesta al día del y yo me iré de Juan Ramón Jiménez: “mas no perdamos demasiado tiempo en preguntar qué fue de todo sin nosotros, porque todo, sin nosotros, continuó siempre siendo”.

“Tierra adentro”, tercera parte del libro, es el resultado de armonizar la intimidad con la colectividad, el yo con el nosotros. A la hora de denunciar la miseria y la injusticia, es de agradecer que Miguel Ángel Barrera siga utilizando el mismo tono humilde que en los poemas anteriores, el tono de quien no quiere impostar la voz o llamar demasiado la atención porque se sabe apenas nada y tan sólo desea “llegar y que lleguemos / con el dolor y el hambre justos”.  Sabemos que con los buenos sentimientos se levantan las banderas más terribles, por eso el autor recurre a la razón, una palabra maltrecha y rota en estos tiempos, a la hora de denunciar y de escribir sobre esa parte del mundo donde se estrecha el porvenir: “Alúmbrame, razón, / tengo miedo de verlos, / vergüenza de no verlos”. Es la voz de quien se sabe responsable de todo y de todo quiere hacerse cargo porque la suerte, la dignidad, la justicia y los ángeles de la guarda no están y  se les espera en Bagdad, Zaire, Rumanía, Lesbos o Bangladesh.

Miguel Ángel Barrera Maturana dice en uno de los poemas finales que la realidad se ensucia como un espejo. Tal vez por eso y siguiendo a Joan Margarit, los poemas de Si mal no recuerdo no pretendan limpiar la realidad sino evitar ensuciar el mundo. En un tiempo líquido y acelerado como el nuestro, en el que todo lo que no es presente o no está de rabiosa actualidad no existe, conviene recurrir a la tranquilidad y a la memoria para no perder de vista el futuro. Y eso es lo que hace Miguel Ángel Barrera: resistir con paciencia, ponerse en el lugar del otro con la imaginación, inventar pequeñas historias cotidianas que no nos ofrezcan nada sublime ni eterno, conseguir nada más (y nada menos) que no salgamos indemnes de sus poemas.

*Ramón Repiso Ruiz es profesor de Literatura y poeta. 
 
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