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Los diablos azules

Rafael Espejo por Rafael Espejo

  • Madriguera es, para el poeta cordobés, "refugio e intemperie al mismo tiempo", y también el título de la antología que recoge ahora sus versos desde 1995
  • El autor se pregunta en esta autoentrevista por su deseo de huir de la civilización, por la espiritualidad reencontrada y por el paso del tiempo

Publicada el 08/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 07/06/2018 a las 16:47
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El poeta Rafael Espejo.

El poeta Rafael Espejo.

Pre-Textos
Le gustaría ser prehistórico, habla con nostalgia de esos años en los que vivía con "todo el paisaje por delante" y desconfía del aire acondicionado, los e-mails y otros signos de aparente progreso. El poeta Rafal Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975) ha titulado Madriguera la antología que recoge sus versos escritos entre 1995 y 2018, y no por casualidad. Ahora que ha visto la luz, en la editorial Pre-Textos, el autor no se da tregua y se pregunta por su deseo de huir de la civilización, por la espiritualidad que le lleva la contraria a su yo adolescente y por el paso del tiempo. Continuamos así con esta serie, en la que han participado autores como Eduardo MendicuttiAndrés Neuman o Teresa Gómez.
____________________________


Pregunta. En la nota de introducción, presumes de que tu poesía es biográfica. ¿Alude entonces el título de tu antología, Madriguera, al estercolero en que viviste en el Cabo de Gata?


Respuesta. Probablemente. Aunque yo no lo veía exactamente así. Es cierto que tuve que montar mi escritorio en un gallinero que habían desocupado unos meses atrás, y que todavía, cuatro años después, mis libros siguen oliendo a pollo. Pero ningún amor se entiende desde fuera. Allí fui feliz, fundé un hogar. La casa en sí era inhóspita, lo reconozco, enana y cochambrosa, a medio hacer. Sin embargo, tenía todo el paisaje por delante: desierto amarillo de día, cielo estrellado de noche, mar de fondo. Esa casa era refugio e intemperie al mismo tiempo, como toda madriguera.


P. ¿Pero por qué la intemperie? En uno de los inéditos que recoges en la antología, dices: “Me temo que nosotros no sobreviviríamos/ a la intemperie, somos ejemplares/ de una pequeña especie/ que come carne de animales tristes,/ fruta para después”.  Es decir: sabes que si te echases al monte no durarías una semana, y sin embargo te empeñas en anhelar un medio en el que no has vivido nunca. ¿Cómo se echa en falta algo que no se ha tenido?

R. Sí, es un conflicto que se me acrecienta según voy documentándome sobre los albores de la humanidad. ¿Sabes que hay pruebas de que el tamaño del cerebro del sapiens medio se ha reducido desde la época de los cazadores-recolectores? Individualmente eran más fuertes y más inteligentes que nosotros, que somos más poderosos que ellos como especie, cosa que no me enorgullece, pues yo me siento sobre todo individuo. Me resulta extraterrestre el modo estandarizado en que se vive hoy día, aun cuando yo no he vivido de otra manera. Tengo teléfono móvil, ordenador, microondas, coche. Pero todo eso, que está estrechamente ligado a mi rutina, no hace sino ofuscarme más, porque me tiene atrapado en esa burbuja tan cómoda. El chorro de frío acondicionado en las siestas veraniegas, que tanto gusto da, anula las estaciones, nos vuelve dependientes del progreso, y por tanto inadaptados al medio. Y los correos electrónicos, aun estando por todas partes, no se pueden guardar en una caja de zapatos, no amarillean, no incuban nostalgias. Por todo eso, en mis poemas huyo a conciencia de la política, la sociología o las telecomunicaciones de nuestro tiempo, tan deshumanizado. Si pudiera, lo detestaría. De momento me conformo con que quede claro, si quiera por omisión, que no estoy de acuerdo con mi tiempo, que añoro una relación más íntima con el mundo. En ese sentido, me halaga que Carlos Pardo me llame en el prólogo “prehistórico contemporáneo”.

  P. ¿Te consideras entonces un hombre inadaptado?

R. Inadaptado no, qué va, me encanta salir con amigos. En todo caso me tengo por alguien desarraigado. Por lo que sea, me he mudado tantas veces que ya no soy de ningún sitio, ni siquiera de mi pueblo. Algunos poemas de la antología indagan con cariño en esa especie de existencialismo sin norte. Dicho así quizá suene cansado, pero no es para tanto, al contrario: si aparecer me excita, quitarme de en medio me serena. Siempre gano. Y vivir, además, cerca del campo es parecido al yoga. Leo y escribo en la quietud de la madrugada, y me levanto del escritorio con los primeros pajarillos... ¿Inadaptado? Inadaptado me he sentido las dos o tres veces que he tenido que trabajar.

PRecuerdo que una vez, siendo aún chaval, decidiste que no tendrías hijos, pues ya no creías en Dios. El tema de los hijos no me interesa en este momento, dicho sea. Respecto a Dios: ¿cómo puedes ser ateo y a la vez espiritual? Porque cuando en un poema te dedicas a mirar pareces un monje.

R. Bueno, es que ya no estoy tan seguro. Hace poco un amigo me hizo ver que en cada libro soy diferente: en Círculo vicioso, naturalista; en El vino de los amantes, hedonista; en Nos han dejado solos, cínico; en Hierba en los tejados, panteísta... Es algo que uno no entiende hasta que cierra un ciclo, y en mi vida los ciclos han venido curiosamente marcados por la publicación de un libro. Supongo que en cada una de esas etapas, o poemarios, estaba dando respuestas diferentes a una misma necesidad de fe. Y si los objetos de la fe son permutables, también Dios ha sufrido fluctuaciones en mí. He renegado fervientemente de él cuando por edad tocaba, lo he ignorado luego por falta de tiempo, y ahora parece ser que comienzo a reconciliarme con cierta idea de Dios. No el Dios cristiano, obviamente. Ningún Dios antropomórfico. Hablo de esa suerte de inteligencia universal que todo lo rige (la energía y la materia) repitiendo patrones, por ejemplo, en la composición y funcionamiento de las galaxias y en una fibra de ADN. ¿Qué significa eso? No lo puedo comprender, pero lo admiro sinceramente, me maravilla ser parte de algo que no entiendo y que, por lo tanto, está por encima de mí, como intento explicar en “Lágrima de San Lorenzo”. Supongo que en eso consiste la fe, una mezcla de fascinación, vértigo y agradecimiento. Ante Dios todos somos ciegos. Y no se me ocurre nada tan espiritual como el amor de un ciego.

PEmpiezas a hablar como un viejo, Rafael. ¿Temes acabar también escribiendo como un viejo?

R. Te gusta que me haga esa pregunta, porque la verdad es que me siento más joven en mis últimos poemas que en los primeros. Quizá sólo se trate de una cuestión de identidad: la última versión de mi yo está más evolucionada que las primeras, se adapta mejor a mí. Verás, yo empecé a escribir, allá por los noventa, agarrotado. Adoraba tanto el endecasílabo, me debí tanto a él que acabó subyugándome. Llegué a pensar en endecasílabos. Así que los poemas me salían encorsetados, machacones, sordos. La prosodia hispánica no me dejaba oír el bosque. Pero gracias a los americanos del norte y del sur y gracias a los suecos, y a una polaca, se me ha despejado el oído. Estoy libre, por fin puedo decirlo, de toda rigidez endecasílaba. Ahora lo que más me gusta es componer mentalmente música para un poema (porque, sí, a veces tengo la melodía antes que una idea o unas palabras). Y me encanta romper la métrica, desafinar a posta, rimar incluso si el poema me lo pide. Si eso es envejecer, más vale tarde que nunca.
 
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